Soledad

El bloc del cartero

Se hace eco una lectora de la creación en el Reino Unido de un llamado Ministerio de la Soledad, para hacer frente a un problema que se extiende no solo por la sociedad británica, sino también por otras sociedades desarrolladas. Cada vez más gente acaba viviendo sola, peleando sola, sucumbiendo sola. Tal vez hemos confundido, tontamente, la independencia con vivir al raso, la autosuficiencia con el estar abandonados a nuestra suerte, que a veces se tuerce o incluso se malogra. Desalojar del espacio humano el afán de apoyarse en otro y ser apoyo para quien lo necesita nos conduce a un páramo inhóspito, donde reaprendemos el valor de eso que otros lectores nos señalan: la compañía de un buen libro o de esos gorriones que cada vez, por desgracia, vemos menos en nuestras ciudades.

LA CARTA DE LA SEMANA

Los gorrioncillos

Cada día, a la misma hora y en el mismo lugar, Santiago de la Ribera, junto a la Academia General del Aire, un hombre mayor, delgado, lleva una bolsa de pan. Junto al quiosco El Gallego la abre y desmenuza cada trozo, hasta hacerlo pedacitos, que deposita sobre el muro que linda con el Paseo Marítimo. Los gorrioncillos, que ya lo conocen, acuden desde el viejo eucalipto sobreviviente al hacha que acabó con algunos de sus hermanos, en este lugar en el que los enamorados grababan sus iniciales en la piel de los viejos árboles. Y no son desconocidos entre el público que acude a los chiringuitos de la playa a tomar el sol y beber una cerveza con una tapa, comiendo las miguillas que caen al suelo desde las mesas, recelosos de los peligros que los acechan, como los gatos callejeros. Los gorriones están disminuyendo desde hace tiempo al haberse acabado casi los huecos de los aleros de los edificios donde se ocultaban, y por la disminución de la comida que hallaban.

Personas como este buen samaritano hacen que pensemos que no todo está perdido. Mi aplauso más sincero a este amante de unas avecillas que acompañan al ser humano desde hace miles de años.

Cayetano Peláez (Murcia)

Por qué la he premiado… Por el retrato de la supervivencia de esos humildes pájaros, pura metáfora de lo humano, que junto con ellos tenemos el desafío de conservar


 

Se les agradece la holgazanería

Nunca he amparado el oscurantismo de la España cainita, ese esencialismo que asegura que estamos desahuciados de antemano por la Historia. He de reconocer, sin embargo, que cada vez me ponen más difícil seguir adelante con mi percepción. Hablo de la inquina más cerril y haragana, esa que campa a sus anchas por el mundo digital, en las redes sociales. Allí, una serie, cada vez mayor, de cazadores cobardes espera que alguien levante la veda para lanzarse sin piedad a cobrar su pieza. Da igual el tema o el motivo, lo importante es la lapidación pública. Se les agradece la holgazanería que muestran para con la vida real, desde luego, y que se dediquen a llenar de sangre y odio solo las redes sociales, y no las plazas y las calles. Sin embargo, al leer sus comentarios rebosantes de rencor y de incultura, no dejo de sentir escalofríos al pensar en lo que podrían llegar a convertirse estos individuos si se les permitiese atesorar algún tipo de poder. Ya lo dejó escrito el poeta Ángel González: «Nada es lo mismo, nada permanece. Menos la Historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten».

Eduardo Fernández López, Villalpando (Zamora)


 

Ministerio de la Soledad

Leía hace un par de semanas que Reino Unido ha tenido que crear un Ministerio de la Soledad para combatir una nueva epidemia que se extiende a gran velocidad en la sociedad actual. Ya hace varios años que resido en Reino Unido, y una de las cosas que más echo de menos es la vida social en España. Echo de menos las tardes en una terraza con amigos, las comidas familiares que se alargan convirtiéndose en cenas, las conversaciones interminables ‘a la fresca’ en las noches de verano y en un lugar bien resguardado en las frías tardes de invierno. En esta sociedad en la que se reniega de lo español quizá, por una vez, deberíamos hacer crítica positiva y echar mano de algo tan nuestro como es sociabilizar para combatir esta nueva enfermedad del siglo XXI.

Ainoa (Tarragona)


 

La sonrisa melancólica del fantasma

«Aquella sensación que nunca más volvería, la engañosa sensación que nos transporta hacia las alegrías, hacia los peligros, hacia el amor, hacia los esfuerzos más vanos… hacia la muerte; la triunfante convicción de la propia fortaleza, el calor de la vida en un puñado de polvo, la fogosidad de un corazón que cada año se atenúa y enfría, se reduce y expira, antes que la propia vida».

Esa inefable sensación descrita por Joseph Conrad en su maravillosa Juventud, la oportunidad de vivir mil vidas en cualquier espacio y a través de cualquier tiempo, la infinita juventud de la sonrisa melancólica del fantasma, esa juventud presente en todas las edades y al alcance de todos gracias a esa misteriosa libertad que llamamos ‘literatura’.

Antonio Martín Barrachina, Rubielos de Mora (Teruel)


 

Diez millones por una pensión digna

Yo también he cotizado durante 47 años a la Seguridad Social, 37 de ellos por la prestación de servicios en la enseñanza, y me he jubilado, por decisión propia, el mismo día en que cumplía los 65 años. No soy profesor, como es el caso del señor Peón de Getxo, pero me siento muy reflejado con su argumento. En mi caso, el tema que me da vueltas en la cabeza es el que me produce la avalancha de WhatsApp que estos días vengo recibiendo con el tema de la subida del 0,25 por ciento, con que somos 10 millones de pensionistas y, por lo tanto, 10 millones de votos, que dan fuerza para exigir una subida digna.

Estoy de acuerdo con lo de la subida porque la vida sube y cada vez más muchos pensionistas necesitan ayudar a sus hijos, pero esto era de esperar después de tanta prejubilación, después de tanta pensión no contributiva, de tantos gastos en políticos, en administraciones públicas y en pensiones de políticos que con solo 8 años de ‘ejercicio’ cobran de la misma caja. Y todo esto durante los 40 años de democracia que llevamos. Pero ¿quién pone freno a esto si los que pueden hacerlo, aparte de ser los primeros perjudicados, se quedarían sin armas para arrojarse unos a otros?

Miguel Donaire Vicario (Granada)