Soledades

El bloc del cartero

Los británicos ya han creado un ministerio para atender el problema, y no sería en absoluto descabellado crear uno semejante en España, donde la baja natalidad y la elevada esperanza de vida auguran para un futuro cercano una población en la que abundarán las personas ancianas, muchas de ellas sin nadie que se ocupe de ellas. Tendemos a creer que el colchón familiar, tradicional entre nosotros, consigue minimizar las situaciones de abandono y desvalimiento, pero la carta de esta semana nos habla ya, hoy, de un país de viejos que mueren sistemáticamente solos: una tendencia que no puede sino aumentar y que nos conduce a interrogarnos sobre la sociedad que estamos construyendo y en qué medida estamos logrando, o no, que la prioridad de esa construcción social sean, ante todo, las personas.

LA CARTA DE LA SEMANA

Soledad

Soy una mujer de 48 años que se ha reciclado para encontrar un trabajo y estoy haciendo prácticas de auxiliar de enfermería en un hospital de Cantabria. Escribo para contar mi experiencia en una planta de medicina interna con una media de edad de pacientes de 75 años. Aquí, en España, hay mucha soledad: he visto perpleja cómo los ancianos pasan días y noches solos. Unos porque no tendrán familiares cercanos; otros porque sus familias deciden que están en buenas manos y que las auxiliares los atendemos.

He tenido la mala suerte de ir a cambiar un pañal y hacer un cambio postural y darme cuenta de que ese paciente ‘nos estaba dejando’ y su esposa, una octogenaria como él, no estaba en ese momento. No sé si uno se acostumbra a esto. Yo me imagino siempre que cualquier paciente podría ser un ser querido mío y quisiera que le dieran cariño. Nuestra sociedad tiende a ser vieja y siento decir que habrá ‘epidemia de soledad’. No los abandonemos, que ellos nos cuidaron. Qué menos que recibir a la muerte de la mano de alguien de tu familia. Mi mano estará mientras yo esté, pero mis prácticas (sin remunerar) terminarán y vendrán más pacientes solos.

María Teresa de Cos Gómez. Santiago de Cartes (Cantabria)

Por qué la he premiado…Por poner la mirada y el corazón en uno de esos asuntos que a todos nos atañen, aunque nadie quiera mirarlo ni contarlo.


El futuro se marchó

Cuando era niño, allá por los sesenta, especulábamos con que en el año 2000, entonces paradigma del futuro, dispondríamos de mucho tiempo libre porque los llamados ‘cerebros electrónicos’, las máquinas y los robots harían gran parte de nuestro arduo trabajo. En nuestro candoroso imaginario de ese fascinante porvenir de progreso, y con la paulatina incorporación de tan moderna tecnología a despachos, fábricas y tajos, jamás intuimos ejércitos de parados, sino la evidente reducción de la jornada laboral, para disfrutar de la familia y del ocio mientras se mantenían los salarios. La sociedad, ocupada y feliz, se sentiría realizada. De esta forma tan simple se protege el poder adquisitivo y los empleos, necesarios en su conjunto para una economía pujante. Pero aquel prometedor futuro del año 2000 hace tiempo que sucumbió atropellado por la tenaz realidad existencial que la avidez capitalista forjó a base de triturar aquella ilusionante esperanza de nuestros sueños adolescentes.

Miguel Fernández-Palacios Gordon. Madrid


El odio de TV3

Que TV3 se ha radicalizado es una evidencia. Nunca ha sido la televisión de todos los catalanes, sino exclusivamente de los nacionalistas y ahora es cada vez más obvio. Como muestra, un botón: el reciente programa Preguntes freqüents. La presentadora se acerca a un miembro de su equipo y le pregunta cómo está: «Estoy odioso». Le pregunta: «¿Odioso?». Y le responde: «Odiosamente español». Imaginemos qué pasaría, por ejemplo, si en TVE saliera Santiago Segura y dijera: «Estoy odioso, odiosamente catalán», y la presentadora se riera. No hace falta ser un lince para saber la que liarían Puigdemont o ERC. Pero la impunidad de TV3 es total. Desde hace años es una televisión que no se dedica a fomentar la tolerancia y la convivencia como correspondería a un medio público, sino el resentimiento, cuando no el odio, contra el resto de los españoles y en particular contra los catalanes que no somos secesionistas. ¿Hasta cuándo tolerar esto?

Teresa Lozano. Tarragona


 Quién es quién

Me han amargado la tarde cuando he sabido que has tirado la toalla, Ekai. ¿En qué tipo de sociedad has nacido, que no comprende tu identidad sexual y te ha condenado a la irrelevancia primero y al abismo finalmente? Contigo muere un artista y un ser probablemente de altura. Contigo renace mi indignación ante esta sociedad tan hipócrita que protege a menores delincuentes y condena al olvido a otros que hubieran sido ejemplo simplemente dejándolos ser. Como siempre, tu caso servirá para agitar vagas conciencias y para agilizar leyes cuyos proyectos duermen en el cajón del absurdo desde hace tanto tiempo. Me habría encantado conocerte. Quizá hubiese logrado infundirte el ánimo que te hemos negado. Ve en paz y perdónanos a todos por nuestra mentalidad asilvestrada. Y por no haber podido saber cuál era el nombre con el que querías renacer con el sexo que te correspondía.

Luis Bañeres. Bilbao


La sacrosanta inmersión

Cuando a la mayoría de los padres catalanes se les pregunta sobre la educación de sus hijos, más de un 80 por ciento quieren que se los eduque tanto en catalán como en castellano, y no únicamente en catalán. El tópico gastado del ‘consenso social’ sobre la inmersión es eso, un mantra que solo existe entre alguna clase política, pero no entre la gente de la calle. Además, excluir el español tiene graves consecuencias pedagógicas que se ocultan: los niños castellanohablantes en Cataluña, que no pueden aprender en la lengua que más dominan, tienen una elevada ratio de fracaso, un 50 por ciento superior a los niños castellanohablantes en la Comunidad de Madrid. Es necesario abrir un debate serio, sin apriorismos, con argumentos y cifras sobre la educación en Cataluña. La actitud del nacionalismo catalán estos días calificando la inmersión poco menos que de sacrosanta y llamando «anticatalán» a cualquiera que discrepe no es de recibo en una democracia.

Miguel Torres. Lérida