Discrepantes

El bloc del cartero

Se atreve una lectora a salir en defensa de un discrepante que ha sido objeto en las últimas semanas de una campaña de desprestigio y casi de linchamiento público por sostener en un voto particular a una sentencia una interpretación que no gusta a muchos. Tampoco a este cartero, dicho sea de paso, ni el fondo ni menos aún la forma; pero quizá sea saludable que quienes no estamos de acuerdo con él leamos a quien lo defiende, para aprender a convivir mejor con quienes ven las cosas de otro modo, mientras no nos conste de manera fehaciente su mala fe. Recuerda otro lector la figura de alguien a quien se le negó el derecho a la vida, convirtiéndolo en culpable por su sola condición. No sobra recordar que ahí es donde desemboca, una y otra vez, el ejercicio de negar el derecho a la discrepancia.

LA CARTA DE LA SEMANA

El último beso

Fue hace un mes. Mi padre estaba ingresado y fui a darle ánimos. Estaba con mi madre esa mañana. Recuerdo verla entrar por la puerta, sonriente porque mi padre se iba a casa pronto. El susto había pasado, la vida podía continuar. Cuando me fui, le di un beso a mi padre. Y por un segundo pensé en dárselo también a mi madre. Pero tenía prisa, nos íbamos a ver más tarde, o la llamaría… y me fui corriendo sin darle el beso. La vi unas horas más tarde, sí, en la camilla de urgencias, rodeada de gente y tubos. Un accidente la llevó hasta ahí esa misma tarde y la sigue manteniendo en el hospital. Inconsciente. Lleva un mes librando una batalla desigual. Ya no sonríe al verme, ni pregunta por sus gatos. Pero ya no soy capaz de salir de la habitación sin darle un beso, por mucha prisa que tenga. Y lo triste es que no lo hago por ella, que no se da cuenta de que estoy ahí. Lo hago por mí. Porque puede ser el último que le dé. He aprendido la lección. Así que le daré todos los días ese último beso al despedirme. Un beso nunca sobra.

María Regueiro Mira, Cambre (Galicia)

Por qué la he premiado… Por el recordatorio, que a todos nos vale e interpela


Carta al juez discrepante

Ilustrísimo señor Ricardo Javier González: yo sí le creo. Le creo porque usted ha visto las pruebas determinantes de la culpabilidad o absolución de los miembros de La Manada. El resto de España, no. Y, basándose en esas evidencias, ha dictado una sentencia conforme a los hechos que, a su meritado veredicto, han resultado probados. Porque le ha llevado siete meses estudiar el asunto. Ha interrogado a los testigos oportunos, ha escuchado la declaración de la víctima, ha repasado los informes periciales y ha reproducido los vídeos probatorios, siguiendo los principios que rigen el sistema penal de nuestro país. Le creo porque se ha alejado de lo preestablecido y ha asumido su papel de juzgador argumentando su decisión.

Le creo porque lo fácil hubiese sido seguir la corriente, y usted sí que ha dicho no, con las consecuencias que sabía iba a conllevar su decisión, lo cual denota una profunda coherencia con el principio de independencia que debe regir en la separación de poderes en España. Y las personas que no sean capaces de respetar su decisión -estén o no de acuerdo o con ella- sí que «tienen algún problema y muy poca gente lo sabe».

Carlota Sánchez-Pego García (Correo electrónico)


Mi palabra de gusano contra un gigante

Estoy sentado delante de mi mesa de escritorio y -como todos los días- me dispongo a  escribir cualquier cosa que se me ocurra con  mi pluma estilográfica. Lo hago para -primero- que la tinta siga fluida y -segundo- para conservar mi caligrafía, que cuido desde cuando estaba en el colegio. Tengo 83 años y procuro llevar una vida tranquila y sin sobresaltos después de haber estado trabajando durante más de 60 años. No veo programas de televisión ni telediarios para evitar subidas de la tensión arterial. Mi teléfono móvil me avisa de que tengo un WhatsApp y, ya de paso, consulto también el movimiento de mis consumos.

Y aquí ya entonces viene el primer sobresalto del día. Me aparece una factura por 80,56 euros del mes de abril. Dado que mi cuota mensual, según contrato, es de 54 y pico euros, llamo a la compañía que me da el servicio y me comunican que la diferencia corresponde a una llamada de 4 minutos y 29 segundos al número 11870 realizada el 17 de abril a las 11.52. Mentira. Jamás he llamado a ese número 11870 desde que apareció porque lo tengo proscrito (al igual que los 901 y 902). Pero esto es lo que hay. se trata de mi palabra de gusano miserable frente a la palabra de un gigante telefónico… y no me queda más remedio que pagar.

Juan Atalaya Cuenllas (Sevilla)


‘¡Esta carne es la leche!’

Leo en el XLSemanal 1592, del domingo 29 de abril, el reportaje así titulado y me detengo en la foto del cordero lechal. Vaya por delante que no soy vegano ni pertenezco a ninguna asociación animalista. Dicho esto, ¿qué es lo que nos empuja a comer un animal de 22 días de vida? ¿Qué nos diferencia de aquellas civilizaciones donde se comían animales no natos? Yo os lo diré: 22 días. No digo que les pongamos a los corderos un collar y los dejemos dormir a los pies de nuestra cama. Pero no me vale tampoco la falacia de que «se crían para consumo humano». ¿Dónde está escrito en piedra que ciertas razas de animales existen para acabar en nuestra mesa antes de que puedan cumplir el mes de vida? Lo triste de todo esto es que no se trata del sabor o la textura de esa carne apenas salida de la placenta. No. Me temo que es algo más atávico, algo que ni siquiera logran cambiar las películas que vemos de niños sobre cerditos o cervatillos. Acepto con resignación formar parte de la especie más depredadora de la Tierra. Pero yo no pienso arrancar a ninguna cría de las ubres de su madre para meterla en el horno. Me niego por principios.

Rafael Novoa Blanco, Gijón (Asturias)


El privilegio de los muertos

El socarrón Mark Twain decía que los Estados Unidos de su época tenían tres cosas inefablemente preciosas. la libertad de expresión, la libertad de conciencia y la prudencia para no practicar ninguna de las dos. Sin duda, una lástima que el Ministerio de Educación no haya incluido como lectura obligatoria en los programas de estudios de nuestro país El privilegio de los muertos, del autor norteamericano; esa modificación curricular habría ahorrado a tuiteros, raperos e independentistas numerosos problemas judiciales y algunos encarcelamientos.

Aunque para los susodichos quizá ya sea tarde, sí urjo a Instituciones Penitenciarias a que retire de bibliotecas como las de Estremera o Alcalá Meco el volumen Rebelión en la granja, de Orwell, no sea que otros vayan a creerse la pamplina de «Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír».

Jesús Manuel Suárez Liste, Santiago de Compostela (La Coruña)


La elegancia natural

Se nos va la última generación de la elegancia natural. Son esos padres, abuelos, bisabuelos de los años treinta. Los nacidos en medio del caos en una España rota. Ellos vestían, sin tener mucho, de traje, con zapato negro, corbata y sombrero, como los grandes del cine en blanco y negro.

Iban más como los grandes actores que como hombres de negocios. Ellas, algunas hasta de guante blanco, llevaban vestidos ceñidos a la cintura, resaltando sus caderas, que invitaban al matrimonio. Son la última generación de un país, España, de una ciudad, Zaragoza, de un barrio, La Magdalena, que aún viste esa elegancia natural. Sin pretensiones. Elegantes, sin casi intentarlo. Cuando se apaguen, se apagará un episodio social de esta pequeña gran ciudad. Deberíamos por ello recordarlos más a menudo. Celebrarlos cada día. Porque ellos visten su elegancia natural todos los días, no solo los días especiales.

María Pilar Pulido Gimeno, Budoia (Italia)


No hay prisa

Me encuentro en un estudio con cinco alumnas de segundo de Bachillerato. Todas preparándose para los exámenes finales que se acercan y para el próximo selectivo. Hace un año me encontraba en la misma situación.

Quisiera dar un consejo a los chicos y chicas que cavilan sobre su futuro o están agobiados por la decisión que deberán tomar: optad por lo que os haga más felices. Tomad la decisión que se acople a lo que siempre hayáis querido. Y si no lo tenéis claro: no hay prisa, que no os convenzan de lo contrario. Tenéis todo el tiempo que deseéis para descubrir qué lugar queréis ocupar en la sociedad. El curso que viene comenzaré una nueva carrera (la que siempre quise ‘correr’), y dejo atrás la que escogí por prisa y falta de confianza en mí. Y, aun así, no ha sido un año perdido. Que no os frene el miedo a equivocaros. Mucha fuerza y ánimo, sois el futuro.

Teresa Benet Casaña, Moncada (Valencia)


‘El proceso’, de Kafka

Fue un verano, en Menorca. El día era inclemente, pero la noche lo era aún más. No podía dormir y empecé a leer El proceso, de Kafka. A raíz de esa lectura, quise entonces indagar la etimología de los términos ‘abogado’ y ‘procurador’. La etimología del término ‘abogado’ proviene de la expresión latina ad auxilium vocatus, el llamado para auxiliar. Y la de ‘procurador’, por su parte, hace referencia etimológica a la idea del que cuida, se ocupa y evita en el sentido de proteger. Nada de eso se ve en El proceso, de Kafka: el abogado no auxilia y el procurador procura más bien poco.

Un día me dijo un letrado que los juzgados españoles eran lugares poco propicios para los inocentes. Los juzgados son para los malos, porque igual que en las iglesias siempre hay manera de encontrar un perdón para ellos. Pero para los buenos… solo queda la penitencia de sufrir los pecados ajenos, penitencia a la que llaman abnegación en las iglesias y cumplimiento de la ley en los juzgados.

Sole Sánchez, Ciutadella (Menorca)