Prisiones

El bloc del cartero

La prisión es ese lugar en el que nunca pensamos. Ese espacio que la mayoría de los ciudadanos no conoce, y quizá por eso se permite minimizar el quebranto que produce verse reducido a él. «Solo lo han metido seis años», se oye decir, de labios de quien seguro ignora lo que es pasarse más de dos mil días privado de libertad. La prisión es también un lugar penoso y peligroso para quienes en ella tienen su trabajo y, por tanto, la encomienda de velar por que los reclusos estén en las condiciones en que deben estar: no solo de seguridad, sino también de uso y ejercicio de los derechos que no han perdido. El de los funcionarios de prisiones es un colectivo al que rara vez se vuelve la vista, y que esta semana nos interpela en una carta. Tal vez leerla y meditar al respecto no esté de más, para los no presos.

LA CARTA DE LA SEMANA

La bicicleta, motor de mi mente

El sábado conocí a Alfonso, un hombre de 67 años que cada día recorre en bicicleta una media de 112 km; solo descansa lunes y viernes. Entre el grupo de ciclistas que allí estaban lo nombraban como el mejor subiendo cualquiera de los puertos de montaña de las provincias de Granada y Málaga. No solo me sorprendían los comentarios, sino la vitalidad de Alfonso, que ya había recorrido sus 112 km y que me ofreció los dátiles, nueces y almendras que no había consumido en su trayecto, pues según él ese día no le hizo falta.

El tono de voz de Alfonso era vital, cada sílaba de la palabra eran pedaladas de subida. Él decía que su secreto no está en las piernas, sino en la actitud con la que te enfrentas a cada subida, todo está en la mente y la mantiene la bicicleta. Desde mi deformación profesional como psicóloga, no tuve más que reafirmar esa visión de enfrentarse a la subida, y más a la subida de la vida. Alfonso había encontrado en los 112 km diarios su salud mental. Deporte, alimentación y buen humor. Cerramos la mañana con la invitación de Alfonso: «¡Invito yo, pues hoy es lo que tengo, y mañana me conformaré con menos!».

Eva María Fernández Gómez. Armilla (Granada)

Por qué la he premiado… Por la demostración práctica del principal recurso para vencer el camino que va cuesta arriba.


No sois apestados

Todos salen a la calle para luchar por sus derechos: militares, pensionistas, mujeres, policías, guardias civiles, funcionarios de prisiones y de justicia. ¿Y los desempleados? ¿Por qué no se manifiestan contra la política del Gobierno de ningunearlos? El mismo que hace casi un año se comprometió a reordenar las prestaciones por desempleo asistenciales (de míseras cuantías). Pero aquí seguimos a la espera, y mientras tanto van desapareciendo aquellas ayudas (PAE, Prepara) de último recurso, antesala del callejón sin salida de los desempleados de larga duración.

Los parados también son ciudadanos con plenos derechos, pero a nadie parece importarle la desidia con la que los tratan nuestros políticos, y si la sociedad participa en el rechazo de quien ha perdido su empleo, es responsabilidad de quien nos gobierna defender su ciudadanía, con más ahínco si cabe. Desempleados, no sois apestados, salid a la calle y luchad por vuestros derechos, no tenéis menos motivos que otros para hacerlo.

José Vicente Rodríguez Conejo, Monforte de Lemos (Lugo)


Me duele Cataluña

Escribe esta carta un ser vivo, que es ser vivo antes que humano, y humano antes que europeo, europeo antes que español, y español antes que murciano; todo lo que intente cambiar esta dirección es un contrasentido, casi contra natura e insolidario con nuestro vecino, nuestros conciudadanos y contra nuestro nexo humano. Tras miles de años luchando entre nosotros, lastimando a nuestros congéneres y mutilando la naturaleza, el camino de reencuentro a la humanidad y al medio natural debe ser el primero en nuestras mentes, el egoísmo y aislamiento al que nos llevan los nacionalismos excluyentes están trasnochados. No le encuentro sentido a más fronteras.

No me gusta ni mi gobierno regional ni el nacional, pero no por ello busco una solución tangencial fuera de sentido. Por ello, porque no lo entiendo, me duele Cataluña. Es como un amor no correspondido, un amor verdadero, sin rencor ni deseo de imposiciones. Estoy seguro de que hay mucho más dolor en Cataluña: la herida está abierta y son muchos los sentimientos contrariados. Si a mí me duele desde Murcia, lo que debe de doler allí.

Patricio José López Valverde, Cieza (Murcia)


La cara oculta de la seguridad pública

Todos hemos visto a miembros de grupos especiales de las fuerzas de seguridad del Estado trasladando a violentos delincuentes hasta las puertas de una instancia judicial. Son jóvenes, altos, van bien armados y mejor equipados, están elegidos y entrenados para operaciones especiales. A partir de ahí, los focos se apagan y los delincuentes desaparecen de las pantallas y aparecen en la prisión. En la cara oculta de la seguridad pública, que nadie ve y a nadie interesa. Allí permanecen bajo la custodia de unos funcionarios de prisiones cada vez más envejecidos por la falta de oferta de empleo público en el ámbito penitenciario.

Sin más recursos que su profesionalidad, uniformados con ropas que sonrojan a cualquiera y dirigidos por políticos de más que cuestionable competencia, lidian a diario con esos mismos que poco antes eran custodiados por la élite de la seguridad pública. Estos funcionarios reclaman en estos días una mejora global de sus condiciones de trabajo, y obtienen por respuesta la violencia de aquellos jóvenes, altos, bien armados y mejor equipados, a las órdenes de los mismos políticos incompetentes. Es lo malo de habitar en la cara oculta de seguridad pública.

Óscar Romero Cano (Pontevedra)


Libertad de expresión

Hiere escuchar a alguien decir que «maten a guardias civiles» y otras lindezas. Da igual que se exprese hablando, rapeando o en falsete. ¿Cuál será el próximo mensaje: violen a mujeres, rapten a niños? Todos sabemos que somos libres para expresarnos. Podemos acusar a alguien falsamente para dañarlo, pero después debemos asumir ser denunciados por calumnia.

No juzgo si lo más adecuado para esa persona es pasar unos días en la cárcel, hacer trabajos comunitarios, pagar una multa o asistir a sesiones de psicoterapia que le ayuden a reducir su agresividad y a canalizar de modo civilizado sus frustraciones, pero ese no es el camino para una sana convivencia.

B. R. S. Las Palmas de Gran Canaria