Canastitas

El bloc del cartero

No es en absoluto corriente que un deportista profesional, y más si lo es de éxito, tome cierta distancia respecto de la importancia que tiene su actividad. Habituados a ir con el aura de ídolos y referentes de millones de personas, no es difícil que se encaramen a un pedestal desde el que contemplan con magnanimidad -si no tienen un mal día y toca ración de displicencia- al resto de la humanidad. En ese contexto tienen un valor excepcional las palabras de Laia Palau, la capitana del equipo español de baloncesto, que, renunciando a jactarse del triunfo deportivo que en buena lid le corresponde, quiso minimizarlo -«yo solo meto canastitas»- y ponderar otras actividades menos visibles para la sociedad. Un ejemplo para todos, como nos apunta un lector, y no solo para los deportistas de élite.

LA CARTA DE LA SEMANA

Desafiar al destino

Mi compañera y yo salimos de la biblioteca del instituto; miramos la cancela oxidada. En la mente de ambas, las mismas imágenes: dos mesas pintarrajeadas, con cuatro sillas y un único ordenador de más de 15 años, libros viejos y usados… A esto se limita la ‘biblioteca’. Marchándonos, despedimos a un alumno senegalés que cada tarde va a ver si ya han empezado las clases de apoyo. Quiere ser profesor de francés, aprovechando que ya sabe el idioma. Su padre, orgulloso, cuenta que ya era el mejor de su clase en Senegal. Aquí también lo es. Ante las dificultades económicas se asentaron en la periferia, donde la vivienda es menos cara.

Así, sus hijos e hijas van a institutos en los que el absentismo y el abandono son frecuentes. Donde los profesores (muchos, jóvenes e inexpertos) van a enseñar esperando hallar un alumnado perezoso y conflictivo. Donde la sociedad ha tirado mentalmente la toalla. Sonrío al pensar en todas las personas que, voluntarias como nosotras, invierten su suerte en desafiar al destino de estos menores.

Nuria Molano Mérida (Sevilla)

Por qué la he premiado…Por traer noticias de primera mano de una de esas trincheras donde se juega, tan inadvertidamente, el futuro.


Amor en la sombra

Tenemos que vernos en secreto, a nuestra edad, porque pueden peligrar nuestras pensiones de viudedad. Esto me lo dijo, hace días, una persona amiga. Viudo con viuda, o viceversa. Soy jurista y, como amigo, me consultaron. Les dije que no tenían motivos para preocuparse, que mientras no se vuelvan a casar ni convivan en situación análoga al matrimonio, con la legislación vigente, sus pagas no tienen riesgo. Como si los viudos y viudas no tuvieran derecho a amarse sin penalización. Pues ya no estoy tan seguro.

En este país, cualquier barbaridad puede ocurrir. El sistema de pensiones no se sostiene por falta de financiación. A mis amigos, que se aman en secreto como adolescentes otoñales, les dije la verdad, pero no puedo garantizar un cambio del sistema a peor. Amar en la sombra, que no te vean, para que no digan, como si fuera un pecado. Es duro. No lo entiendo. Cotizaron tus maridos y esposas, con un derecho a la viudedad. ¿Es inmoral amar? Pues nada. El derrochar, la falta de visión y previsión, la estupidez nos llevan a esta situación de miles de personas que, tras sufrir la pérdida de sus parejas, no pueden rehacer sus vidas en público.

Un desatino. J. J. E. B. Sevilla


Meto canastitas

La frase es genial: «Meto canastitas, ¿pero qué aporto al mundo?». Tras la celebración del Mundial femenino de Baloncesto, un periódico realizaba una entrevista a Laia Palau y la jugadora de la selección española declaraba que su trabajo no consistía en construir carreteras ni curar a gente, sino solo en practicar un deporte. En estos tiempos en los que las competiciones deportivas son omnipresentes en los medios, se agradece que un atleta de élite se muestre tan humilde dándole la justa importancia a su trabajo. Creo que la humanidad podría vivir sin el deporte profesional (la vida sería más aburrida para muchos), pero no sin ingenieros ni médicos.

Alfonso Berazaluce Zuleta (Correo electrónico)


Algo más, algo menos

Hace ya 4 años que me vine a Madrid tras el trabajo que siempre había querido. En Galicia, la demanda de desarrolladores de aplicaciones móviles no es muy alta. Por eso, cuando por fin llegó una oferta de trabajo, no dudé ni un minuto en abandonar mi pequeña aldea. Estaba muy ilusionado. En aquel momento no me imaginaba que en realidad me estaba subiendo a una rueda de hámster gigante. Tardé en darme cuenta del alto nivel de competitividad que se respira en la ciudad; sin embargo, ahora siento que lo empapa todo. Todos quieren llegar arriba y da la sensación de que van por ahí como arrastrados por la misma corriente, a toda velocidad, y que no tienen tiempo ni para respirar. Arriesgándome a parecer un bicho raro, confieso que echo de menos los desayunos tranquilos, la siesta y sentarme en un sillón a leer una buena novela (placeres baratos y saludables que un aspirante a rico no se puede permitir). No me puedo quitar de la cabeza la idea de que la vida es algo más (y también, y sobre todo, algo menos). Esto me ha obligado a poner sobre una balanza mis prioridades (incluso aquellas que casi había olvidado y una vez creí importantes), y la verdad es que el éxito profesional pesa muy poquito.

José Ángel Maneiro (Madrid)


No engañen a los mayores de 55

Los noticiarios se han hecho eco de la rectificación que se plantea para acceder al subsidio a los 52 años. No se habla de la rectificación más importante que se debe efectuar, una premisa que indica que se debe pedir después de acabar la prestación sustitutiva u otra prestación. Pero qué pasa con los desempleados que perdimos nuestros trabajos con la crisis (2007, 2008, 2009…) y que teníamos 45, 46 o 47 años, pero no forma de encontrar trabajo. Hemos estado con algún subsidio de meses y ahora con 55 no podemos acogernos a este subsidio por ser parados de larga duración. Tengo 56 años, he trabajado 26 en el sector del mobiliario y ahora no tengo el subsidio por estar desde entonces sin cotizar. Si lo solicito, dicen: usted no tiene derecho y debe trabajar y cotizar un mínimo de noventa días para llevar a trámite el subsidio. ¿Dónde está ese trabajo mínimo de noventa días?

Amparo Salcedo Torán, La Eliana (Valencia)