Justicia

EL BLOC DEL CARTERO

Ha corrido ya el agua suficiente bajo los puentes como para que nos preguntemos cómo es posible que, 40 años de democracia después, sigamos teniendo una Justicia que es demasiado lenta, que no da respuesta a muchos de los problemas que ante ella se dirimen y que cae con todo el peso sobre unos mientras deja que otros se vayan de rositas –o por la bendita y selectiva prescripción, que casi nunca beneficia al humilde, pero a la que el pudiente se agarra con éxito una y otra vez–. Mantenemos leyes procesales en esencia decimonónicas, unos medios escasos y disfunciones organizativas sobradamente acreditadas. La clave del entuerto no es ningún misterio y nos la expone con claridad y crudeza alguien que lo ha vivido desde dentro. Al poder no le interesa el control. Y el ciudadano lo paga.

LA CARTA DE LA SEMANA

Pierde el ciudadano

Tras leer que expertos juristas piden cambios a fondo en la Justicia para lavar su imagen, escribo para comentar que durante 42 años he sido funcionario judicial y traté con más de treinta magistrados (en especial, en los años del terrorismo etarra). Puedo asegurar que todos ponían, poníamos, interés en que la Justicia funcionara aplicando las leyes, pese a la falta de medios, ya que los gobiernos, primero en la época franquista y luego en la democracia, no eran muy dados a facilitarlos. Ello hacía que tal Justicia no fuera la requerida, en parte injusta por su lentitud y poca eficacia, lo que hoy sigue igual, sean los gobernantes de derechas, izquierdas o populistas. No olvidemos que los políticos, además de legislar, designan cargos. De funcionar correctamente la Justicia, algunos de estos dirigentes y otras personas poderosas podrían verse encausados en procedimientos civiles y penales por sus actuaciones irregulares. Queda claro que esta situación no es nueva y se ha venido denunciando al tiempo que se demandaba un cambio que no llega. Y como siempre el ciudadano, gran desconocedor de qué se cuece, es quien sigue perdiendo.

Ángel Santamaría Castro (Bilbao)

Por qué la he premiado… Por señalar, desde la experiencia y el conocimiento directo, ese mal que no cesa y por qué no cesa ni se le da nunca enmienda.


Desesperanza

Nos hartamos a clasificarnos por generaciones: la X, la Y, la Z… Generaciones que unifican a todos los comprendidos entre equis años. Tengo 23 y disfruto con lo que, para mí, es un aprendizaje en la mentalidad de mi madre. De su deconstrucción. Ella creció con la muerte de Franco. En una época que castigaba cualquier comportamiento o estilo de vida que se saliera de los márgenes de lo establecido y catalogado como ‘normal’. Es difícil, no creáis. Esto no ponía demasiadas facilidades a la hora de creer y pensar diferente. Cuesta cambiar las mentalidades, cuesta hacer entender que el amor es libre, que somos lo que queremos ser y que todo, si hay respeto, es natural y normal. «¿Y tú qué eres?», me pregunta mi madre al terminar una de nuestras charlas. «Yo, por suerte, hoy en día soy lo que quiero ser».

Ella sonríe sin más y yo me alegro por ello. Pero luego llegan las noticias. Y realmente te asustas, te asusta una cifra. Te asusta ver a tanta gente compartiendo ideales que creíamos estar venciendo. Te asusta pensar que en tu entorno hay gente que los defiende y los lleva como bandera. Te asusta. Y te preguntas: ¿qué tendría que contestarle a mi madre en cualquier otra situación? ¿En cualquier otra época? ¿En cuestión de años si esto se va de las manos? «¿Soy lo que me permitan?».

Cristina Blanco Suaña (Zamora)


Le exigen que abandone

Un afortunado 18 de mayo acudí a una fiesta nocturna tras una representación de Tosca, bellísima ópera de Puccini, en el Palau de les Arts de Valencia. Quiso la casualidad que me dirigiera a una joven mujer rusa que me atrajo a primera vista y que resultó ser estudiante de canto lírico. De manera desvergonzada, le pedí que me cantara una canción patriótica rusa que despierta en mí un torrente de emociones. Ella accedió, y esas notas resonarán en mi cabeza para el resto de mis días. Lyuba estudia en Valencia, aquí reside su profesor. Su voz es infrecuente, potente y de amplia tesitura. Aprendió castellano en un año, tiene un comportamiento ejemplar y medios económicos para vivir aquí. Es talentosa, esforzada y ha conseguido que le ofrezcan un buen puesto de trabajo. Después de trámites tan tediosos como angustiosos, a Lyuba le deniegan el visado sin darle una oportunidad de aportar nueva documentación, pues rechazan la aportada. Le exigen que abandone el país. Lyuba brilla como una estrella, pero quieren arrancarla del cielo y arrojarla a la Tierra. Que no se confunda el egoísmo de su novio enamorado, que escribe estas líneas, con un reclamo más justo que los personales: que la dejen formarse y brillar, porque un día también actuará en el Palau de les Arts, se lo facilite España o no.

Francisco Floro Soler (Valencia)


¿Cumpleaños feliz?

El pasado 6 de diciembre, nuestra norma suprema cumplió 40 años. Yo, como el restante 64 por ciento de la población española actual con derecho a voto, no voté la Constitución. En toda su vida, solo se reformó dos veces mediante el procedimiento «menos grave», para adecuar a Europa el artículo 13 y después, en la crisis, el artículo 135. El problema que le veo a la Constitución, desde mi visión de 22 años, es que las Cortes Generales han recibido un poder de constituyente permanente, como vimos en 2015, que el legislativo recortó de alguna manera nuestros derechos más esenciales
–recogidos en ley orgánica–. Además, hay derechos que se han marginado a lo puramente interpretativo, como los derechos económicos y sociales del Título Primero, Capítulo III. Como el famoso artículo 47: «Todos los españoles tienen derecho a […] una vivienda digna y adecuada». La sociedad actual pide cambio, quizá no un cambio abrupto, simplemente ponerla a punto. Hemos heredado una Constitución muy progresista que blinda nuestros derechos como personas y ciudadanos, pero no termina de amparar todos aquellos derechos que se han ido consiguiendo en estos 40 años. Por todo esto y mucho más, los jóvenes no sentimos nuestra la Constitución del 78. Es necesario un cambio en ella que refleje los nuevos tiempos en los que estamos.

Mikel De Aralar Sardón Delgado (Correo electrónico)