Inmigrantes

El bloc del cartero

Ahora que la inmigración, además de ser una cuestión trascendental de nuestro tiempo y nuestro lugar –con aristas notorias pero también un potencial positivo–, se convierte en arma arrojadiza de populismos y extremismos varios, quizá no esté de más hacer aproximaciones racionales a la cuestión. Lo es la de una lectora que desde la convivencia diaria con un inmigrante que se ha insertado en la sociedad de acogida demanda un juicio individual y justo para quienes vienen de fuera. Lo es también la de quien, teniendo a alguien próximo en situación de necesidad y sin apoyo, plantea la paradoja de que ser forastero pueda ser ventaja a esos efectos. La xenofobia, como muchas reacciones airadas, tiene su mejor caldo de cultivo en el desamparo de los que salen mal parados. Ahí está, aún hoy, el fallo.

LA CARTA DE LA SEMANA

El secreto de los ‘chalecos’

La clave de que los ‘chalecos amarillos’ franceses repitan cada fin de semana su lucha, pese a la claudicación de Macron, reside en algo que por suerte no se echa de menos en España. Los franceses han necesitado sacar una prenda del maletero para recuperar cierta vida social. Miembros de los equipos de boicot dicen haber recuperado la fraternidad al combatir las inclemencias. Viviendo juntos la tensión, sienten haberse dotado de un sentido. Aquello que las visitas a los centros comerciales no les aportan ni quemando la tarjeta de crédito. Me lo ha hecho ver una amiga francesa, que ha vuelto a su país tras años de sufrir nuestras crisis, nuestra informalidad, nuestra alergia al descanso, pero de admirarnos pese o gracias a ello. El sueldo mínimo en Francia casi dobla el nuestro, las coberturas sociales son excelentes, pero no se abarrotan sus cafés cada mañana ni los bares de noche. Escasean los locales con prensa compartida, sobran las pantallas y los desplazamientos entre parkings. La lumbre de un bidón en un piquete calienta más que un descontento político y reaviva el sentido de comunidad que aquí, con nuestros defectos, parece que conservamos.

Emma Infante (Badalona)

Por qué la he premiado… Por la mirada a un pliegue poco contado de esta historia y que, sin embargo, tanto nos cuenta sobre lo que en estos tiempos falta.


Un poso de tristeza

Las librerías desempeñan un papel importante como referentes culturales. No se trata sin más de establecimientos comerciales, sino de verdaderos escaparates de la cultura, eso sí, castigados por la crisis y la imparable pujanza de Amazon. No se conforman con ser tiendas en las que se venden libros: muchas quieren ir más allá y apuestan por ser relevantes en nuestra vida cultural. El cliente obtiene –además de su estricta compra– un valor añadido al hacerse con una lectura adecuada a sus intereses; recibe a su vez datos precisos de una obra, de las últimas novedades, de presentaciones de libros y actividades diversas organizadas por la librería. Por eso llevan razón los ilustres Castro, periodista, y Pons, librero, al decir que deja un gran poso de tristeza el cierre de la prestigiosa librería Los Portadores de Sueños: «Nuestra ciudad estará más cerca del desierto cultural que seriamente nos amenaza».

Miguel Sánchez, Trasobares (Zaragoza)


Ribadelago

Hasta hace poco creía que no había nada peor que una tragedia que se lleva por delante, en minutos, a algo más del veinticinco por ciento de tu población, dejando heridos de dolor a los supervivientes. Pero he llegado a la conclusión de que hay algo peor: la falta de memoria sobre el hecho. El olvido. La segunda tragedia. El pasado 9 de enero se cumplieron sesenta años de que la presa de Vega de Tera, en la comarca zamorana de Sanabria, reventara llevándose por delante el pueblo de Ribadelago. La causa, evitable, se debió a las deficiencias en los materiales usados en su construcción: a la avaricia de sus constructores, que, además y para más escarnio, fueron indultados por el Gobierno franquista. Nadie nunca más levantó la voz pidiendo justicia, ni siquiera exigiendo que se rescataran los ciento dieciséis cuerpos arrastrados por el agua de la presa, y que descansan aún en el fondo del lago de Sanabria. ¿Por qué? Por miedo, por los recuerdos cercanos de lo que podía ocurrirte si levantabas la voz, si te atrevías a señalar al culpable de tu ruina vital. El recuerdo comenzó a difuminarse ese mismo año, hasta perderse en el tiempo y en el recuerdo. Sirvan estas palabras para recordar la memoria de mis paisanos, esos eternos olvidados.

Eduardo Fernán-López, Villalpando (Zamora)


Un inmigrante en casa

Soy española de origen y tengo un inmigrante en casa. Desde hace seis años está legal e incluso tiene la nacionalidad española tras tres eternos años de lucha. No obstante, se le nota a la legua que no es de aquí por el color de su piel, su estatura, sus rasgos faciales y, sobre todo, su amplia sonrisa y su mirada chispeante, tan propias de aquellas tierras a las que emigraron nuestros ancestros con armas y cruces. Es una persona rebelde, con carácter, no es brillante pero sí muy determinada y constante, y muy amiga de sus amigos, que tiene muchos, de todos los colores y procedencias, incluso blancos españoles de clase trabajadora en precario y monoparental como yo, su madre adoptiva. Pero cuando se la ve, nadie lo sabe, salvo nuestros familiares, amigos y algún que otro vecino curioso. Así que, cuando te encuentres con un inmigrante, respétale como si no lo fuera y no le hagas ningún mal por el hecho de serlo. Piensa en mi hija y, como mínimo, si hace algo malo, actúese por lo que hace, no por lo que es o aparenta, y de igual modo que con cualquier otro español-de-España. Necesito saber ya que queda en buenas manos cuando yo falte. Muchas gracias.

Cintia Palenzuela Múgica, Urrugne (Francia)


Inmigrantes y españoles

El problema de la inmigración es muy complejo y todos estamos de acuerdo en que se ha de apoyar a los que huyen de condiciones infrahumanas. Sin embargo, lo que está haciendo nuestro Gobierno con ellos es demasiado. Mi madre lleva más de cinco años en el paro sin recibir un solo euro del dinero público. Estos inmigrantes, solo por tener un carné de residencia, ya reciben comida, alojamiento y, en algunos casos, hasta mil euros al mes. Creo que habría que dar prioridad de ayuda a los ciudadanos o, por lo menos, conseguir un equilibrio entre estos y los inmigrantes.

Guillermo Canosa Rabadán (Madrid)