Discapacitados

El bloc del cartero

Todos hemos sido discapacitados. Todos, si vivimos lo suficiente, tenemos muchas probabilidades de volver a serlo. Todos, en algún aspecto, y si nos miramos de frente y sin engañarnos, padecemos –en presente– alguna clase de discapacidad frente a las exigencias que nos pone delante la vida. Mayor o  menor, perceptible o encubierta. Ese es el mensaje que nos transmiten, pertinentemente, dos de nuestras lectoras –una de ellas, en la carta de la semana–, y mostrar esa realidad es tal vez la gran virtud de la película que se alzó con el premio máximo en la ceremonia anual de los galardones del cine español. Tiende a enfocarse la atención a aquel que tiene capacidades diversas como un ejercicio de filantropía o una dádiva. No lo es. Y no solo se trata de justicia; también es la única opción inteligente.

LA CARTA DE LA SEMANA

Necesidades iguales

Tengo cuatro hijos maravillosos. Las dos pequeñas, gemelas, nacieron con un síndrome raro y aprenden más despacio que las niñas de su edad. ¿Problema? No encuentro colegio para ellas. No son de colegio especial ni de colegio normal. Estamos en un limbo. En el especial les ponen un techo que no tienen y en el normal no se atreven a cogerlas. Dicen que no tienen recursos y me lo creo a medias: querer es poder y las gemelas me lo demuestran a diario. La integración, parece, exige operaciones complicadas, pero bastaría con educar bien a los profesores y compañeros. Se habla de menores con ‘necesidades especiales’. Falso. Todos necesitan lo mismo: comer, dormir, sentirse queridos, querer, jugar, tener amigos. Mis hijas, aun con dificultades, son más trabajadoras y felices que el resto de los niños. Son inspiradoras, buenas, alegres, simpáticas, sociables… Se beneficiarían de tener amigos ‘normales’ en clase, pero más aprenderían sus compañeros: el valor del esfuerzo, la empatía y la superación. Olvidamos que somos personas, no cocientes intelectuales.

María O’Donnell Armada (Correo electrónico)

Por qué la he premiado…Por poner sobre la mesa una de esas cosas que importan, más de lo que a estas alturas –los hechos lo acreditan– hemos sido capaces de entender.


Discapacitados

Celebro que el jurado de los Goya eligiera Campeones como mejor película. Hay una frase con la que me quedé: la de cuando el exjugador de baloncesto profesional habla con otra persona y le dice que el entrenador ha mejorado mucho porque le están tratando su discapacidad. Me llamó la atención, porque en nuestra sociedad tendemos a etiquetar y a movernos entre el blanco o el negro: los jugadores de baloncesto de la película son los discapacitados y el entrenador, en teoría, no. De hecho, establecemos dicha contraposición, sin darnos cuenta de que todos tenemos capacidades limitadas. ¿Quién soy yo para denominar ‘discapacitada’ a otra persona, cuando yo misma encuentro mis capacidades limitadas a diario por factores endógenos o exógenos? Me gusta más decir que nos hallamos ante personas con otras capacidades: para ver, por ejemplo, nuestras limitaciones, traumas. Aunque no lo creamos, todos tenemos nuestras discapacidades. Lo intenté explicar en una cena, pero no sé si se me entendió o se me quiso entender. Espero que alguien aquí entienda a qué me refiero.

A. E. Labayen (Correo electrónico)


El poder de las palabras

He pasado varios días en el hospital con mi padre, ingresado por una neumonía. Cada mañana el médico me informaba de la evolución de la enfermedad, tratamiento, cambios en la medicación… En todas estas conversaciones se repetía una frase que se me quedó grabada: «A su edad… ya se sabe». Quise imaginar que mi padre, aunque lo oyese diariamente, no le había dado importancia. Pero, mientras lo acompañaba, me entristecía pensar que quizá durante las aburridas y largas horas hospitalarias su cabeza (como la mía) estaba dando vueltas a esa frase. Quizá en esos momentos que permanecía adormilado estuviese pensando: «¿Qué habrá querido decir el médico? ¿Que con mis años no funciona el tratamiento? ¿Que a mi edad no merece la pena buscar alternativas? ¿Que no…?». Temo el día en que siendo yo el ingresado llegue a oírla. Espero que, con un poco de suerte, dejen de usarla.

Jesús María Perosanz, Éibar (Guipúzcoa)


Discriminado

Leyendo la entrevista con Carmen Maura, me gustó su sinceridad sobre la situación de las mujeres y otros temas. Dijo cosas que, dichas por un hombre, sonarían machistas. Parto de que las mujeres han estado discriminadas laboralmente y en otros campos muchos años, pero creo que esta discriminación ha ido a menos, y no solo afecta a mujeres, sino a hombres también. Los hay que no pudieron hacer sus prácticas en Magisterio, en Educación Infantil, porque maestras-tutoras no creían que un hombre pudiera realizar esa labor como una mujer. Hay maestros que no pudieron entrar en un equipo directivo porque, por la paridad, debía haber hombres y mujeres, cuando esos maestros han trabajado en centros dirigidos solo por mujeres, dejando la paridad en esos casos olvidada. Hay maestros que han sufrido el recelo de madres que no veían bien que un hombre entrara en un aula de infantil por el simple hecho de no ser mujer. Injusticias y desigualdades hubo, hay y habrá. Y yo, que he sido ese maestro a veces discriminado, sigo ejerciendo mi profesión con ilusión y ganas de hacer bien las cosas.

Miguel Villar Colmenero (Jaén)


Antidepredador

Con todo respeto hacia Carmen Maura, creo que sus declaraciones sobre los abusos sexuales en el cine –«la mitad de ellas no me las creo»– y el movimiento #MeToo –«vamos a acabar con los tíos»– son desafortunadas, aun más teniendo en cuenta la brutal violación que ella sufrió y de la que ya no quiere hablar. Las víctimas de abusos suelen citar el miedo a «nadie me va a creer» como motivo para callar. No extraña ese temor cuando las propias mujeres, incluso víctimas de violencia machista, certifican que no creen a otras mujeres. Es un gran problema. El silencio, el encubrimiento del agresor y el no creer vienen de una sociedad con el lastre de antiguas pautas de conducta sexista, y que mantiene un doble estándar sexual, a pesar de todos los avances y la educación. ¿Hay gente que miente? Por supuesto. ¿Son la mitad? Muy improbable. No es una cuestión de ser antihombre, sino antidepredador.

N. F. La Coruña