Autocrítica

El bloc del cartero

Es vicio comúnmente extendido entre las personas maduras de todo tiempo y lugar la condescendencia, incluso el recelo, hacia las nuevas generaciones. Enseña sin embargo la experiencia que pueden aprenderse lecciones de todo el mundo, incluso de quienes tienen menos experiencia. Una buena muestra la tenemos esta semana con las cartas de dos jóvenes que practican, sin concesiones, un ejercicio que a los mayores nos cuesta, que a menudo se echa en falta en nuestro discurso público y privado y que resulta altamente saludable: la autocrítica. Miran a sus pares, a su propia generación, y se plantan ante algunas de sus tendencias más extendidas, con plena conciencia de que lo que sostienen no gustará a muchos. Quizá deberíamos hacerlo más, todos: exponernos a no resultar simpáticos a los nuestros.

LA CARTA DE LA SEMANA

Nuestras ciudades, nuestras tiendas

Cada vez que paseo por mi ciudad y veo abrir una nueva tienda pienso: «Qué valientes (o qué inconscientes)». Hay que serlo para abrir un comercio hoy, cuando es mucho más fructífero ser rentista que comerciante (además de más cómodo). Un tiempo en el que preferimos comprar desde casa dando a un botón que ir a ojear tiendas, tocar género, abrir libros, compartir un rato con tenderos, dependientes, compradores.

Un tiempo en el que todos tenemos los mismos gustos y solo triunfan las franquicias –cada vez más las on-line– y en el que queremos pagar cada vez menos por todo. Este tiempo y sus características, que todos fomentamos, harán que un día salgamos a las calles de nuestra ciudad y echemos de menos esas tiendas, esos nuevos negocios que nos sorprendían y despertaban la curiosidad. Finalmente, irán matando nuestras ciudades, no habrá cines ni librerías, y solo quedarán los cascarones vacíos de las grandes corporaciones que usarán los escaparates para enseñar sus productos, que compraremos desde el ordenador en nuestra casa, porque para qué vamos a salir a esa fría ciudad.

Arancha Ruiz (Santander)

Por qué la he premiado… Porque algún día a lo peor nos acabamos dando cuenta de que esto importaba, de que no daba igual dejarlo desaparecer.


John Deacon

En el interesante artículo de Carlos Herrera sobre Bohemian Rhapsody y Queen, se hace un trato desacertado hacia su bajista, John Deacon. Se habla del talento de Mercury, May y Taylor y se añade: «bueno, y también de Deacon». John Deacon ha demostrado ser con diferencia el más consecuente de los miembros de Queen. Cuando Mercury murió, él comunicó que no seguía en Queen, sin Freddie no tenía sentido, algo que May y Taylor no han hecho, contratando nuevos y pésimos vocalistas para giras y discos recopilatorios. ¿Se puede dudar del talento de Deacon? Solo basta recordar que ha compuesto los éxitos I Want To Break Free, Another One Bites The Dust, You’re My Best Friend, Friends Will Be Friends, Spread Your Wings o One Year Of Love. Deacon era tímido, tranquilo, el perfecto equilibrio para que la banda funcionara, el George Harrison de Queen. Me duele que se dude de su talento: estoy convencido de que, sin él, Queen no hubiera sido el mejor grupo de la historia.

Fernando Sarrato Balaguer (Correo electrónico)


Invadida por la indignación

He meditado mucho si escribir o no estas líneas, pero la rabia me invade con la última carta premiada… Es un tema muy delicado el que nos llevó por desgracia a Totalán, pero necesito dar mi opinión. En el fatídico rescate, estoy de acuerdo, participaron muchas personas para mover y remover toneladas de tierra y llegar al pequeño Julen, operarios en las excavadoras, expertos fabricando tubos a contrarreloj, cientos de personas pendientes del pequeño, pero ocho, solo ocho, arriesgaron su vida, sabiendo que había muy pocas opciones de traer al niño todavía vivo y aun así bajaron. Olé ellos. Cualquier fallo, cualquier error de cálculo habría sepultado a todos. Es muy injusta esa comparación de tareas. Reconocimiento para esos ocho héroes, por favor. Yo sí firmé y lo volvería a hacer.

Elena Rivero Peláez (Valladolid)


¿A qué huele Madrid?

No hace falta estar muy atento: el olor, nauseabundo, mareante, llega quizás varias veces en cualquier paseo que uno dé por la capital. ¿Y en el resto de España? ¿De Europa? Hablo del olor a porro, la droga más preocupante que afecta a mi generación (tengo 21 años) y la más aceptada. El consumo es tan común que ya nadie lo oculta y se ve como «algo bueno», casi «indispensable» al salir de fiesta; pero nunca es solo «para salir de fiesta»; no acaba ahí. Adolescentes que con solo 16 años, quizás menos, rechazan mirar a la vida, afrontarla, para iniciar un camino sin retorno. ¿Conoce a alguien que los lleve consumiendo algunos años? Sabrá lo que es sentir el paso del tiempo. Y recuerde: cada mirada, cada risa, cada gesto cómplice que tenga con una persona que consume porros es un paso más para que acabe esquizofrénica o su vida en la nada.

Javier Villalba Alonso (Madrid)


Rollo una carta

Desconozco si los más avezados se han percatado de la increíble revolución que encabezamos los jóvenes. Progresivamente, aumenta nuestra destreza de decir más con menos palabras. Y mejor. Ponemos de manifiesto que saber mucho vocabulario no tiene función. Constituimos el paradigma de la economización del lenguaje. Además, en una exposición de cualquier tipo, un joven, en general, aunque siempre hay alguna oveja descarriada, repetirá las expresiones: «rollo», «en plan» y «del palo» (esta reservada a los más audaces). La suma de escasez léxica y empleo de muletillas comodín nos ha permitido sintetizar nuestro discurso al máximo. Directo y al pie. En este fenómeno subyace la clara evidencia de que la lectura de libros, tan anticuada y tediosa, es perfectamente sustituible por una ojeada de tuits, comentarios de Facebook o pies de fotos de Instagram. Este cambio no sólo no empeora la capacidad comunicativa, sino que la asciende. Por ello, reclamo: pese a que alguno caiga en la tentación de leer algún libro, rectifiquen, desistan y regresen a sus pantallas, como mucho recurran a un vademécum de un youtuber o similar para superar la tentación. Les ruego que no se aparten del buen camino de la simplicidad. Sus beneficiosos frutos ya los padecemos.

Daniel Pérez González, Trobajo del Camino (León)