‘Influencers’

EL BLOC DEL CARTERO

Según nos cuenta un lector, los adolescentes quieren ser influencers, sin saber muy bien con qué, por qué y para qué pueden influir a otros. Sólo porque te da dinero rápido y, como hemos sabido en estos días, te permite conducir un Lamborghini con poco más de veinte años. La figura, junto al selfi, el zasca y el meme, es una seña de identidad de nuestro tiempo, quizá una de sus más acabadas metáforas. Un influencer viene a ser algo así como un hipercomunicador, tan potente que igual da que el objeto de su discurso sea tan nimio como una sombra de ojos o la pantalla de un videojuego. Cosecha likes y seguidores y llegarás al Lamborghini. Disculpen los modernos al cartero que prefiera a ese otro influencer de esta semana que con un abrazo –nada más analógico– infunde paz a un espíritu atribulado.

LA CARTA DE LA SEMANA

Ni de tu propia sombra

Hace poco supe que estamos acabados. Mentira. Disculpen la osadía, pero necesitaba atraer su atención para hablarles de algo importante. El rumebundo es un preciado pajarraco de la Rusia Oriental. Como especie carroñera y de aspecto sórdido y poco amigable, no se puede decir que lleve una vida envidiable. Preciado, pues, no por el valor que se otorga a su longevidad, ínfimo, sino por la extrema semejanza que guarda con nuestras aves de corral, propiedad que ha sido explotada por los estafadores para sustituir la carne de pollo con la de nuestro extravagante pajarito.

Si acaso han decidido, con cara de asombro y agitación, investigar acerca de esta inventada criaturilla, les recomiendo cerrar la pestaña de Google; no encontrarán nada parecido. Pero, por favor, ya que han comenzado a cerciorarse de aquello que se afirma con tajante seguridad, no abandonen tan necesaria práctica. Fiarnos a ciegas, en un mundo de manipuleos y vigilancias, de nada ni de nadie. En fin, si les he sonado algo grosera les ruego, de nuevo, disculpen mi osadía.

María Ruiz de la Cuesta Vela (Pamplona)

Por qué la he premiado…Por sugerirnos la mejor defensa contra los cada vez más abundantes rumebundos.


Lo que ha vestido a Miguel

Miguel es mayor. Me cuentan que antes vivía en su pueblo sin demasiado contacto con su entorno, pero siempre educado y trabajador. Alguien, un día, reparó en que sus facultades cognitivas empezaban a mermar y propuso su ingreso en un centro para mayores. Fue hace dos años. Hasta hace un mes su demencia solo lo obligaba a ir y volver por un pasillo, a entrar en habitaciones ajenas creyéndolas suyas, a tumbarse en el suelo como si fuera su cama y, últimamente, a desnudarse en la sala de estar, a la vista del resto. Lo probamos todo. Lo vieron la neuróloga y la psiquiatra. Le aumentamos la pastilla de la noche. Se la pusimos también por la mañana.

Lo vestimos una y otra vez, pero sus neurotransmisores lo obligaban a volver a desnudarse. Se evaluó que volviera a su casa y, si tenía que desnudarse, que lo hiciera solo, en que no había prospecto donde se leyera «indicado para los que se desnudan». Un último intento a la desesperada ha vestido al bueno de Miguel. Le puse su camiseta y decidí abrazarlo. Él me abrazó más a mí que yo a él. No se ha vuelto a desnudar. Me preguntan qué fármaco he utilizado. No lo he contado hasta hoy a la espera de posibles interacciones o efectos secundarios, pero cada día me pregunto cuántos abrazos habremos dejado de darle.

Luis Alberto Rodríguez Arroyo, Santo Tomás de las Ollas (León)


¿’Influencer’, de qué?

No sé si será la edad o estar algo cansado de las personas que nos «influyen de otra manera» a través de la tecnología (redes sociales, etc.). Se dice que un influencer es alguien con credibilidad sobre un tema en una comunidad determinada. No sé cuál fue el primero ni sabré el último. Me niego a seguir una forma de ver y decir algo que solo avalan cuantos más seguidores estén tras esa persona, sin tener una demostración real sobre su sabiduría.

Hace unos días, en la calle, escuché, perplejo, a un preadolescente indicando a otro la posibilidad de vivir y ser recompensado en un futuro como influencer, pues tendría más seguidores y más dinero. Claro que hemos evolucionado y que la tecnología nos abre nuevas puertas, pero no deberíamos olvidar que todos somos diferentes y que la diversidad es lo que nos hace grandes frente a imposiciones o influencers.

Jesús Guijarro Jorge (Valencia)


A la luz de la farola

Lo hemos visto en un telediario. Un niño peruano haciendo sus deberes en la calle, tumbado en la acera bajo la luz tenue de una farola porque en su casa no podían pagar la electricidad. Esta vez la noticia tuvo un final feliz. Un millonario árabe que supo de este chaval de once años, llamado Víctor, lo ha dotado de una beca hasta que termine una carrera y ha regalado una casa a la familia. Qué envidia de este niño que sin recursos es capaz de fajarse cada noche con los libros para salir de la miseria y labrarse un provenir. Por contraste, da pena ver a tantos niños de nuestro entorno desarrollado, vagos como ellos solos, pegados al móvil incluso cuando duermen y desaprovechando sus buenos años para lanzarse con su esfuerzo hacia el futuro.

Agustín del Pino (Madrid)


Morir matando

Inmoral es presentar un relato novelado como un acontecimiento histórico. Mi padre, Don Juan Ramón Brun, tenía un corazón que no le cabía en el pecho. Jamás negó a nadie su ayuda ni señaló a nadie para ser purgado (…) No era ni comunista, ni anarquista, ni socialista. Sin asistir jamás a un mitin, ni conocer los puntos de la Falange, pidió el carné de falangista por ser lo más opuesto al comunismo (…). Puedo decirles con satisfacción, que no todos los ‘rojos’ eran criminales. Un día, vecinos de La Paúl junto a dinamiteros rojos de Tormos detuvieron a mi padre y lo llevaron a la tapia. Ahí, preguntó a los dinamiteros si le dejaban hablar antes de matarle. Accedieron. Con aplomo manifestó: «Ustedes no me conocen, nunca nos hemos visto. O sea que alguno de los que les acompañan ha tenido que señalarme». Y, uno por uno, preguntó a los pauleros «no habrás sido tú… que te ayudé…» recordando el momento y situación. Ninguno negó lo que mi padre decía y los temidos dinamiteros le dijeron: «Vete a casa».

Conchita Brun (Correo electrónico)


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