Infancias

EL BLOC DEL CARTERO

Hay infancias e infancias. Según razona uno de nuestros lectores, en el tiempo y el lugar que lo acogen se han vuelto tan blandas y apacibles que ya ni las travesuras de antaño se producen; ni siquiera cuando las circunstancias son propicias, como las de una pira de San Juan montada varios días antes de la fecha de marras y que nadie se toma la molestia de vigilar. Quizá no sea cuestión de lamentarse que nos hayamos vuelto tan cívicos y que para la mayoría de los chavales la pose gamberra no sea más que eso, una pose. Peor es, desde luego, el caso de esos otros sitios donde, como nos recuerda una lectora, los niños se habitúan desde pequeños a la crueldad y la muerte. De ahí salen adultos a quienes será difícil persuadir, el día de mañana, de que no prendan fuego a cualquier pira que se les ofrezca.

¿Qué nos está pasando…?

He visto promesas y sueños, tantos juntos, pero no he visto nada real ni verdadero, otra vez la fría mentira. He visto predecir como algo inesperado lo que ya está ocurriendo, pero no he visto bucear en el remedio lógico del día a día. He visto lágrimas en el fuego, una hoguera de madera y recuerdos, pero no ese calor intenso por apagar el hambre o la soledad, quizá sin tanto humo. He visto el premio sin esfuerzo, en unos pocos que son muchos, pero no la mano tendida al humilde olvidado. He visto el cambio de las estaciones sin libertad, pero no que el viento encuentre refugio en este sinsentido, demasiados intereses en distintas direcciones. He visto los nuevos símbolos y letras del futuro presente, pero no la verdadera belleza del arte de mostrárselo a los demás. Solo espero que nos haga pensar si de verdad estamos vivos todavía o nos hemos convertido ya en impulsos artificiales con un programa que debemos realizar en este inmobiliario, construido en el olvido de lo que nos hace realmente diferentes y especiales.

Higinio Bravo Méndez, Molledo (Cantabria)

Por qué la he premiado… Por si encuentra a su destinatario y acierta a levantarle el ánimo.


No es mundo para niños

En la guerra en el Yemen han muerto ya 85.000 niños menores de cinco años; otros nos miran mientras se apoyan en su muleta, con mangas vacías. En la India, hacinados en hospitales, tres niños por cama, mueren sin causa conocida. Algunos dicen que por comer lichis. Los médicos apuntan que los niños ricos que comen lichis no se están muriendo… Estados Unidos encierra en jaulas a los niños que le llegan del sur. Algunos se quedan en el camino, cruzando el río. ‘Heladeras’ llaman a esas jaulas en las que los niños que alcanzan la tierra prometida intentan sobrevivir. En ellas los niños mueren de epidemias de gripe, una enfermedad que se propaga en condiciones insalubres e inhumanas. Mientras en Rusia y en otros países se adiestra a los niños para la guerra. En Occidente, los niños entregan su tiempo a las pantallas, olvidando, porque no se les recuerda, la socialización y la empatía. Desde esas pantallas reciben educación, sexual incluida. Normalizan la ley del más fuerte, el individualismo y la utilización del otro. Alcohol, sexo y drogas los guían hacia la felicidad. Decirlo no cambia la realidad. No decirlo es darlo por bueno.

Teresa Rivera Iglesias, Urduliz (Vizcaya)


Comercio electrónico

Como ‘harto preocupante’ coinciden en calificar la mayoría de los propietarios del pequeño comercio o del comercio tradicional el imparable crecimiento del denominado e-commerce, o comercio electrónico, sobre todo a lo largo de los últimos años. Millares de pequeñas tiendas de todo tipo
–algunas de ellas, siendo incluso santo y seña del corazón de muchas ciudades– se han visto obligadas a bajar definitivamente las persianas, mientras otras más cerrarán también sus puertas, presumiblemente, al no lograr ser ya tampoco rentables. Ríos de tinta se han vertido ya respecto al cambio de los hábitos del consumidor de la actualidad y de la diferencia entre el trato personalizado del minorista de toda la vida con el trato anónimo de los empleados de estos gigantes de ahora que –auxiliados por sofisticados robots para todo tipo de faenas– consiguen mandar a tu casa el producto que te interesa, en muy poco tiempo y –¡ojo!– a menor precio que en caso de comprar uno lo mismo en cualquier tienda. Y es que estas nuevas opciones de compra complementarias, tras haber hallado su nicho de ventas, hasta le pueden resultar graciosas y divertidas al cliente que reciba un paquete que nada tenga que ver con lo previamente publicitado o solicitado por el mismo, así como que asuma el riesgo de que le puedan hackear su tarjeta de crédito.

Miguel Sánchez Trasobares (Zaragoza)


Punkis de peluche

Recuerdo cómo en mi barrio, el mismo día de la hoguera de San Juan, a la mañana, comenzaban los preparativos para amontonar toda la madera posible para hacer la hoguera. Y, ese mismo día, varios centinelas velaban por que ningún atrevido le metiera fuego antes de tiempo; había que respetar la tradición, el horario y la liturgia que conllevaba tan esperado acto de llegada del verano. En mi nuevo pueblo de acogida son tan ‘atrevidos’ que, ya dos días antes de la ceremonia del fuego, la tentadora montaña de madera está más que preparada en la plaza del pueblo, sin centinelas ni vigilancia; por supuesto que un ejercicio de civismo superlativo la mantiene intacta ante las tentaciones de cualquier ‘rebelde’ que se atreva a meterle fuego antes de tiempo. Yo, en mi juventud, con mis secuaces, lo hubiera hecho sin ninguna duda. El día antes de la hoguera, ahí continuaba virginal la montaña de madera, acompañada por los compases de un grupo de música del pueblo que imita el estilo punk. Y entonces –ante esa circunstancia– me permití pensar en lo bien domados que estamos todos, y en la poca capacidad de rebeldía que introducimos en nuestros jóvenes, a los que disfrazamos de punkis de peluche para que imiten a los punkis de verdad, los cuales –después o antes del concierto– no hubieran tenido ninguna duda en meterle fuego a aquel montón de madera que lo pedía a gritos.

Rafael Furnier Sánchez Mendaro (Guipúzcoa)


Una vez a la semana

Al menos, una vez a la semana. Y sé que, cuando ya no esté, añoraré no haber invertido más tiempo. Decido ir a casa de mi padre caminando, son poco más de treinta minutos a buen paso. Me cruzo con mis congéneres absortos en las pantallas de sus móviles. En busca de la bendición de ese algoritmo asistente que decide sobre el destino de nuestra existencia. Postulando una utópica vida en el flujo de datos que alguien a buen seguro ha de comprar. Justo ahí jugaba yo a las canicas y a la peonza. Ahora es un salón de apuestas donde los chavales se arraciman en la entrada. ¿Qué tal, papá? Déjame verte, contesta, con esa vista cada vez más maltrecha por la diabetes. ¿La señora no te protesta por la barba? Sonrío en silencio mientras sirvo un par de tazas de café. Y me siento a escuchar sus viejas historias de marino mercante. De sus viajes por medio mundo, camaradería humana contra los golpes de mar. Lo observo y lo admiro, aunque nunca se lo diga. Pues en sus arrugas y canas representa la sabiduría, convenciéndome de que en este mundo que me rodea quizá no está todo perdido.

Óscar Camiño Santos (A Coruña)


‘La cobra’

Jaén ha intentado salir a flote con muchos proyectos frustrados. Uno de ellos fue el tranvía, intacto. Vamos progresando con la magnífica y amplia oferta turística que ofrece la ciudad. Múltiples visitas guiadas por los numerosos monumentos, como los baños árabes, las distintas iglesias y el castillo que reina en el vértice de la ciudad.

“El AVE conecta Madrid con Granada y, en vez de pasar por Jaén, ‘hace la cobra’ al sitio con más  castillos del mundo” 

La espléndida catedral de la Asunción se lleva la mayor parte. Joya del Renacimiento esculpida por Vandelvira, es la más grande de España y sirvió de inspiración para muchas iglesias sudamericanas. A esto se suman los dos galones que complementan el puzle: Úbeda y Baeza. Patrimonios de la Humanidad, son perfectos lugares para deleitarse con sus callejones, palacios y monumentos. También tenemos el llamado ‘oro líquido’, el aceite tan valorado como costoso de obtener. El nacimiento del río Guadalquivir. El Parque Natural de Sierra Morena y sus especies de fauna y flora. Pues parece que estos ingredientes no son lo suficientemente buenos para que por Jaén pase el AVE. Conecta Madrid con Granada y, en vez de atravesar vía adelante por la tierra de olivares, hace ‘la cobra’ al sitio con más castillos del mundo. Estamos saliendo del aislamiento, pero si el propio sistema no nos da ayuda, ¿quién nos la va a dar? El desprecio que sufren Jaén y otros puntos de la España interior es increíble. La mayoría de los fondos van a la periferia y al centro de la Península, dejando las migas para los demás. Ya es hora de resaltar la importancia de estos lugares que no son más, pero tampoco menos. Y termino mi protesta con los versos que Miguel Hernández dedicaba a mi provincia: «Jaén, levántate brava, / no vayas a ser esclava / con todos tus olivares».
Antonio Luis Mármol Torres (Jaén) 

El valor de la amistad

Hace tiempo leí las declaraciones de un psicólogo, según el cual, en ocasiones, un rato de conversación con los amigos constituye un excelente tratamiento para resolver ciertos problemas de ansiedad, frustración, sensación de soledad… He recordado esto a propósito del encuentro que tuve hace poco con antiguas compañeras de estudios. Han pasado más de cuarenta años y seguimos unidas por la misma amistad hecha de recuerdos comunes, de una visión de la vida compartida en sus líneas fundamentales y, sobre todo, del deseo siempre renovado de volver a encontrarnos, de tener noticias unas de otras y de hacerlas partícipes de las distintas etapas de nuestra vida. En este pequeño grupo hay situaciones personales y profesionales muy variadas: casadas y solteras; profesoras, farmacéuticas, contables, enfermeras, pianistas, amas de casa, bibliotecarias… A veces comentamos que fuimos una generación ‘rompedora’ en la que comenzaba a despuntar la mujer profesional, en contraste con generaciones anteriores. Pero lo que siempre comentamos es la suerte de conservar esta unión y estos encuentros en los que tanto disfrutamos, y pensamos que muchas veces son para nosotras la mejor terapia: una profunda y verdadera amistad.
María Isabel González del Campo (Madrid)

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