Deshumanizando

EL BLOC DEL CARTERO

Esta semana, dos lectores coinciden en señalar uno de esos fenómenos que dan que pensar: el aumento de mascotas caninas correlativo a la disminución de criaturas humanas, que en la ciudad de uno de ellos ya van por detrás en el censo. Nada más lejos del ánimo de quien alguna vez ha convivido con un perro que menospreciar al mejor amigo del hombre (y la mujer). Pero inquieta un poco que aumente el afecto por los animales mientras decrece el apego a los niños, a quienes se proscribe ya en no pocos locales, para mayor confort de adultos intolerantes. A todo eso súmese el hecho, señalado por una lectora, del avance imparable de los robots. Los humanos somos molestos y torpes… y más de pequeños. Pero no olvidemos la sabiduría de la milenaria Edda Poética: «El hombre solo se regocija en el hombre».

LA CARTA DE LA SEMANA

No ha sido solo tiempo

Tal vez, tras más de tres meses en el extranjero, pueda volver a leer estas líneas de nuevo en casa. He decidido que no voy a contar el número de días que he pasado fuera de mi hogar, y únicamente mediré ese tiempo por los buenos momentos que en la distancia he celebrado y los malos en los que, a pesar de los más de cuatro mil kilómetros que me han separado de todo aquello por lo que vine aquí, me han servido para estar aún más cerca y valorar mi suerte. He conocido otro continente, África. He vivido experiencias que me han engrandecido como persona y me han servido para reafirmarme en lo que ya sabía: no erré al elegir mi profesión. Todo este tiempo fuera ha sido llevando la bandera de España en el uniforme, en uno de los muchos sitios de África donde los miembros de las Fuerzas Armadas desempeñamos nuestros cometidos. Si tuviese que quedarme con un solo momento, sería con la sonrisa de los niños que entre gritos de emoción se abalanzaron hacia nosotros cuando entrábamos en sus aulas. Esperando únicamente un abrazo.

Carlos Marqués Calvo (Zaragoza)

Por qué la he premiado… Por recordarnos con su testimonio dónde están la verdadera bandera, la  verdadera patria y quienes de veras la sirven, en vez de utilizarla.


Más perros que niños

Leo en el periódico que en mi ciudad ya hay más perros censados que niños menores de diez años. Paso unas páginas veo que en un municipio turístico cercano se acaba de construir un nuevo hotel en el que solo se admiten adultos. Lo comento con otros profesores y me confirman que en sus barrios cada vez se prodigan más los establecimientos de moda caninos, los lugares de belleza para mascotas y los restaurantes para todo tipo de fauna, al tiempo que desaparecen tiendas de puericultura. Y me preocupa que España tenga uno de los índices de natalidad más bajos de Europa, ya a la altura de Japón, donde casi una mayoría de jóvenes ni se preocupa en buscar pareja y comienza una relación con un robot. Y pienso que décadas de ataques a la familia tradicional, la potenciación del consumo y el hedonismo millennial están produciendo ya sus resultados.

Sergio Nasarre Aznar (Tarragona)


A falta de niños, perros

El paseo por los parques madrileños se ha convertido en un desfile de perros y dueños. Perros grandes… y con mucho pelo. Me pregunto qué moda o conspiración ha llegado a la ciudad para que estos animales, en vez de proteger su finca de pueblo o correr tras un conejo, suban a casa en ascensor. Consterna ver como huskis, rottweilers y galgos caminan sofocados sobre asfalto calcinado mientras su dueño cuelga un «#loveanimals» en Instagram. Todo esto en un panorama pésimo para la natalidad española, donde el número de mascotas supera al de niños menores de quince años.

Marina Doria García de Cortázar (Madrid)


Cotizaciones para los robots

Desde que se inventaron útiles como el tractor se han destruido muchos puestos de trabajo, aunque bien es cierto que simultáneamente se han ido creando otros empleos ‘modernos’. El mercado ha absorbido en mayor o menor medida a esos trabajadores, pero llevo un tiempo pensando que queda poco para que nos vayamos a pique como sociedad del bienestar.

Cuando a una ministra se le ocurrió decir que le gustaría imponer cotizaciones a la Seguridad Social sobre los robots, se me pusieron los pelos como escarpias. Parecía una barbaridad, pero con empresas de distribución tipo Wallmart y Amazon invirtiendo en maquinaria para ahorrar puestos de trabajo, además de la cantidad de compañías que ya están testando programas de automatización tipo machine learning, todos deberíamos darnos por avisados. A lo largo de la historia los ciclos se repiten y, en este caso, lo que vuelve es la mano de obra barata. Lo que antes eran los esclavos mañana serán los robots. ¿Existían entonces otros puestos de trabajo para la gente de a pie? No, lo que había era una enorme diferencia de clases. Y a nosotros más nos vale hacernos a la idea para gastar menos y pelear por conservar esos derechos laborales ganados durante tanto tiempo.

Cristina Sánchez Enríquez (Madrid)


Un autobús en una tormenta de nieve

Enorme tristeza viendo la entrevista al señor Otegi. Me di cuenta de que diez años después del último atentado todo sigue igual. Se ha dejado de matar, sí, pero los bloques permanecen igual de enfrentados que en el pasado, no hemos avanzado nada en la reconciliación. La desaparición de esta división es más difícil si cabe que el propio fin de la violencia. Ahora mismo odio, rencor, reproches, exigencias, miedo y desconfianza es lo que rodea las relaciones de ambos. Pensar en un acto público de reconciliación entre todos los protagonistas: presos, guardias civiles, policías, familiares de víctimas y todos los partidos políticos… es ciencia ficción, aunque todos ellos lo anhelen. Me recuerda la anécdota del autobús de familiares de presos que regresaba de visitarlos y quedó atrapado en una tormenta de nieve. Se dio aviso a la Guardia Civil y, cuando los guardias liberaron el autobús, saludaron a los ocupantes, estos devolvieron el saludo agradecidos y nadie pensó en nada más. Actualmente hace falta lo mismo, valor y coraje de uno de los dos bandos para salvar al otro y así poder redimirse ambos. La recompensa lo merece.

Roberto Rodríguez Vesga (Bilbao)


Niñez sin futuro

El pasado 30 de junio leía en el XLSemanal que cada dos horas mueren en el Yemen una madre y seis recién nacidos. Junto al texto aparece una foto de una niña a la que atiende un médico. No se sabe qué puede pasar por la mente de esa criatura: sus ojos lo dicen todo. ¿Sabrá, pese a su inconsciencia, que no tiene futuro alguno? Quizá estamos tan acostumbrados a la indiferencia de estas miradas que nos parezca una más de las de tantos reclamos, indiferentes a nuestras conciencias, pidiéndonos ayuda.

José Ruiz Guirado, Robledondo (Madrid)


El aula vacía

Durante dos cursos habéis compartido mañanas de bostezos, risas, enfados… No es verdad que los niños de ahora sean más difíciles, más desinteresados por aprender que los de antes. Son los niños de siempre, los niños que fuimos, con una curiosidad infinita, con ganas de jugar, de explorarlo todo, de interpretarlo todo, de entenderlo todo… solo que deben hacerlo de otra manera. Viven en un mundo que nosotros ni pudimos sospechar y, sin embargo, siguen escuchando inmóviles, sin pestañear, el «había una vez…» y se entusiasman con un principito y su planeta en el que habita una flor, o un caballero que va en busca de aventuras con su escudero bonachón. Los has mirado muchas veces mientras se centraban en sus tareas, tratando de adivinar lo que el destino les deparará. Están a tiempo de casi todo, algunos lo tienen más difícil en la yincana de la vida, pero nunca se sabe. Y a ti, un día no muy lejano ya, te llegará el momento del relevo y deberás anclar como los viejos marineros. Entonces mirarás atrás agradeciendo el haber trabajado en la profesión más bonita del mundo.

María Del Río Pérez (Correo electrónico)


Al otro lado del río

La canción Soplando en el viento le sirvió a Bob Dylan como forma de remover nuestras dormidas conciencias. Toda ella es una inmensa pregunta. Cuántos mares… Cuántos años… Cuántas anónimas muertes son necesarias para que despertemos. Cuánto sufrimiento, miedo, dolor, cuánta opresión… A Óscar y a su hija Valeria el río les apagó la luz de su vida para siempre. Desertaban de la injusticia, de la inseguridad, de la violencia pandillera, de la corrupción de un gobierno inane, incapaz de garantizar la más mínima dignidad a sus gobernados. Y, a pesar de la crudeza de la tragedia, la imagen deja un poso de inmensa ternura: en ningún momento soltó a su hija de sus brazos, era todo lo que tenía, y así murieron. Paradojas de la vida, el director de servicios de inmigración de Estados Unidos, Ken Cuccinelli, culpa a Óscar Martínez de ambas muertes. Nadie es culpable de buscar un mundo mejor para los suyos. Para el señor Cuccinelli se trata de un pequeño ‘daño colateral’. Decía una canción de Jorge Drexler: «En esta orilla del mundo lo que no es presa es baldío, creo que he visto una luz al otro lado del río». A Óscar y Valeria (bonito nombre) la luz se les apagó no a este lado del río, sino a ese otro lado más ignorado, oscuro y cruel del río.

José Manuel Ramos Álvarez, Ferroñes, Llanera (Asturias)


La educación, en el banquillo

Todo el mundo habla de que la educación se está privatizando, de la calidad de la enseñanza o del nivel del profesorado. ¿Pero quién pone el foco en la educación y el ejemplo que dan los padres? ¿Alguien se ha preocupado por valorar la formación que se recibe del rellano de casa para adentro? Soy entrenador de un equipo de benjamines de fútbol sala (niños de ocho y nueve años) que la semana pasada celebró la gala de final de temporada. Ha sido un año lleno de desplantes y actitudes de los nanos que he corregido y me he comido en silencio. Pues bien, en la gala del otro día, una vez acabado el acto, ¿alguien sabría decirme cuántos padres tuvieron el detalle de hacer venir a sus hijos para despedirse? Ya les respondo yo: solo dos. Sí, dos niños de trece. ¿En serio que a once padres no se les pasó por la cabeza el detalle de que el nano viniese para darme las gracias por esta temporada o desearme feliz verano? Alguien debería recordarles a los padres que la buena educación también es ser agradecido, saludar al llegar y despedirse al marcharse. Yo no soy padre y puede que nunca lo sea, pero si algún día acaba una temporada y mi hijo y yo nos vamos sin despedirnos, que alguien le diga al entrenador que a nuestra educación la deje en el banquillo o sin convocar.

Carles Ricart Dols. La Canyada, Paterna (Valencia)


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