Jueces

El bloc del cartero

Formula una de nuestras lectoras una pregunta que inquieta y que lleva camino de hacerse recurrente. ¿Para qué sirven los otros poderes de los Estados si al final se acaba poniendo todo en manos de los jueces, cuando no se ven ellos mismos en la tesitura de suplir con decisiones de emergencia la torpeza de los gobernantes en la regulación y la administración ordinaria de los asuntos públicos? La crisis del Open Arms o el menoscabo de los derechos del ciudadano común por avasalladores incontrolados o de las normas de convivencia por aventureros políticos a los que no se les sabe responder en tiempo y forma y con visión para evitar el tumulto, son ejemplos recientes de cómo, a los que cobran por gobernar, los problemas se les van de las manos y tienen que apagar el incendio las togas. ¿Hasta cuándo?

Al casero que no nos dio casa

Me despertó incredulidad al decir que no nos alquilaba la casa porque somos nueve hermanos. Sus miedos: preocupación por cómo vamos a dormir, cómo hacemos con los baños y cómo acabarán las paredes. Seguramente, como en su casa. Dormimos en camas, turnos para los baños y, en cuanto a las paredes, no le puedo asegurar que acaben impolutas, pero tampoco íbamos a dejar una muestra de las cuevas de Altamira; hemos superado esa etapa. Mis padres han invertido mucho en educarnos. Ahora la gran mayoría tenemos un título universitario o a punto, y si no, terminando el colegio. Somos muchos, pero normales en cantidad. No solo ha discriminado a mi familia. Pero mientras usted piensa que de menuda se acaba de librar (unos cuantos porrazos, un picaporte caído, una cisterna rota), le aseguro que acaba de quitarle a su casa lo mejor que habría pasado por ella en mucho tiempo. Pensábamos habitar la casa, no cargárnosla. Le invito a no sumarse a la moda de ponérselo difícil a las familias. Se despide la cuarta de una familia de nueve hermanos.

Itziar Domenech García-Augustín (Correo electrónico)

Por qué la he premiado… Porque empieza a alarmar que lo que más molesta, por doquier, sean las personas.


¿Solo nos queda el poder judicial?

Casi doscientas personas es el ‘botín’ del último rescate del Open Arms. Parece que el sentido común y la humanidad solo han triunfado tras la decisión de tribunales –en este caso italianos– que han ridiculizado al resto de poderes: legislativo y ejecutivo. ¿Cuáles son nuestros tan proclamados y aireados principios? ¿Dónde están nuestros supremos valores? ¿Quién decide qué es lo prioritario? Al grano: familias ‘normales’ disfrutando de sus merecidos descansos con amigos, hijos, padres y madres ya mayores que, de pronto, ven alterada su tranquilidad por un robo de noche en su propia casa. Llamada telefónica a nuestros cuerpos de seguridad y… ¡sorpresa!: «No se preocupen, enviaremos a la patrulla para que dé una vuelta por el barrio –nunca llegaron, son pocos y están ocupados– y, a partir de las seis de la mañana, pueden venir al cuartel a poner la denuncia, les atenderemos encantados». En el mismo lugar, dos días después, a las cinco de la tarde, una mínima colisión entre dos turismos y… ¡sorpresa!, en cinco minutos se personaron –previa llamada– dos fornidos policías, con su buen vehículo y sus buenas cámaras para fotografiar lo sucedido. ¿Qué intereses superiores son los que se protegen con su intervención? Los de las aseguradoras de los vehículos implicados en la ínfima colisión. ¿Solo nos quedan los jueces? ¿Pueden ellos solos hacerse responsables y exclusivos guardadores de nuestros derechos? ¿Es el poder judicial solo el que ha de responder a las necesidades de los ciudadanos, «con o sin papeles», enfrentándose incluso al resto de poderes? Parece que, en cualquiera de los casos enunciados, desde el más grave al más liviano, el ciudadano medio solo puede confiar en los jueces. Esperemos su respuesta, aunque demasiadas veces llegue demasiado tarde…

María Dolores Lozano Serrano (Correo electrónico)


El juicio más importante

Los jueces de la Sala Segunda del Supremo, que se han caracterizado en todo momento por su rigor y una profesionalidad digna de nuestra Justicia, deberán dictaminar si lo que ocurrió en Cataluña fue una serie de meros actos de desobediencia al Tribunal Constitucional y de irresponsabilidad política o si estamos ante un diseño conducente a alterar la arquitectura constitucional y el Estado de derecho. El juicio más importante de nuestra democracia, en medio de un complejo momento político, está visto para sentencia. Será la justicia independiente, y no la política, la que tenga la última palabra. Esperamos que la justicia nos diga que la sentencia está escrita.

Pedro García, Sant Feliu de Guíxols (Girona)


¿Vilassar de… Mar?

Llevo años viviendo en Vilassar de Mar. Todo en ella me cautivó. Su luz, su mar, su tranquilidad, sus gentes. Llegué por casualidad. No me encontraba bien. Los tratamientos del hospital son duros y dejan secuelas. Pero sentí la brisa en el rostro, respiré hondo, la luz del Mediterráneo me hechizó. Me quedé. Al final de la primavera la mar se empezaba a llenar de veleritos y los paseos eran más agradables, si cabe. Un montón de chavales iniciándose y disfrutando de la navegación. Hay buenos vientos constantes. En verano la mar hervía de vida. Una población muy alegre. Hace unos meses pasó por aquí el señor Costas. Estamos en verano, la misma luz, la misma mar, las mismas gentes. Pero la mar llora. Ni rastro de los veleritos. Las gentes ahora vivimos al otro lado de la carretera. La mar está vacía, triste. Algunos días, pocos, cuando Barcelona está limpia, desde aquí se ve el Hotel Vela. Edificio robado al mar hace ya tiempo. Ese que lo permite debe ser otro señor Costas, distinto al que pasó por aquí. Seguro que hay muchas explicaciones legales para ese contraste. No tengo estudios para entenderlas. Pero aquí ya no hay veleritos. Ahora vivimos de espaldas a la mar. ¿Vilassar de Mar? Creo que ya se llama Vilassar de la Carretera. Ahora, al mirar la mar, veo muchos lazos amarillos. Tantos como conformismos. No creo que me quede hasta el final. No quiero acabar en Vilassar de la Carretera. No me gusta. Me lo han cambiado todo. Y sus gentes me dicen que a ellos también.

Juan Gaminde, Vilassar de la Carretera (Barcelona)


No es país para el I+D

Al leer la carta Canal de Castilla de Gerardo González, me vienen a la memoria las magníficas esclusas de Frómista. Hay un libro, Castilla en Canal, en el que el escritor Raúl Guerra Garrido nos narra un viaje a lo largo de este. En un país de orografía tan complicada, con unos caminos de herradura en malas condiciones, se tuvo el sueño de mejorar el transporte de viajeros y mercancías a través de canales, ya desde el siglo XVI, aunque aquel primer proyecto cayó en el olvido. Con los medios de la época y los muy escasos recursos económicos que se destinaron, construyeron una obra increíble que se vio frenada ante la cordillera sin ser capaces de culminar la salida al mar. Pero hay otro canal: el Canal Imperial de Aragón, que sí llegó a ver la luz en los tiempos de Carlos I, aunque los cálculos erróneos de las pendientes hicieron que se colmatara pronto. Siendo ministro de Carlos III el conde de Aranda, le encargó retomar la obra a Ramón Pignatelli. El trazado comienza en el primitivo proyecto, en el Bocal, cerca de Tudela, y tiene obras impresionantes como el salto sobre el Jalón (murallas de Grisén) o el Barranco de la Muerte, ya en la capital. Tampoco se pudo terminar, y acaba convertido en una acequia después de las esclusas de Valdegurriana, a la salida de Zaragoza. Tan poca fe tenían en la época de que el proyecto fuera viable que su artífice, al llegar a la ciudad las obras, construyó una fuente que se llamó De los Incrédulos. Y desde allí se pueden hacer estupendos recorridos por ambos márgenes, pero pocos lo conocen: sufre la misma desidia que el de Castilla, solo sirve para riego. Y es que este no es país para el I+D.

Juana Mary Lecumberri Romea (Zaragoza)


Amor de padre

Mi padre pasaba de Facebook, los nuevos tatuajes de Messi o si ese polo azul era de publicidad cutre y viejo. Heredaba la ropa sin rechistar. Un padre de los que no se fue a por tabaco, un papá de los que ama en todos los tiempos verbales a su familia. Su mamma, mi madre, el amor de tu vida, papá, y nosotros, los cuatro ‘tesoros’. Querías haberte ido de Erasmus como cada uno de tus hijos lo disfrutamos. Te molaba el chocolate negro, leer en inglés, la misa del gallo y el viaje a Nueva York. Contigo he descubierto ciudades y me has defendido de una monja mala haciéndole una llave inglesa imaginaria pero efectiva. Hace un tiempo te regalé una pluma que había ganado en esta revista, y ahora te doy estas líneas con las que siempre tengo presente que también existen los papis que planchan, quieren, tienen errores e intentan mejorar por amar a los suyos. Gracias pechiochín, mi compi de piso.

Javi Burgueño (Zaragoza)


¿Qué ha pasado con la prevención?

Siempre se ha dicho que más vale prevenir que curar. ¿Por qué ya no se aplica en algunos campos de la sanidad pública? Antes del verano fui a la consulta de ginecología para hacerme una revisión. La consulta llegaría a los tres minutos, pero no escribo esta carta por esa razón, sino por lo que vino después. Al finalizar la revisión, le pregunté al médico que cuándo debía pedir cita para la siguiente revisión anual y, para mí sorpresa –y aquí viene el motivo de mi carta–, me contestó que no se hacen revisiones, que si siento alguna anomalía, sangrado, bulto, dolor, etcétera, que entonces pida una cita. Con toda mi ingenuidad, le volví a preguntar: «Y para la revisión del pecho, ¿espero a cumplir cuarenta años?». Y vuelta a lo mismo, que no hacía falta, que si me notara un bulto, entonces pidiese cita. ¡Perdona! ¿En qué momento se ha decidido dejar de lado la prevención? Me gustaría saber si los casos de oncología ginecológica han disminuido, pero después de la consulta mi cabeza no dejó de hacer preguntas: ¿por qué no se aumenta el presupuesto en la prevención para no tener consultas como esta? ¿Por qué tengo que asumir con mi presupuesto una consulta privada para quedarme tranquila si todos los meses cotizo con mi nómina? ¿Por qué la ministra de Sanidad permite que la prevención sea secundaria a la curación? ¿Cuántos pacientes con una prevención adecuada se hubieran salvado de duros tratamientos? ¿En qué punto se encuentra este país cuando priman temas que nada tienen que ver con el bienestar físico, mental y emocional de los ciudadanos?

Adela Lerma Guillem (Zaragoza)