Vidas

EL BLOC DEL CARTERO

Cada vida es una aventura. Cada vida humana, una forma del mundo: la que a este le dan los ojos de quien la vive. Es complicado encontrar una razón por la que una vida que aún alienta pueda o deba ser interrumpida. Más complicado aún cuando la vida es humana y acabar con ella equivale, por ello, a cegar una visión del mundo. Nos habla un lector de una vida breve y dura que, sin embargo, mereció la pena de principio a fin; singularmente, cuando se acercaba a su término. Otro, de una vida larga y dichosa que a su protagonista, no obstante, ha dejado de compensarle. Para todos es sencillo y reconfortante leer acerca de quien supo disfrutar de estar vivo incluso cuando lo cercaban la enfermedad y el dolor. A todos nos incomoda saber que alguien ha perdido ese disfrute. Ambos merecen nuestro respeto.

LA CARTA DE LA SEMANA

Cumbres bochornosas

Hace años que los políticos del mundo acumulan en sus organismos más cumbres que Reinhold Messner y Juan Oyarzábal juntos: la última en la que se han congregado ha sido en Nueva York; y en menos de tres meses tienen otra en Chile, desde la que podrán oler aún el humo de los incendios amazónicos. Porque, como muy a menudo sucede con el alpinismo, ha devenido en una disciplina a la que suele concurrirse con mucho gasto, poco provecho y ningún fin. Así que desde allí, sentados en privilegiadas posiciones en las altas cumbres, contemplarán el ocaso del común de los mortales que hemos depositado en sus egregias figuras nuestras esperanzas de un futuro climático viable.

Para mejorar el deplorable espectáculo que ofrecen, no dudarán en dejar que participen figurantes de toda índole, incluso aunque traten de sonrojarlos afeándoles su falta de compromiso, su ineptitud o su pasividad: y es que nada abochorna a un buen profesional. Porque, al fin y al cabo, de lo que se tratará es de decidir, simple y llanamente, cuánto nos van a subir los oligarcas del planeta el termostato en los próximos meses a los millones de amantes de este deporte de riesgo y masas que es la vida.

Damián Porto Rico, A estrada (Pontevedra)

Por qué la he premiado… Por encontrar una metáfora ingeniosa y pertinente para poner en evidencia a quienes de foto en foto siguen sin enmendar nada.


Nada como la nostalgia de antes

Hace unos días, tomando un vermú en la terraza de un bar, y mientras yo leía un periódico deportivo, mi mujer estaba viendo algo en YouTube. Lo abrió por curiosidad y de repente empezó a ver tráileres de series de los 70, 80 y 90 –La casa de la pradera, Friends, Los ángeles de Charlie, El Equipo A y un larguísimo etcétera–, aparte de lo que jugábamos por la calle: canicas, comba, pilla-pilla, escondite. Me hizo pensar que ya soy mayor (qué gracia me hace, si ‘solo’ tengo 46), pero que tengo cosas que recordar y contar a mis sobrinos cuando sean mayores, ya que no tengo hijos.

Como dice la gente de Yo fui a EGB, no hay nada como la nostalgia y más la nostalgia de antes; porque, si he de ser sincero, ¿qué recuerdos pueden tener los jóvenes menores de 25 años si se pasan todo el día mirando el móvil? Yo, por suerte, hice la mili, fueron nueve meses de hacer amigos, pasar buenos y malos ratos, pero, sobre todo, recuerdos, al igual que con las series. Recuerdos que solo tendrá la generación de los 60 y 70 porque, a partir de ahí, la vida cambia y da pena pensar que cuando nuestros hijos sean abuelos les contarán a sus nietos que ellos veían un canal de Internet o jugaban a Pokémon Go o se hablaban entre ellos por WhatsApp.

Luis Ramón Castro Pérez (Zaragoza)


Vivir era otra cosa

Antonio, nombre ficticio, tiene 84 años muy bien llevados. Vive solo desde que la Luisa decidió dejarle viudo, hace ya cinco veranos. Al principio, le costó adaptarse, toda la vida juntos, pero no se acostumbra, pesa demasiado la ausencia. No necesita a nadie, aunque sus hijos y nietos le insisten en que coja a alguna persona que lo ayude en casa, ya que ellos viven lejos de Zaragoza. Él se apaña bien, compra, cocina, lee el periódico, lava, plancha, limpia, pasea y no falta a la tertulia con los amigos todas las tardes en el bar de la plaza. Tiene tiempo para todo y, si le sobra, ya busca algo con que rellenar. El año pasado sufrió un pequeño ictus, nada grave, unos pocos días ingresado y para casa.

La secuela fue una pequeña deformación en la boca que le dificultó el habla una temporada, hasta que lo corrigió con la ayuda de un logopeda. Pero hace mes y medio le volvió a repetir; en esta ocasión no salió tan bien librado; paralizado completamente del lado izquierdo, graves problemas de visión y la facultad de hablar perdida. Al salir del hospital, la familia lo ingresa en una residencia: «Es donde mejor atendido vas a estar, papá». Antonio, nombre ficticio, siente que se acabó, que ya no quiere seguir. Se niega a abrir los ojos, se niega a comer, se niega a vivir. Pero no le dejan. Le colocan una sonda nasogástrica para alimentarle: se la arranca; le atan las manos a las barandillas de la cama y hablan de colocarle una sonda intestinal, que tiene menos riesgo. Todo, lo que sea, para que siga viviendo. Antonio piensa, es ya lo único que puede hacer, que vivir era otra cosa, algo que tenía bastante que ver con la dignidad; pero no se lo puede decir a nadie.

Leonardo Martínez Expósito (Zaragoza)


Cada vida, un regalo

Ayer me contaron el proceso de los últimos años de la vida de Pedro. Un estudiante universitario de veinte años que falleció debido a un cáncer de huesos. Estuvo tres años entre tubos, quimioterapias experimentales, en quirófanos, hospitales, unidades termi-nales y del dolor… Cuando le pusieron el último tratamiento, se le saltaron las lágrimas del consuelo, pues llevaba años siempre dolorido. Un amigo lo visitó unos días antes de su fallecimiento y le preguntó si era feliz. Pedro le dijo que nunca había sido tan feliz en su vida. Paradoja. ¿Cómo es posible? Chesterton dice: «Cada uno tendría que creer que su vida y su personalidad tienen una razón de ser.

Cada uno debería creer que tiene algo que ofrecer al mundo que no le podrá ser entregado de ninguna otra manera». Pedro lo creía profun-damente y nos enseñó a vivirlo hasta darlo todo, hasta la cumbre del calvario. Y con alegría. ¡Qué importante es enseñar esa realidad de que cada vida es un regalo al mundo y que tiene hasta el final un valor incalculable, imprevisible, insustituible!

Ernesto López-Barajas González (Santiago de Compostela)


¿Modelo para todo?

A mis hijos les gusta el fútbol. Ven fútbol, juegan al fútbol y hablan de fútbol. Está bien. Hacer deporte es sano y favorece su desarrollo físico y su bienestar social. Todo correcto hasta que, después de comer, cambiamos de canal y un entrenador de Primera División repite hasta la saciedad la expresión «estamos jodidos» después de perder un partido que, presumiblemente, esperaban ganar. ¿De verdad es necesario utilizar este término tan poco apropiado para referirse a su estado de ánimo y al de su equipo? ¿No hay, acaso, montones de adjetivos calificativos equivalentes que se puedan utilizar en ese contexto? Fastidiados, descontentos, disgustados… Se me ocurren un sinfín de sinónimos mucho más adecuados que esta persona podría haber utilizado en esa rueda de prensa multitudinaria. Por favor, sed un modelo deportivo al que poder seguir, pero, sobre todo, sed el modelo de persona al que poder seguir. Sois el espejo en el que muchos niños y jóvenes se miran. Todos lo agradeceremos cuando veamos que vuestros labios pronuncian palabras con connotaciones positivas y no términos malsonantes que interfieren en la educación de nuestros hijos.

Lara Odriozola Garmendia (Guipúzcoa)


¿Reciclamos?

Tras años de lucha en la mar por rescatar a personas, ya que era lo prioritario en mi trabajo, me he dado cuenta de que nos hemos cargado el mundo. Ya no recojo náufragos, solo hago remolques a embarcaciones que día tras día sufren averías con los plásticos que hemos fabricado y que a su vez hemos desechado donde no tocaba. ¿Reciclamos? Tú y yo seguramente que sí, pero ¿qué está haciendo el Gobierno por nosotros?

En 2030 deberíamos haber adquirido ya un compromiso con el tema de las energías renovables y el ser humano debería haber tomado conciencia individual y colectivamente a nivel mundial. Lo triste de todo esto es que, cuando vamos a bucear mi familia y yo, nos damos cuenta de que parecemos un embutido envasado al vacío en un mundo que no es el nuestro.

María José Molina Cartes (Ciutadella de Menorca)


Derecho a no tener perro

Si miramos a nuestro alrededor, podemos darnos cuenta de que el número de perros en nuestras ciudades ha aumentado considerablemente. La familia actual se compone de un perro y cuatro miembros, o bien un perro y la pareja, y cómo no nombrar a la persona que vive sola con su perro. Hablamos de un perro con su nombre y bien asentado en el barrio. Se lo habla como si esperáramos una respuesta. «¡Nora, déjalos, no molestes!», le decía a su perro un atrevido dueño que llevaba al animal sin atar.

Dejamos paso al perro antes que a las personas, las conversaciones entre el vecindario son sobre sus perros, la prensa nacional se hace eco de artículos tales como: Ventajas de dormir con tu perro; Masajes para tu mascota. Sacar al perro se ha convertido en el principal motivo para salir de casa, y el intercambio de ladridos en la calle, lo que más se oye. Resulta hasta glamuroso sacar la bolsita y agallarse un poquito. Por lo que ¿no nos estaremos pasando un poco? Y me pregunto: ¿solo un animal de compañía? ¿Qué necesidad está cubriendo tu perro? ¿Te has preguntado por qué tienes un perro? Yo sí sé por qué no lo tengo.

Eva María Fernández Gómez, Armilla (Granada)


Prisa y tiempo

Sin aprovechar estos dos condicionantes, el ser humano está abocado a perecer de éxito evolutivo, contradicción… Buscamos un planeta similar al nuestro a millones de años luz, planeamos extraer minerales de la Luna, agua, enviar sondas al espacio, telescopios, naves… y sin disponer, al menos todavía, de la tecnología necesaria. Y todo por reconocernos incapaces de frenar este expolio al que sometemos a nuestro hábitat natural. Pero sí disponemos de la suficiente tecnología para arruinar este mundo nuestro en tres o cuatro décadas o en un fatídico minuto, dos o tres veces. Tiene razón la juventud en sus, todavía, tímidas protestas: o nos damos tiempo y prisa o no podremos llegar a soluciones al autodestruirnos antes y con tiempo. Se habla, ahora, de la prevención del suicidio… ¿Y el colectivo?

Juan Carlos García de la Cruz Rodríguez (Badajoz)