Despilfarros

EL BLOC DEL CARTERO

Llama la atención un lector sobre la comida que despilfarramos, esto es, no nos comemos y acabamos arrojando a la basura. Una comida que hubo que producir, transportar, almacenar, distribuir, en una costosa y compleja cadena que la lleva a ser, al final, un desperdicio. Es un buen ejemplo de dónde está la primera fuente de aumento de cualquier bien en una sociedad desarrollada: en reducir aquello que se genera y al final no se utiliza o se derrocha de la manera más inconsciente. Vale para la comida, pero también para la energía. Hay una fuente energética que es aún mejor que las renovables, porque no solo no emite CO2, sino que lo retira: apagar esa luz o ese electrodoméstico que podrían no estar encendidos. No es muy difícil establecer sistemas que así lo procuren. Curioso que apenas los haya.

LA CARTA DE LA SEMANA

Todos nuestros montoncitos

Desde que usamos secadora en casa, la ropa se estropea antes de lo deseable. Para reducir el montoncito de calcetines y camisetas viejas, les doy un uso (betunar zapatos, engrasar máquinas, limpiar la bicicleta…), pero el montoncito crece. Querría saber, ahora que se lleva lo de la huella de carbono, cuál fue la de la organización de la última cumbre climática. Supongo que los 60 millones de euros que costó el evento y los 30.000 desplazamientos realizados habrán causado un efecto medioambiental negativo mayor que el beneficio que aportarán los mínimos acuerdos alcanzados. Mi amigo Ángel me dijo una vez que un error no puede corregirse con otro. También sé que de la suma de varias contradicciones no resulta algo coherente. La humanidad ha impuesto siempre el criterio económico por delante de los demás y cualquier avance en una materia perjudica siempre el medioambiente. El ser humano se está especializando en la producción de basura. No se trata ya de vivir mejor, sino de producir la mayor cantidad de basura con el mínimo esfuerzo. Siempre alcanzamos este mismo resultado argumentando las más diversas motivaciones. Nuestro fracaso es tan grande como la suma de todos nuestros montoncitos.

Aitor Mendiluze Atenza (Donostia)

Por qué la he premiado… Porque, tras leerla, no queda sino hacer el inventario de los propios montoncitos.


Donde la Navidad ni se conoce

Khwasida tiene cinco años. La saludo y sonrío. Pero su hermana mayor, Somira, me dice que no me contestará. La pequeña me mira con un temor expresado en sus oscuros ojos. Son como un pozo negro con total ausencia de apego. La noche en la que se sucedieron los terribles hechos –los militares birmanos prendieron fuego a su aldea, asesinaron a su padre y a su hermano Hasan, de nueve años, delante de toda su familia; violaron repetidas veces a Fatema, su madre; también a su hermana adolescente, Rokiya, que además de violada fue asfixiada hasta que perdió la vida–, esa noche Khwasida dejó de hablar. Desde entonces no ha vuelto a pronunciar palabra. Ahora Somira, Khwasida y su madre viven en un campo de refugiados en Bangladés, junto con un millón de rohinyás. Su casa es un chamizo construido con cuatro palos y plásticos. Atravesada por aguas infectas que multiplican el riesgo de enfermedades. El anhelo de seguir vivas las llevó a huir a Bangladés, con la esperanza siempre puesta en poder regresar a su aldea en Myanmar y vivir en paz. A los pocos días de mi llegada entré en la escuela –como hacía a diario– y Khwasida me sonrió. Ese mismo día pronunció su primera palabra en dos años. Fue mi nombre, Ana. El amor siempre vence al miedo. Mi deseo para estas fiestas es que en los ojos de cada niño rohinyá brille siempre la misma ilusión que vemos reflejada en los ojos de nuestros hijos el día de Navidad.

Ana de la Vega García-Pastor (Madrid)


Despilfarro de comida

En Navidad, un tercio de lo que compramos acaba en la basura. Unos 800 millones de personas pasan hambre en el mundo y 17 millones mueren cada año por esta causa. Se pierden 1300 millones de toneladas de alimentos. En España se desperdician 7,7 millones de toneladas al año. Hay que luchar contra el despilfarro, ya que mientras algunas personas se mueren de hambre, nosotros no podemos ir tirando 160 kilos por persona a la basura. Para obtener la comida, se cultivan 1400 millones de hectáreas, se gastan 300 millones de barriles de petróleo y una cuarta parte del agua va a la agricultura. Todo esto para que mucha comida se malgaste y se tire a la basura.

Alfonso Escrivá de Romaní (Madrid)


Gracias, Amancio

Hace unos meses nos enteramos de que nuestro hijo de diez años tiene cáncer de hígado. Nada sabíamos de esta enfermedad y lo que hemos ido aprendiendo es que se necesitan muchos medios humanos y materiales para hacerle frente. Por eso quiero agradecer a la Fundación Amancio Ortega las donaciones de equipos médicos de última generación a los hospitales públicos españoles (uno de los beneficiados, La Paz, donde nos encontramos). Quiero pedirles a los políticos que critican estas donaciones que se pongan de acuerdo de una vez para mejorar la vida de los ciudadanos, lo que se conoce como ‘gobernar’, y así evitar la vergüenza (si es que les queda) y el gasto económico de repetidas elecciones, dinero que vendría muy bien para la investigación científica.

Mari Carmen Mañas Pérez, Armilla (Granada)


Políticos y percebes

Ayer, en el mercado, oí a una señora quejarse de lo caros que estaban los percebes. Después de toda una vida trabajando con productos de la mar, algo de esto sé, por lo que intervine: «Depende. Estos percebes, cogidos hace escasas horas en la piedra del Roncudo, son probablemente los mejores del mundo, por lo que su precio, aunque elevado, es justo. Por el contrario, el mismo precio en percebes traídos de otras latitudes más cálidas y arenosas, tras días de travesía, sería injusto e indignante. Todo depende de la calidad». Más tarde, en la plaza, alguien comentó lo altos que son los sueldos de los políticos españoles. «Depende», respondí. «Si son gente íntegra y formada, sus sueldos, aunque elevados, son justos. Incluso se podrían considerar bajos si los comparamos con lo que con esa misma cualificación podrían cobrar en la empresa privada. Por el contrario, si son gente de escasas aptitudes, cuyo mayor mérito es haberse afiliado a un partido político en la adolescencia, su salario actual sería injusto e indignante. Todo depende de la calidad». Desgraciadamente, no me vino a la cabeza ni un solo nombre de político actual equiparable a los percebes del Roncudo. Y sí muchos de los otros.

María Jesús Vidal Blanco, Corme (A Coruña)


Han llegado para quedarse

Vientos huracanados, lluvias torrenciales o incendios forestales generan situaciones críticas que dinamitan las rutinas de nuestra sociedad, cuando no se llevan por delante la vida de algún lugareño. Mucho me temo que estos peligros, alimentados por modelos de desarrollo poco sostenibles, han llegado para quedarse, y ante ellos existen dos opciones: lamentarnos y pedir ayudas tras su paso por nuestras calles y campos o, por el contrario, prepararnos para convivir con sus efectos. Exijamos a nuestros poderes públicos una adecuada ordenación del territorio urbano, rural y forestal. ¡Ah!, y que fortalezcan los servicios de emergencia, porque en estas situaciones el tiempo cuenta. Estas grandes emergencias ponen en jaque a cualquier Administración, por lo que el​ deber de los ciudadanos en cuanto a su autoprotección resulta imprescindible para minimizar los daños. Atendamos a los avisos que anuncian estas situaciones extraordinarias y modifiquemos nuestros hábitos siguiendo sus recomendaciones. Generemos entre todos unas comunidades resilientes ante estas dramáticas situaciones que antes solo veíamos por televisión y, ahora, cualquiera puede ver desde la ventana de su cocina.

Mikel González de Reparaz, Vitoria-Gasteiz (Álava)


Si este es el futuro

Hay gente que me dice que yo no opine, porque soy un niño, porque no tengo ni idea, porque no he vivido lo que hay que vivir, pero creo que he vivido lo suficiente no para opinar, sino para criticar y machacar la actitud y la forma de pensar de los jóvenes que están estudiando y creciendo ahora mismo. Día a día veo cómo son realmente las personas con las que me toca convivir en mi instituto. Estamos criando una generación patética, que en las redes sociales finge defender el feminismo, pero si ve una paliza a una mujer en la calle no responde, chavales que fingen apoyar el cambio climático y tiran cada desperdicio al suelo y no les importa mínimamente nada aparte de ellos. Prefieren cien likes en Instagram que salvar de la pobreza a una familia, una generación tremendamente egoísta y ciega, de la que parece que los adultos no se quieren responsabilizar. Una generación de chavales que creen que sus padres siempre van a estar allí cuando se metan en problemas. Después de ver todo esto cada día pienso que si este es el futuro que nos espera, igual hasta es mejor mirar al pasado.

A. L. C. Correo electrónico


Ya va siendo hora

Después de haber leído un comentario de días pasados, me gustaría aportar el mío para dar mi modesta opinión por si pudiera despejar alguna que otra duda. En este país, desgraciadamente, la bandera que representa a todos los españoles –a los de derecha y a los de izquierda «con todas sus confluencias», como ahora se predica– ha sido un tema tabú del que, asumámoslo y no nos engañemos, hemos hecho gala todos. Pero miren ustedes por dónde, que en los últimos tiempos –cuando ciertos personajillos (no me merecen otra calificación) han irrumpido en el panorama político y, por extensión, en la sociedad civil ignorando, despreciando, pisoteando y quemando la bandera de España que muy a su pesar representa a todos, incluidos ellos mismos– se hace necesaria más que nunca su presencia como recordatorio de que existe, está ahí y se respeta, y, si hace falta, uno se envuelve en ella cual capa protectora contra los que quieren ningunearla como si no existiera. ¡Faltaría más!

María B. Álvarez (Correo electrónico)