Uno de cada cinco niños españoles padece algún tipo de tic. Un problema molesto, que puede dañar la autoestima del pequeño, pero que, generalmente, no supone una afección grave. Por Daniel Méndez.

Mientras los científicos buscan al responsable en el cerebro, los padres se preguntan. “¿Podemos contenerlos?”. “¿Debemos?”.

Ojos que pestañean con excesiva frecuencia; rostros que giran en un movimiento brusco e incoherente o se retuercen en un gesto incomprensible; manos que chasquean o nudillos que crujen; carraspera, tos o incluso palabras malsonantes dichas sin ton ni son…

Son solo algunos ejemplos de los tics más frecuentes. El catálogo es muy amplio, al igual que la incidencia entre los pequeños: hasta un 17 por ciento de la población infantil sufre estos trastornos motores. Mucho más de lo que se pensaba hasta ahora.

Así lo revela un estudio reciente publicado en la revista Pediatric Neurology, que ha tomado como muestra a 1158 escolares de la provincia de Burgos, aunque los datos -sostienen los autores- son extrapolables al resto de la población española. Esther Cubo, investigadora en el Hospital General Yagüe de Burgos y coautora del texto, explica que “los tics son el trastorno del movimiento más común en la población infanto-juvenil: “Antes se creía que era un trastorno raro y, como solo se estudiaba a pacientes que acudían al médico, apenas se observaban incluso tics graves. Ahora se ha visto que  pero la mayoría son trastornos leves sin repercusión funcional”.

Por eso no hay que dejarse llevar por el alarmismo. en la mayoría de los casos se trata de episodios pasajeros sin excesiva incidencia en la vida cotidiana del niño. Solo en el 6 por ciento de los casos se trata de trastornos crónicos (es decir, que se prolongan más allá de un año).

“Cuando hablamos de tics -explica la doctora Rosario Luquín Piudo, consultora en neurología de la Clínica Universidad de Navarra y directora del Laboratorio de Terapia Regenerativa del Centro para la Investigación Médica Aplicada (CIMA)-, “es necesario distinguir los tics benignos de la infancia de aquellos que forman parte de una patología más compleja, como puede ser el caso de la enfermedad de Tourette”, una afección más extrema e infrecuente que lleva a las personas a tener cambios de comportamiento cívico muy bruscos. Y añade un consejo que se repite a padres, familiares y tutores: “Es importante recordar que si un niño realiza movimientos como guiño de ojos o similares, en ningún caso lo hace para molestar. Y, si persiste, conviene que sea valorado por un neurólogo o neuropediatra”.

No es conveniente reprender al menor para que cesen sus tics. Es contraproducente y le genera más ansiedad

Otra pauta que se escucha con frecuencia es que no conviene recurrir a la reprimenda para lograr que el chaval cese sus tics. Es contraproducente, ya que, aunque el niño consiga aguantar un poco, el movimiento volverá después con mayor intensidad. Además, le generará más ansiedad por ser ya para él un problema que lo estigmatiza ante sus familiares y compañeros de escuela. Algo que ocurre especialmente con los llamados “tics fónicos”, caracterizados por la emisión de algún sonido, como carraspera, tos o pequeños gritos, o en sus manifestaciones más extremas, como repetición de palabras (la ecolalia) o palabrotas (la caprolalia). Estas dos manifestaciones aparecen solo en los casos más graves.

Los tics, por su parte, aunque solo temporalmente. En otras manifestaciones de trastorno neurológico, como el temblor en la enfermedad de Parkinson, su manifestación escapa por completo al control del paciente. Por otro lado, el tic es el único que se consigue reproducir a voluntad. Si a un pequeño le preguntamos qué tic padece, nos lo mostrará sin problemas. Emilio Fernández-Álvarez, del servicio de neuropediatría del hospital San Joan de Déu de Barcelona, explica que “su carácter involuntario no es total. Generalmente, el paciente los vive como una pulsión cuya ejecución produce un sentimiento de paz” . Algo así como la sensación que experimentamos antes de estornudar. De hecho, los tics suelen ir precedidos de los denominados fenómenos premonitorios: una sensación como ardor, tensión o incomodidad en la zona del cuerpo afectada por estos movimientos.

Pero ¿dónde nace esa pulsión?

Durante mucho tiempo se han considerado los tics nerviosos como una enfermedad meramente psicológica. Pese a que sigue habiendo muchas incógnitas en cuanto a su causa, hoy se parte de la premisa de que se trata de un trastorno neurológico con un fuerte componente hereditario, aunque ciertas situaciones de ansiedad o estrés pueden agravarlos. “Desde el punto de vista fisiopatológico -afirma la doctora Luquín Piudo- obedecen a una disfunción de los ganglios basales que se traduce en una hiperactividad de los sistemas dopaminérgicos”. Dicho en otras palabras: la dopamina a la que la doctora hace alusión es un neurotransmisor que utilizan los ganglios basales para comunicar una orden del movimiento al sistema nervioso. Así pues, una incoherencia, sea por exceso de dopamina o por defecto de la misma, genera una reacción anómala en nuestro cuerpo. Es aquí, en el conjunto de las células nerviosas que forman los ganglios basales ubicados cerca de la base del cerebro, donde nacen movimientos inconscientes como el parpadeo de los ojos. No sorprende por tanto su implicación en la aparición de tics.

Por otro lado, este tejido nervioso juega también un papel importante en la atención, la concentración, la toma de decisiones… Y, de hecho, el síndrome de Tourette una de las manifestaciones más graves de este trastorno convive a menudo con otros males, siendo los más comunes el trastorno obsesivo compulsivo y el déficit de atención por hiperactividad. De ahí que, aunque neurólogos y pediatras insten a convivir con paciencia y normalidad con los tics del pequeño, también recomiendan observar su evolución. Llegado el momento, se podría tratar con medicamentos que reduzcan la cantidad de dopamina generada en el cerebro. Pero es algo solo recomendable en casos extremos, donde la vida cotidiana del menor se vea afectada. Lo más probable es que se trate de un problema pasajero que desaparecerá en semanas; las estadísticas así lo demuestran: en el 70 por ciento de los casos desaparecen por sí solos antes de los 17 años. Así que un consejo efectivo más para los padres que para los niños es no ponerse nervioso.

 Claves de un trastorno

El término “tic” proviene de la expresión latina ‘tiquo’, que significa “caprichos del cerebro”.

Según el estudio publicado en 2011 en la revista Pediatric Neurology, un 16,68 por ciento de los estudiantes de las escuelas analizadas padece trastornos por tics. En el caso de los centros de educación especial, esta cifra asciende al 20,37 por ciento.

Sin embargo, el porcentaje de casos considerados graves es bastante más bajo: algo más de un 6 por ciento de los menores con tics tenía trastornos crónicos y un 5,26 sufría el llamado ‘síndrome de Tourette’, en el que los tics se acompañan de una amplia variedad de síntomas.

Para ser considerado un caso crónico, los tics deben presentarse durante más de un año, periodo en el cual no pasan más de tres meses consecutivos sin tics. Por debajo de esta frecuencia son episodios transitorios.

Todos los estudios coinciden en el predominio masculino de los tic: los chicos sufren el trastorno entre tres y cuatro veces más que las chicas.

El promedio de edad de aparición se sitúa en los siete años, aunque en realidad no hay un límite de edad: se han encontrado casos de pequeños de solo dos años y los tics pueden aparecer durante toda la vida.

Tiene un componente hereditario que se acentúa en casos extremos como el síndrome de Tourette. Si el progenitor lo padece, hay un 50 por ciento de probabilidades de que su hijo también lo sufra.