Los científicos han comprobado que las palabras no son inocentes. Las de rechazo, menosprecio o ruptura amorosa activan las mismas zonas del cerebro que el dolor físico. Por Antonio Martínez Ron

Expresiones como me partió el corazón o me apuñaló por la espalda son más literales de lo que parecen y abren un apasionante y nuevo campo de investigación.

Esto le va a doler. Cuando nos ponen una inyección, esa simple advertencia puede provocar que el pinchazo sea más doloroso. ¿El motivo? Que nuestro cerebro activa la sensación de dolor antes incluso de que la aguja nos haya tocado. ¡Ay!

En la última década, los científicos han demostrado que nuestra sensación de dolor es mayor si nos avisan con antelación del estímulo y que se puede inducir malestar solo con indicar que algo lo provoca. Un grupo de investigadores de la Universidad holandesa de Radboud-Nijmegen lo han comprobado escogiendo a más de cien voluntarios y sometiéndolos a una serie de pruebas. Expuestos a la misma sustancia, aquellos a quienes se avisó de que sufrirían un fuerte picor no pararon de rascarse. Y algo parecido sucedió con los que fueron advertidos sobre el dolor.

“Las palabras pueden predisponernos, porque crean expectativa -asegura el neurólogo Arturo Goicoechea-. Estas modifican las emociones y eso influye en el dolor, el picor y otras circunstancias”. En la Universidad alemana de Jena, el investigador Thomas Weiss ha demostrado recientemente que hablar del dolor alimenta el padecimiento. Mediante resonancia magnética funcional, Weiss comprobó que, cuando a los sujetos se los expone a palabras como ‘atroz’, ‘insoportable’ o ‘punzante’, se activa la llamada matriz del dolor, la misma región del cerebro que se pone a trabajar ante los estímulos nocivos. En estudios anteriores -recuerda Weiss- también vimos que, cuando aplicábamos un estímulo doloroso tras someter a los pacientes a palabras ‘nocivas’, estos calificaban el dolor como más intenso.

Trabajos paralelos a los de Weiss demuestran que en el denominado ‘dolor social’ también participan las regiones cerebrales relacionadas con el dolor físico. Varios estudios recientes apuntan que se activa la misma matriz cerebral cuando un individuo se siente abandonado por el grupo o se produce una ruptura amorosa. Las sensaciones físicas y emocionales se entremezclan hasta el punto de que el malestar que provoca un insulto -según ha determinado un estudio de la Universidad de Kentucky- se amortigua en los sujetos que toman una dosis regular de paracetamol. La prueba de que dolor social y dolor físico se retroalimentan está en las palabras que usamos cada día.

El lenguaje está sembrado de expresiones como me partió el corazón o me apuñaló por la espalda, que señalan un dolor físico real, y de términos relacionados con juicios morales, como cuando decimos que algo nos produce asco o repugnancia y sentimos ganas de vomitar. Este factor social y emocional está ayudando a resolver una de las grandes cuestiones que intrigaban a los médicos en los casos de dolor crónico. ¿Por qué, ante una misma lesión, unos pacientes quedaban doloridos de por vida y otros no? En algunos casos, la ausencia de daño físico resulta desconcertante.

Analizando con escáner la respuesta al dolor de individuos que han sufrido una lesión de espalda, se ha observado que el factor emocional es determinante. Aquellas personas que tienen una mayor relación entre la corteza frontal y el núcleo accumbens, encargados de las emociones y la motivación, están más predispuestas al dolor crónico. Tanto que los científicos pudieron predecir con un 85 % de precisión quién lo iba a desarrollar una vez que la lesión había sanado. Las palabras no solo cambian lo que percibimos, sino también lo que hacemos.

Susana Martínez-Conde dirige el Laboratorio de Neurociencia Visual del Instituto Barrows, en Phoenix (Estados Unidos), y estudia desde hace años la forma en que los magos engañan nuestros sentidos. Una de las técnicas más utilizadas se conoce en psicología como primado (en inglés, priming) y consiste en exponer al sujeto a unos estímulos que van a condicionar su respuesta. Un buen ejemplo -recuerda Susana Martínez-Conde- es un experimento en el que se enseña un accidente de circulación a un grupo de individuos y se les pide que valoren qué coche de los implicados va más rápido. los que escuchan que el coche rojo ‘choca’ hacen una estimación de velocidad más baja que aquellos a quienes se dice que el coche rojo ‘se estrella’ . Los magos utilizan estoS resortes psicológicos para condicionar nuestra respuesta en algunos trucos, como aquellos en los que nos piden que pensemos un número que previamente han deslizado en nuestra mente de manera sutil. Los efectos del primado actúan a nivel inconsciente e influyen en nuestra forma de actuar y hasta en nuestros juicios de valor.

El profesor Jaume Rosselló, de la Universidad de las Islas Baleares, ha realizado algunos experimentos con priming y juicio moral. Hemos comprobado -asegura- que la presentación de imágenes impactantes (gore, para entendernos) provoca que seamos más permisivos ante un dilema moral . En la prueba plantean, por ejemplo, el problema de una madre que debe sacrificar a uno de sus dos hijos para que no mueran los dos. Aquellos que han visto imágenes más violentas tienden a comprender mejor su decisión que los que han visto imágenes neutras. Esto tiene implicaciones interesantes -reflexiona el profesor Rosselló- porque en los telediarios vemos imágenes de guerras antes de otras informaciones, y eso nos puede influir. O imaginemos lo que sucede con la sucesión de casos que estudia un juez.

¿Puede una palabra mal elegida por el médico hacer empeorar al paciente? La respuesta es ‘sí’, aunque los mecanismos del conocido como ‘efecto nocebo’ son tan desconocidos aún como los del placebo.

El profesor Weiss está convencido incluso de que los efectos secundarios de los que se informa en los prospectos de los medicamentos producen más efectos adversos entre quienes los leen. Desgraciadamente, no se me ocurre una manera de solucionar este problema , confiesa. Arturo Goicoechea, por su parte, cree que algunas intervenciones perjudican al paciente por de una ‘cultura del dolor’ errónea que asocia dolor con daño, cuando no necesariamente van unidos. El dolor es una estimación estadística del cerebro que activa una respuesta porque considera que existe una amenaza. Pero a veces se equivoca , dice. Goicoechea pone como ejemplo algunos estudios que señalan que ante los casos de latigazo cervical -producidos por accidente de coche-, los pacientes a los que se pone collarín y se los incita a ser muy cuidadosos terminan desarrollando un dolor crónico con mayor frecuencia que aquellos a los que no se inmoviliza ni condiciona. Las últimas investigaciones apuntan que el dolor es más una emoción que una sensación. “Dependiendo de nuestro estado emocional podemos interpretar el mismo estímulo de manera distinta”, recalca Martínez-Conde. Por eso, en algunos casos la solución empieza a pasar por enseñar a los pacientes a reaprender el dolor.

Algunas afecciones neurológicas han ayudado a comprender el componente emocional del dolor. Existe una extraña enfermedad, denominada ‘indiferencia congénita al dolor’, por la que las personas son capaces de sentirlo pero, como no le dan un valor emocional, les resulta indiferente. En un congreso reciente -recuerda Martínez-Conde- conocimos a un forzudo muy popular en Estados Unidos llamado Dennis Rogers, que es capaz de partir guías de teléfono con las manos o detener un avión con unas cadenas. Él está seguro de que es capaz de hacer estas cosas no por su condición física, sino porque el 99 por ciento de la gente se detiene cuando alcanza un límite de dolor que él puede superar. Esta condición relativa del dolor es algo que podemos experimentar en nuestra vida cotidiana. Las agujetas y el dolor muscular que sentimos tras hacer deporte nos resultan llevaderos porque tenemos claro su origen y sabemos qué significan. Si nos asaltara una molestia de la misma intensidad sin motivo aparente, lo más probable es que acabáramos aterrados y en la consulta de urgencias.

EL ESCÁNER DE LA VERDAD

Rechazo social

Naomi Eisenberger, de la Universidad de California, pidió a unos voluntarios sometidos al escáner de resonancia magnética que participasen en un juego de ordenador en el que tres personas se pasan un balón. Pronto dejan de pasarle la pelota al voluntario. Ese menosprecio (no querer jugar con él) provoca sobrecargas de tensión en el córtex del cíngulo anterior, región clave de la red del dolor. Angustia.

El rechazo también provoca sobretensión en la ínsula anterior, área que responde al sufrimiento que nos causan, por ejemplo, un corte o una fractura ósea. La angustia que provoca un insulto es similar a la respuesta emocional al dolor físico.

Ruptura amorosa

A 40 personas que habían vivido una separación reciente se les pidió que miraran una foto de su expareja y revivieran la ruptura. Los centros del cerebro que registran la incomodidad física derivada de un golpe o herida también se activaron al rememorar su separación.