No tiene el prestigio de Marlon Brando, pero el público lo adoraba. Además de manejar un rifle como nadie, era un gran jugador de ajedrez, experto en arte oriental y tan valiente en la ficción ¿como cobarde en la vida real? Por Fátima Uribarri

Dos escenas marcaron el destino de John Wayne. En la primera aún no se llamaba así, sino Marion Robert Morrison, y era un becado de la Universidad del Sur de California. Formaba parte del equipo de fútbol americano, no tenía un centavo y era uno de los muchachos a los que el entrenador Howard Jones conseguía trabajillos en el cine para que se ganasen unos dólares. Marion, a quien todos llamaban Duke (un mote heredado de un gato que tuvo), era tercer ayudante de atrezo en los estudios de la Fox. En 1928 se rodaba allí ¡Madre mía! El director, John Ford, se fijó en ese muchacho apuesto y fortachón.

¿En qué posición juegas?, le preguntó John Ford.

Defensa.

Yo también lo era. ¿Crees que podrías sacarme [empujar agachado en el fútbol americano]?

Sí, podría, contestó el joven.

Los dos se pusieron en cuclillas; uno, de 32 años, frente al otro, de 21, con sus 90 kilos y su 1,93 de altura. Ford, que confiaba en desplazar fácilmente a su rival, no consiguió mover a Morrison ni un milímetro. Y eso le picó. Le propuso otro reto. Le pidió que le placara. El joven lo hizo. Además, le pateó el pecho (con una maniobra algo marrullera) y lo despatarró en el suelo. Hubo un silencio mortal en el plató. El mal genio de Ford era temible. Pero no hubo explosión de ira. Se levantó y dijo. “Bien, volvamos al trabajo. Ya hemos hecho bastantes tonterías”.

John Ford le dijo: “Plácame”. Wayne lo despatarró en el suelo. Hubo un silencio mortal en el plató… y rodaron 20 filmes juntos

Ahí comenzó una amistad entrañable y muy fructífera para el cine: juntos hicieron más de 20 películas, algunas memorables como La diligencia, Centauros del desierto, El hombre tranquilo, Río Grande, La legión invencible, El hombre que mató a Liberty Valance o Fort Apache. Además del fútbol americano, compartían otras aficiones: el güisqui, las parrandas, las partidas de cartas.

Con los años, Morrison dejó la carrera de Derecho, se coló de polizón en un mercante… Pero en 1930 le surgió la oportunidad de protagonizar La gran jornada, dirigida por Raoul Walsh, quien lo convenció para adoptar el nombre de John Wayne. Las críticas fueron buenas, y el actor fue portada de alguna revista. Pero el filme fracasó comercialmente, y Wayne se zambulló en casi una década de películas del Oeste de clase B, en seriales y cintas de bajo presupuesto.

Se había casado con Josephine Sáenz, tenía cuatro hijos y necesitaba dinero, así que trabajó a destajo: en 12 años hizo 44 wésterns y otros 25 filmes. Fue una experiencia agotadora, pero positiva: el especialista Yakima Canutt le enseñó a cabalgar, a caerse del caballo, a pelearse en el saloon y a manejar el revólver como nadie.

Se convirtió en el primer actor que hizo girar un rifle alrededor de un dedo como otros hacían girar los revólveres

En 1939 llega la segunda escena crucial para la carrera de John Wayne. Los protagonistas, los mismos: Ford y el actor. Se está preparando La diligencia. Los estudios quieren a Gary Cooper para el papel de Ringo Kid. Pero Ford se empeña en que lo haga Wayne, un desconocido para el gran público, una apuesta arriesgada.

EL DORADO, John Wayne, Robert Mitchum, 1966

John Wayne y Robert Mitchum en ‘El Dorado’ (1966)

La entrada en escena de Ringo debía impactar. “Podrías necesitarme a mí y a este Winchester “, decía al sheriff nada más empezar. A Ford se le ocurrió que por qué no hacía girar el arma alrededor de su dedo. Como Wayne tenía las manos gigantes, hicieron una pequeña modificación en el rifle y lo rodó; fue el primero en hacer girar un rifle como si fuera un revólver.

A partir de La diligencia -que tuvo la mala suerte de competir con Lo que el viento se llevó en los Óscar de 1939 y solo obtuvo dos estatuillas- comienza el estrellato para Wayne, un éxito sin comparación en Hollywood. “Wayne es un símbolo de América” -explica Scott Eyman, autor de su más reciente biografía, John Wayne. the life and the legend-.Es algo más que una estrella de cine, está asociado con América misma, incluso si se trata de una América ya desaparecida”.

El vaquero de voz cautivadora y andares cadenciosos es un símbolo, en eso coinciden todos. No tiene la aureola de prestigio de Marlon Brando o de Robert de Niro. Muchos consideran incluso que no era un gran actor. Otros creen que sí. “A quienes salen con el tópico de que era monolítico y estereotipado les recomiendo que vean Centauros del desierto: lo hace todo con la mirada”, afirma Juan Tejero, autor de John Wayne, el vaquero que conquistó Hollywood.

El público lo quiso. ¿Cómo lo logró? Siendo él mismo, un tipo honesto, caballeroso con las mujeres, buen amigo, trabajador, grande, fuerte, bebedor, fumador. El estereotipo de hombretón bondadoso, no el de una estrella de Hollywood. “No es suficiente que un actor diga sus frases. Al público le tiene que llegar algo más -algo que no puede crear un director-, la cualidad de ser un hombre real” , así lo explicaba John Ford.

Todos hablan bien de él. “En todas las películas hay un día en el que las cosas no funcionan. Y cuando no van bien, es ideal tener cerca a un hombre como Duke. Recorrerá medio valle para decirle al operador de la segunda unidad de cámara que vamos a hacer otra toma. Casi nunca pide a otro que haga algo que puede hacer él”, contó John Ford.

“Era espontáneo, siempre entusiasta ante cada proyecto, ante la vida misma y con poco interés en la contemplación de los errores”, dice Scott Eyman. Y siempre fue así, desde niño.

Patriota y ¿cobarde?

Era anticomunista, conservador y patriota. John Wayne entró a formar parte de la Alianza Cinematográfica para la Conservación de los Ideales Norteamericanos en 1944 y la presidió tres veces. Pero lo cierto es que no testificó contra ninguna figura de Hollywood durante la ‘caza de brujas’ del macarthismo. Defendió la intervención norteamericana en Vietnam. Dirigió e interpretó Boinas verdes, una indisimulada defensa de aquella guerra. Fue un republicano activo, pero, pese a que el partido se lo pidió varias veces, no se presentó como candidato porque creía que nadie tomaría en serio a un actor.

Luego, él mismo apoyó a Ronald Reagan como candidato a Gobernador de California. Sin embargo, él -que interpretó a tantos militares heroicos- nunca fue a la guerra, como sí fueron Henry Ford, James Stewart, Clark Gable o Tyrone Power, alistados durante la Segunda Guerra Mundial. Wayne lo evitó alegando una lesión de oído. Esa reticencia a ir al frente fue una losa en su vida: lo acusaron de hipócrita y de aprovechar, además, la ausencia de otros actores que sí fueron a la guerra para copar las carteleras.