Diciembre de 1914. El Estado Mayor alemán decide celebrar en el frente la Navidad para animar a las tropas. Pero la situación se les escapa de las manos. Los soldados de ambos bandos salen de las trincheras e imponen una tregua espontánea. Ésta es la breve historia de una insumisión. Rodrigo Padilla

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“Lo que os cuento puede parecer increíble, pero es la verdad. Apenas empezó a amanecer, los ingleses comenzaron a hacernos gestos con las manos y a salir de sus trincheras. Nuestra gente encendió velas en un abeto que colocaron sobre el parapeto e hicieron sonar las campanas. Todo el mundo empezó a moverse a su antojo fuera de las trincheras y a nadie se le pasó por la cabeza volver a disparar.” El soldado alemán Josef Enzel contaba así a sus padres en una carta cómo vivió la Nochebuena de 1914 en el frente occidental de Flandes. Allí, entre barrizales, alambres de espino y frío, fue testigo de uno de los episodios más emotivos de la Primera Guerra Mundial: una paz fraternal en medio de la más cruel de las guerras.

El cese de los combates duró cuatro días en el mejor de los casos, durante los que ambos bandos compartieron confidencias y cigarrillos. En la imagen, soldados alemanes adornan un abeto

Este episodio fue difundido con amplitud por los periódicos de ambos bandos y apareció descrito en muchas de las cartas que los soldados enviaban a sus casas. Sin embargo, mientras es bastante conocido en el mundo anglosajón, donde se ha convertido en un icono del pacifismo y ha inspirado incluso el videoclip de la canción The pipes of peace de Paul McCartney, en Alemania había sido prácticamente olvidado.

Nadie sabe con seguridad cómo empezó todo. Parece que la iniciativa surgió en las trincheras alemanas. El alto mando británico había ordenado que el día de Navidad fuese como otro cualquiera, pero los oficiales del káiser Guillermo pensaron que una buena celebración elevaría la minada moral de las tropas ya que la guerra, que todos auguraban corta, duraba demasiado. Pero los oficiales no imaginaban que el ambiente festivo iba a extenderse al bando contrario. No era su intención. Una semana antes hicieron llegar a las trincheras abetos, velas y dulces. Algunos mandos, como el teniente Kurt Zehmisch, profesor en un instituto de Plauen, pidieron a sus hombres que en estas fechas reinara la calma. «En Nochebuena, si podemos evitarlo, no sonará ningún disparo desde nuestras posiciones», les dijo. Dicho y hecho.

Primera Guerra Mundial tregua Navidad

Al caer la tarde del 24 de diciembre, los soldados germanos instalaron abetos en lo alto de sus trincheras y prepararon grandes tableros para disfrutar de una cena que les hiciera olvidar que estaban lejos de casa y en guerra. Poco después empezaron a oírse los primeros villancicos. Al otro lado del frente los británicos escuchaban atónitos. ¿Sería una trampa? Nadie acababa de entender. Un soldado inglés cuenta en su diario que alguien entonó el Noche de paz y que ambos ejércitos comenzaron a cantarlo juntos, cada uno en su lengua. Los alemanes gritaron Merry Christmas y los británicos contestaron con un Frohe Weihnachten.

El balance de los cinco primeros días de guerra era para entonces terrible. Miles de kilómetros de trincheras cubiertas de alambre de espino y ametralladoras. Ratas, hambre, frío y muerte. Más de un millón de fallecidos y heridos en vísperas de las primeras navidades que los combatientes iban a pasar lejos de casa. El deseo de la tropa de una Nochebuena en paz se cumplió por unas horas y de forma simultánea en distintos puntos separados por muchos kilómetros. Pero los actos de confraternización más intensos tuvieron lugar en el frente de Yprés (Bélgica), y todo apunta a que el hecho de que muchos alemanes hablaran inglés porque habían trabajado en Gran Bretaña facilitó las cosas.

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Durante la Navidad de 1914, en algunos puntos del frente se celebraron partidos de fútbol.

Aunque ésta no fue la primera vez que las armas callaron durante la Gran Guerra, sí fue la más singular. Existía la norma de no disparar cuando el enemigo iba a las letrinas, ya que un soldado no debía morir con los pantalones bajados, ni tampoco durante las horas de las comidas, que se hacían saber al enemigo izando un tablón por encima de las trincheras. El alto el fuego navideño se limitó en unos lugares a un intercambio de saludos y villancicos; en otros, la tierra de nadie se llenó de hombres que charlaban, intercambiaban cigarrillos, enseñaban las fotos de sus familias e incluso jugaban al fútbol, pero en muchos otros lugares fue la gran excusa para recoger y enterrar los cadáveres que yacían hundidos en el barro. El inglés Bertie Felstead, que murió en julio de 2001 a los 106 años y estuvo presente en uno de esos encuentros, contó que en su sector todo duró un par de horas, hasta que un oficial los obligó a parar y a volver a sus posiciones: «Estáis aquí para matar alemanes, no para hacer amigos».

Uno de los motivos de aquella tregua fue el deseo de recoger y enterrar a los muertos que yacían en tierra de nadie

Y es que los mandos de ambos bandos estaban desconcertados ante la situación. Muchos consintieron el alto el fuego de la Nochebuena, pero sentían que la situación se les escapaba de las manos. Cuando Erich von Falkenhayn, general en jefe del Ejército alemán, fue informado de las escenas de confraternización, amenazó a sus hombres con un consejo de guerra. Y el general inglés Horace Smith-Dorrien, comandante del III Cuerpo británico, prohibió de forma taxativa «los contactos amistosos con el enemigo, los armisticios oficiosos y el intercambio de tabaco u otros productos» y ordenó la inmediata vuelta a los combates.

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El capitán Stockwell, oficial de un regimiento galés, cuenta en su diario que a las 8.30 de la mañana del 26 de diciembre saltó de su trinchera y realizó tres disparos al aire para advertir a sus contendientes de que la paz había acabado. Un oficial alemán con quien había charlado el día anterior se subió a un parapeto y lo saludó marcialmente antes de volver a su posición. Un momento después, las armas volvieron a rugir. En otros puntos fueron los alemanes quienes avisaron del final de la tregua.

El teniente de un regimiento alemán asentado entre Armentières y Lille hizo llegar este mensaje a sus enemigos: «Caballeros, nuestro comandante ha ordenado reiniciar el fuego a partir de la medianoche. Es para nosotros un honor avisarles con antelación». Todo había sido un espejismo en una de las guerras más mortíferas de la historia, en la que murieron casi nueve millones de soldados y seis millones y medio de civiles. Las armas callaron durante unas horas, pero al final, la guerra se impuso. Para la posteridad sólo quedó el recuerdo de unas horas en los que el fútbol sustituyó a los fusiles.

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