Medio millón de soldados de Estados Unidos se lanzaron sobre esta isla, crucial en sus planes para invadir Japón. Allí los esperaban militares y civiles dispuestos a morir matando: batieron récords de ataques suicidas. Se cumplen 75 años de uno de los episodios más sangrientos de la Segunda Guerra Mundial. Por Rodrigo Padilla

Okinawa, el sangriento episodio de la Segunda Guerra Mundial, en imágenes

“Un avión por un buque de guerra, una lancha por un transporte, un hombre por cada diez del enemigo”. Morir matando, esa era la consigna que el general Mitsuru Ushijima transmitió a los defensores de Okinawa ante la tormenta que se avecinaba. En un ambiente de fervor fanático, entre referencias constantes a un mitificado pasado samurái, cientos de pilotos aguardaban la llegada de los barcos americanos para estrellarse contra ellos a los mandos de aeroplanos obsoletos o de motoras repletas de explosivos. En tierra, miles de soldados se conjuraban para luchar hasta la última bala antes de cargar al grito de ‘banzai’, y grupos de estudiantes voluntarios aprendían a manejar bombas de mano para usarlas en misiones sin retorno.

Un decreto japonés obligaba a la población de la isla a resistir hasta la muerte.perecieron unos 14o.000 civiles

Dar la vida por el emperador era el destino más elevado al que podía aspirar un japonés. A esas alturas de 1945, también era una señal de impotencia, el reconocimiento de la aplastante superioridad del enemigo. Sin portaviones ya, sin suministros y con sus ciudades e industrias arrasadas por las bombas de los B-29, la única arma en el arsenal nipón era la determinación suicida.

Okinawa: la patria sagrada

Los marines se habían ido acercando al corazón del imperio saltando de victoria en victoria y de isla en isla, de Guam a Saipán, de las Filipinas a Iwo Jima. Y ahora era el turno de Okinawa. Una flota de 1500 barcos y medio millón de hombres navegaba hacia el último obstáculo en el camino que conducía a Tokio. A solo 550 kilómetros al sur del archipiélago del Sol Naciente, la isla era a la vez etapa obligada y base de apoyo para una invasión final que en Washington ya se estaba planificando. A su valor estratégico se sumaba el simbólico: Okinawa no era como las demás islas del Pacífico, era el primer territorio formalmente japonés que el enemigo osaba pisar, la patria sagrada.

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Más de medio millón de soldados estadounidenses y 1500 barcos participaron en la batalla.

Conscientes de que la guerra estaba perdida desde hacía tiempo, en Tokio ya solo aspiraban a salvar la institución imperial. Y para ello estaban dispuestos a sacrificar tantas vidas como hiciera falta.

Querían que Okinawa sirviera como anticipo de lo que podía venir. Como advertencia.
Pero la imposibilidad de trasladar refuerzos hizo que el general Ushijima solo contara con 75.000 soldados y 25.000 miembros de la milicia local, mal armados y mal entrenados. También se movilizó a todos los hombres de la isla entre los 15 y los 60 años y a las mujeres entre los 17 y los 40, en principio para trabajar en búnkeres y trincheras, cargar municiones o atender a los heridos, aunque finalmente acabaron recibiendo formación en el uso de espadas, hoces o lanzas de bambú. Porque, en Okinawa, «los soldados y los civiles viven juntos y mueren juntos». Era un decreto oficial, una orden que ató a la población a una estrategia de resistencia que no concebía la rendición. Se calcula que murieron 140.000 civiles.

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Desembarco en abril de 1945

La enorme flota invasora apareció en el horizonte a finales de marzo. Su primer objetivo fueron las diminutas islas Kerama, a unos 30 kilómetros de Okinawa. En Tokashiki, la más poblada de ellas, se dio el primero de la larga serie de episodios trágicos que tendrían a la población civil como víctima.

Los oficiales reunieron al millar de habitantes que habían huido hacia el interior de la isla y les repartieron granadas. En parte aterrados por la posibilidad de caer en manos del enemigo, en parte convencidos de su deber de morir junto a los soldados, los civiles se apiñaron por familias y obedecieron la orden de hacer detonar las granadas. Algunas estaban defectuosas y no estallaron, tampoco había suficientes para todos. Los supervivientes, ciegos de sangre, golpearon a sus esposas, hijos o padres con piedras y palos hasta matarlos. A continuación, mientras unos intentaban colgarse de los árboles o se lanzaban de cabeza contra troncos o rocas, otros decidieron salir al encuentro de los norteamericanos en cargas suicidas. Se calcula que solo en Tokashiki murieron entre 300 y 400 civiles. Escenas similares se dieron también en las vecinas islas Zamami. Y aquello era solo el comienzo.

El desembarco en Okinawa tuvo lugar al amanecer del día 1 de abril. Las lanchas llegaron a las playas sin recibir ni un solo disparo. Era como si a los japoneses se los hubiera tragado la tierra. De hecho, así era: el general Ushijima había decidido atrincherar a la mayor parte de sus tropas al sur de la isla, y plantar cara hasta el final en una batalla de desgaste.

En un instituto los marines descubrieron los cadáveres de 200 alumnas que se habían suicidado

En el resto de Okinawa, los norteamericanos solo encontraron bolsas aisladas de resistencia y civiles aterrorizados, que se escondían. O que preferían morir antes que caer prisioneros. En la cueva de Chibichiri-gama, en Yomitan, se repitieron los suicidios en masa de Tokashiki y Zamami. En un instituto, los marines descubrieron los cadáveres de más de 200 alumnas que se habían quitado la vida junto a sus profesores.

En el mar las cosas no iban mucho mejor para los invasores. Los norteamericanos ya conocían el fenómeno de los aviones kamikaze, pero no en la escala que se dio en Okinawa. Ahora no eran acciones aisladas, eran oleadas incesantes de aparatos que atacaban en grupo los portaaviones. Entre abril y mayo se registraron una decena de estas operaciones masivas, en las que participaron en torno a 1600 kamikazes. A pesar de que solo consiguieron hundir 36 barcos, todas unidades menores, y dañar otros 368, sometieron a la flota estadounidense a una presión constante que llevó a los mandos a intensificar los ataques por tierra para poner fin a aquella pesadilla. Las bajas crecían a un ritmo que los americanos no habían sufrido en los tres años y medio de guerra. Por fin, a principios de junio, el general Ushijima ordenó el repliegue al cabo Kyan, en el extremo sur. Miles de civiles desesperados siguieron a las tropas bajo un fuego artillero que convirtió los atestados caminos en un matadero.

La falta de suministros y el desmoronamiento de la disciplina fueron derivando en un caos violento. Los soldados japoneses robaban la comida a los civiles, los usaban como escudos humanos. Muchos fueron ejecutados acusados de colaborar con el enemigo, o por negarse a buscar agua o munición bajo las bombas. Otros se lanzaron al vacío desde los acantilados.

El general hundió el cuchillo en su vientre

La resistencia japonesa se agotaba por momentos. El 22 de junio, Ushijima se despidió de sus oficiales. Se arrodilló en una tela blanca, se abrió el kimono y se hundió el cuchillo en el vientre antes de que un ayudante le cortara la cabeza con un golpe de catana. Los combates todavía se alargaron una semana más, hasta el 2 de julio. Habían muerto 15.000 norteamericanos, la mayoría de los 100.000 defensores japoneses y unos 140.000 civiles.

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El general Mitsuru Ushijima se hizo el ‘harakiri’ y un ayudante lo decapitó con una katana, días antes del fin de la batalla

Los nombres de muchos de ellos, de uno y otro bando, están inscritos en el memorial que se levantó en 1995. Las hileras interminables de nombres que cubren las estelas son testimonio del enorme precio que se cobró uno de los episodios más sangrientos y a la postre más inútiles de la contienda. Apenas un mes después del final de la batalla de Okinawa, dos bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasak

Para saber más

Okinawa, la última batalla, libro de Bill Sloan, editorial Memoria Crítica.

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