La Bauhaus fue la escuela de diseño y arquitectura más moderna de Europa. Sin embargo, relegaba a las alumnas al taller textil. A pesar de ello, lideradas por la genial Gunta Stölzl, convirtieron sus telares en un laboratorio de belleza e innovación. Por Stephan Maus

La genialidad del telar de la Bauhaus

Tejer, pintar, bailar: la vida por fin era una fiesta. Hasta solo unos meses antes, la alemana Gunta Stölzl había sido enfermera en la Gran Guerra. Hombres ensangrentados, gritos de dolor. En Italia, en Francia. Cuando los cañones hacían una pausa, ella aprovechaba para dibujar en su cuaderno las iglesias destruidas de los pueblos vecinos. Luego volvía al infierno: los gritos, el dolor. La Revolución Industrial había llegado al oficio de matar. Y el horror había adquirido una escala nueva.

Bauhaus taller textil Gunta Stolz

Gunta Stölz fue apoyada por sus alumnas hasa ascender a la dirección del departamento textil. (Foto extraída del libro Bauhausmädels, de Taschen=)

Pero todo eso era ya pasado. El presente era la paz. Gunta tenía 22 años y había reunido el coraje necesario para dejar la apolillada Escuela de Arte de Múnich. Allí había aprendido a dibujar, pero a la manera clásica: mujer con rueca, mujer con flores. ¡Se acabó! Era hora de emprender algo nuevo. Acababan de admitirla en una institución recién creada que prometía emplear los métodos de enseñanza más modernos. Se trataba de la Bauhaus, en la ciudad de Weimar. Una aventura.

Todo estaba a medio hacer en la nueva escuela. Todavía no había muebles, los alumnos se tenían que sentar en el suelo. Algunos de los estudiantes iban a clase vestidos con sus viejos uniformes de soldados, no tenían más ropa que esa. Arrancaban las insignias y cosían en su lugar parches de colores.

Los maestros justificaban la discriminación: “¡Las mujeres solo tienen visión bidimensional!”

Tras las clases, alumnos y alumnas se iban a bañar al río juntos. Y desnudos. Soñaban con ponerlo todo patas arriba. Las formas, los colores. Hombre y mujer. La vida. «Para mi madre, la Bauhaus fue una liberación», dice Monika Stadler, hija de la gran diseñadora textil y tejedora Gunta Stölzl. «El espíritu de grupo era intenso. Muchos estudiantes no tenían nada, algunos se juntaban para cultivar huertos. Querían una sociedad igualitaria», cuenta Monika.

La revolución desde abajo

Gunta Stölzl fue la primera y única mujer que consiguió alcanzar el grado de maestra en una institución dominada por los hombres. El camino que tuvo que recorrer fue largo.

Gunta Stolz mujeres taller textil

Alumnas de la clase de tejido de la Bauhaus junto a Gunta

En 1919, año de fundación de la Bauhaus, se aprobó en Alemania el sufragio femenino. El propio fundador de la escuela, Walter Gropius, dijo en la inauguración. «Ninguna diferencia entre el bello sexo y el fuerte». Sin embargo, a las mujeres se las relegaba al taller textil. El artista suizo Johannes Itten sostenía que las mujeres carecían de la capacidad del pensamiento espacial. Por eso, les insistía en que se limitaran a trabajar en algo bidimensional como los tejidos.

Pero aquellas tejedoras de la Bauhaus estaban llenas de ideas y genialidad. Querían distanciarse del art nouveau. Y despreciaban las técnicas tradicionales, encorsetadas en los patrones florales. Aspiraban a ir más allá.

Stölz fue la única mujer que alcanzó el grado de maestra en la Bauhaus

La Bauhaus garantizaba una libertad que no se podía encontrar en ningún otro sitio. Pero la mayor parte de la sociedad alemana se mostraba reacia al cambio. Es más, las corrientes conservadoras y nacionalistas volvían a cobrar fuerza tras la pesadilla de la Primera Guerra Mundial. La institución se trasladó a Dessau. La carrera de Gunta Stölzl tomó nuevo impulso. «En la época del traslado a Dessau ya era profesora de tejido, y tenía que encargarse de un enorme volumen de trabajo», cuenta su hija. «Las estudiantes se quejaron ante el consejo de profesores, dijeron que Gunta hacía todo el trabajo y que el maestro, el jefe del departamento, no hacía nada, que ella se merecía su puesto. Los maestros, en un primer momento, se mostraron indignados por la desfachatez de aquellas mujeres, pero tuvieron que dar su brazo a torcer. Al cabo de unos meses, Stölzl se hizo cargo de la dirección del departamento textil. Fue una revolución desde abajo».

Tapiz Bauhaus taller textil Gunta Stolz

Tapiz Slit tapestry red/green (1927-1928)

Gunta Stölzl fue la primera y única maestra en la historia de la Bauhaus. Transformó el taller de tejido en un laboratorio donde se experimentaba con todo tipo de técnicas y materiales nuevos. Stölzl hizo del departamento de tejido el más rentable de toda la escuela. Mientras los “caballeros” creaban castillos en el aire, las ‘chicas de las telas’, como llamaban a las tejedoras, eran las que llevaban el dinero a casa.

Antisemitismo y calumnias

En la primavera de 1928, Stölzl viajó con un grupo de alumnos y profesores a un congreso de arquitectura celebrado en Moscú. Uno de los asistentes era Arieh Sharon, un arquitecto judío oriundo de Palestina. Los dos artistas se enamoraron, ella se quedó embarazada poco después. Con la boda, Gunta Stölzl perdió su pasaporte alemán y se quedó exclusivamente con la nacionalidad de su marido. la palestina. La maestra de tejido se llevaba a su bebé recién nacido al taller, le daba el pecho allí, delante de todo el mundo. Aquello era un escándalo incluso en la progresista Bauhaus. Sobre todo porque la influencia del partido nazi era cada vez mayor. Arieh Sharon no tardó en perder su empleo en la escuela.

Gunta Stölzl también sufrió las consecuencias del antisemitismo. Unos estudiantes pintaron esvásticas en su puerta. Algunos de los alumnos de la clase de tejido, movidos por la ambición, aprovecharon la oportunidad para calumniar a su profesora. A pesar de que muchas de las estudiantes mostraron su solidaridad con ella, la dirección del centro reaccionó con tibieza: ni Ludwig Mies van der Rohe, el nuevo director, ni Vasili Kandinski sacaron la cara por su única maestra.

Stölzl acabó emigrando a Suiza. El matrimonio de Gunta Stölzl se rompió en los años treinta. Arieh Sharon se trasladó a Israel y llegó a ser uno de los arquitectos más influyentes del país. Levantó la nueva Tel Aviv. Mientras, Stölzl montó un taller textil en Suiza y se convirtió en una empresaria de éxito. Sus luminosas y coloridas obras cuelgan hoy en grandes museos de todo el mundo.