Era aristócrata, rica, muy guapa y elegante, frívola e irascible. Enamoró a Luis Napoleón Bonaparte y se convirtió en emperatriz de Francia. Tuvo una vida convulsa con aciertos -apoyó las investigaciones de Louis Pasteur-, errores y tragedias. Eugenia de Montijo murió en Madrid, en el palacio del duque de Alba, hace ahora cien años. Por José Segovia

Luis Bonaparte regresaba al palacio de las Tullerías tras pasar revista a sus tropas cuando descubrió a la aristócrata española de 24 años Eugenia de Montijo en uno de los balcones. Se acercó a ella y le preguntó mirándola a los ojos: «¿Cómo llegar hasta vos?», a lo que ella respondió: «Por la capilla, señor».

Bonaparte ya se había prendado de ella, pero la española se le resistía. El rechazo estimulaba a aquel cuarentón que comenzaba a padecer problemas de salud causados por su vida disipada y sus numerosas amantes. Aquella bellísima granadina -de la que ahora se celebran cien años de su fallecimiento- era hija de Manuela Kirkpatrick, cuyo padre era un rico comerciante de vinos escocés, y de Cipriano de Guzmán, conde de Montijo, un grande de España que había heredado un importante patrimonio.

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Análisis realizados en 2014 desvelaron que Luis Bonaparte no era sobrino de Napoleón. parece que fue fruto de una aventura extramatrimonial de su madre. Sin embargo, fue emperador de Francia y se creía que era un auténtico Bonaparte

La bella Eugenia hablaba inglés y francés y entre sus amigos estaban los escritores Juan Valera, Stendhal y Prosper Mérimée. Su hermana mayor, Francisca, estaba casada con Jacobo Fitz-James Stuart, duque de Alba. A su madre, casamentera ambiciosa, Luis Bonaparte -sobrino de Napoleón-, proclamado emperador de Francia con el nombre de Napoleón III en 1852, le pareció un candidato a marido fantástico para Eugenia.

En uno de sus arrebatos de cólera mandó destruir el palacete parisino de su hermana. Su cuñado, el duque de Alba, tardó años en perdonárselo

En tan solo cuatro meses, la condesa de Montijo consiguió su sueño. Eugenia contrajo matrimonio con Napoleón III el 29 de enero de 1853. Tras sufrir varios abortos, la emperatriz trajo al mundo al príncipe imperial en 1856. Pero la vida conyugal de la pareja no era fácil. Es cierto que, nada más casarse con Eugenia, Napoleón III se deshizo de su amante de entonces: miss Howard. Pero, con el tiempo, sus aventuras extramatrimoniales aumentaron.

Dos años más tarde, la pareja imperial sufrió un atentado en París del que salieron ilesos. Aquel intento de regicidio no le afectó tanto a Eugenia como la muerte de Francisca, duquesa de Alba, el 16 de septiembre de 1860. Sumida en una profunda depresión, la emperatriz ordenó el derribo del palacete que había dispuesto para su hermana en los Campos Elíseos. El duque de Alba, viudo de Francisca, tardó años en perdonárselo.

Por arrebatos de ese estilo a Eugenia la tildaban de voluble y trivial. Y eso a ella le indignaba. «El público me acusaba de frívola, derrochadora, coqueta, superficial y no sé cuántas cosas más. Pero los que contra mí dirigían esa malévola campaña hubiesen quedado sorprendidos de ver los cuadernos en los que diariamente resumía mis lecturas», se quejaba. Estaba cansada de que solo la vieran como una mujer guapa y quiso demostrar que también tenía cerebro. Desde julio de 1856, el Senado francés le permitió intervenir en los asuntos de Estado y sus opiniones fueron escuchadas.

«Mi mayor gusto era hablar con los hombres de Estado extranjeros que afluían a las Tullerías», confesó en uno de sus escritos. Gracias a su testarudez logró más de tres mil indultos para presos políticos e impulsó la educación gratuita para niñas huérfanas y para padres sin recursos. Pero también es verdad que le encantaban las joyas y los vestidos lujosos. Su debilidad por el glamour contribuyó al desarrollo de la carrera profesional del diseñador británico de alta costura Charles Frederic Worth. Las revistas de moda dedicaban largos artículos a describir los modelos que lucía la emperatriz Eugenia, casi todos de Worth, así como sus joyas, tocados o peinados. La esposa del emperador dotó de un estilo propio al Segundo Imperio.

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Era una de las mujeres más guapas y elegantes de Europa, habitual en las revistas de moda. Fue un icono de moda y belleza

La ‘española’ -tal y como la llamaban despectivamente los franceses que la detestaban– era considerada una de las mujeres más bellas de Europa. La escritora George Sand afirmó que sus rasgos tenían la cincelada perfección de una estatua griega. «Con sus hermosos ojos azul violeta, sus cabellos tirando a rubio castaño, su perfecta complexión, pies pequeños y talle de avispa, era inevitable que se convirtiera en un icono de la moda en aquella segunda mitad del siglo XIX», escribe Cristina Morató en su libro Reinas malditas.

La emperatriz de Francia era una mujer admirada y también odiada por sus enemigos. Siempre encajó bien las críticas. Sin embargo, apenas pudo sobrellevar las infidelidades de su marido.

En 1861, durante unas vacaciones en Biarritz, Eugenia le contó a su marido la información que le había proporcionado un amigo mexicano sobre la crisis política de México. Su presidente, Benito Juárez, había decidido suspender el pago de la deuda al Reino Unido, Francia y España, lo que movilizó a los terratenientes y conservadores católicos, que pidieron ayuda exterior.

Intervención mexicana

El emperador y su mujer pensaron que esa era una buena oportunidad para realizar su sueño de levantar en América Central un imperio católico que pusiera freno a las ambiciones territoriales de Estados Unidos en la región. Convencieron al archiduque Maximiliano de Habsburgo, hermano del emperador austriaco Francisco José, para que ocupara el trono de México. El extravagante proyecto concluyó con la derrota militar de Francia, el fusilamiento de Maximiliano el 19 de junio de 1867 y el descrédito del Segundo Imperio francés. Dos años después de aquel desastre, la emperatriz recuperó parte de su prestigio al presidir la inauguración del canal de Suez, diseñado por el ingeniero Ferdinand Lesseps, primo de Eugenia. El día de la apertura se representó Aida, la ópera de Verdi, y se celebró una gran fiesta en el puerto de Said a la que acudieron cerca de seis mil personas. Eugenia dijo que fueron los días más felices de su reinado.

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Tras varios abortos, en 1856 nació el heredero. En esta imagen, los emperadores con su hijo Napoleón Eugenio en 1860

En enero de 1870, Napoleón III restableció el régimen parlamentario, momento en que el nuevo Gobierno apartó a Eugenia de los asuntos de Estado, para gran enfado de la emperatriz. Pocos meses después, la salud del emperador cayó en picado, por lo que se vio obligado a redactar un texto de abdicación en el que indicaba que el trono pasaría al príncipe imperial cuando este alcanzara la mayoría de edad. Si él fallecía antes, su mujer, Eugenia, sería la regente del Imperio.

Pero todo se torció el 19 de julio de ese año, cuando Francia declaró la guerra a Prusia y el emperador, a pesar de su delicado estado de salud, se puso al frente de su Ejército.

A finales de agosto de 1870, las fuerzas francesas sucumbieron ante el empuje del poderoso Ejército prusiano y Napoleón III capituló, tras lo cual fue encarcelado en el palacio de Wilhelmshöne, a las afueras de la ciudad alemana de Kassel.

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Eugenia de Montijo se había enamorado de Jacobo Fitz-James Stuart, duque de Alba, pero él se casó con su hermana

Al mismo tiempo que el Ayuntamiento de París proclamaba la Tercera República, Eugenia de Montijo viajaba al Reino Unido, donde se reencontró con su hijo, que poco después ingresó en la academia militar británica de Woolwich. Seis meses después, Napoleón III salió de su encierro y se reunió con su familia en Inglaterra.

Los franceses la detestaban. Ya viuda e instalada en Inglaterra, su hijo murió víctima de las lanzas de los zulúes

El 9 de enero de 1873, casi tres años después de sufrir la derrota en la batalla de Sedán, el emperador de Francia falleció. Eugenia se abrazó a su hijo Luis y le dijo entre llantos: «Ahora solo te tengo a ti». Seis años después, el joven príncipe se alistó en el Ejército británico y partió a África austral para luchar contra la revuelta de los zulúes.

Emboscada mortal

El 1 de junio de 1879, Luis Bonaparte cayó en una emboscada y fue alcanzado mortalmente por las lanzas del enemigo. Cuando le comunicaron la triste noticia, la emperatriz sufrió un colapso que la recluyó en su domicilio durante días. Meses después falleció su madre. Eugenia de Montijo, la que fuera emperatriz de los franceses, la mujer más poderosa del Segundo Imperio y las más odiada y envidiada, se encontraba sola.

En otoño de 1880 compró una gran vivienda campestre en el condado de Hampshire, en cuyo terreno construyó un pequeño monasterio de estilo gótico, conocido como la abadía de Saint Michael. En su cripta enterraron los restos de su hijo y de su marido.

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Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, casó bien a sus hijas. Francisca fue duquesa de Alba y Eugenia, emperatriz

En 1920, cuando ya había cumplido 94 años, viajó a Madrid para someterse a una intervención de cataratas con el doctor Barraquer. Eugenia se instaló en el palacio de Liria en los aposentos de su hermana con el consentimiento de su cuñado, Jacobo Fitz-James Stuart. Allí recibió las visitas de sus sobrinos, de su ahijada la reina Victoria Eugenia y de artistas y aristócratas españoles.

Eugenia planeaba regresar a Inglaterra, pero sufrió una crisis de uremia que acabó con su vida el 11 de julio de 1920. Vivió 94 intensos años. Sus restos fueron trasladados a la abadía de Saint Michael junto a los de su marido y su hijo.

Foto principal: Eugenia de Montijo era hija de un conde español y una rica heredera escocesa. Conoció a Luis Napoleón Bonaparte, experimentado donjuán y cuarentón, cuando tenía 24 años. Aquí, en 1859, ya emperatriz.

PARA SABER MÁS

Reinas malditas, libro de Cristina Morató. Editorial Debolsillo.

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