El biofísico He Jiankui asegura haber modificado genéticamente embriones humanos, lo que lo convertiría en el primer científico en lograrlo. Lo hizo en secreto y a pesar de los riesgos que implica. El precio de su ambición lo pagarán dos niñas recién nacidas. Por Frank Ochmann

Cuando todavía era un niño y jugaba entre los campos de arroz y los cobertizos para los cerdos de su pueblo natal, He Jiankui soñaba con ser algún día el Einstein de China.

He Jiankui es físico, pero se pasó a la biología al ver el potencial de la genética. Tras doctorarse en Stanford comprendió, dice, que los científicos también tenían que saber venderse

La física y las matemáticas eran el centro de su vida. Se construyó un pequeño laboratorio en casa. La luz permanecía encendida hasta altas horas de la noche, recuerda su padre en una conversación mantenida con periodistas chinos. Sus progenitores entendían y apoyaban el ansia de conocimientos de su hijo, incluso pidieron un crédito para pagar sus estudios.

El dinero no daba para comprar libros. Por eso, tras las clases, Jiankui se iba a la biblioteca del pueblo, donde se pasaba horas leyendo. He Jiankui superó todas las dificultades iniciales y consiguió dar el salto: a los 28 años se convirtió en el profesor asistente más joven de la Universidad de Ciencia y Tecnología del Sur de China. Jiankui siempre fue el primero, el mejor, dice su padre con orgullo. su hijo nunca quedaba segundo en nada.

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He Jiankui en el congreso sobre manipulación genética celebrado en Hong Kong en el que anunció que había alterado embriones humanos. Desde entonces, permanece en paradero desconocido.

Hace unas semanas, He Jiankui volvió a ser el número uno otra vez. Nadie antes había anunciado la modificación en laboratorio del material genético de un embrión humano, implantado con posterioridad en una mujer. Nadie antes de él había anunciado el nacimiento de bebés con un genoma alterado a voluntad. Y eso es justo lo que anunció He Jiankui, primero a través de YouTube y días más tarde en un congreso internacional celebrado en Hong Kong.

La sorprendente noticia de la intervención genética en un embrión humano viable provocó el desconcierto de unos y la indignación de otros.

En realidad, hoy seguimos sin tener pruebas de que Nana y Lulu -las dos niñas supuestamente nacidas como resultado de su experimento genético- realmente existan. Las leyes chinas prohíben la divulgación de su identidad porque un miembro de su familia está infectado con VIH, y estas personas cuentan con una protección reforzada para evitar discriminaciones. Por otro lado, y hablando de leyes, He Jiankui las ha cumplido? La manipulación genética de embriones destinados a desarrollarse hasta el parto está prohibida en China, pero He Jiankui cree, o al menos eso parece, que se ha movido en una zona gris, en un limbo legal. Porque su objetivo, alega, era proteger a los futuros bebés del virus del sida, no la reproducción de las parejas seleccionadas para el experimento.

El ADN no es un manual de instrucciones. Desactivar un gen tiene consecuencias imprevisibles

Todos aquellos que escucharon a He Jiankui hablando en Hong Kong, para presentar los frutos de su investigación con voz monótona y en un inglés imperfecto, no pudieron evitar un estremecimiento al pensar que no estaban ante un discurso vacío. La mayoría de los expertos cree que sí, que de verdad ha hecho lo que dice que ha hecho.
La forma y el momento en los que anunció el doble nacimiento, así como el hecho de que se disculpara por la filtración de los resultados antes de someterlos a revisión mediante su publicación en medios especializados, suscitaron un rechazo inmediato. Aquellos que piensan mal de él, y a estas alturas son ya la mayoría, hablan de burla a la práctica científica habitual. Las mentes de moralidad más relajada optan por definirlo como una taimada operación de relaciones públicas. El propio Jiankui dijo una vez que, tras su doctorado en Standford, había comprendido que los científicos también tienen que saber venderse y no ver como un tabú la posibilidad de hacer negocio con sus investigaciones.

Un mercado en alza

He Jiankui cambió repentinamente la orientación de su trabajo científico en algún momento de los dos o tres últimos años. Antes, su laboratorio se centraba sobre todo en cuestiones relacionadas con la investigación genómica y la inmunología, lo que también resulta interesante teniendo en cuenta que Jiankui es físico… y que no se ha convertido precisamente en el Einstein de China, como soñaba cuando era pequeño, sino más bien en un doctor Frankenstein.

Durante su estancia académica en Estados Unidos debió de darse cuenta de que la física no tenía ni de lejos tanto glamour como pensaba. Todo lo contrario de lo que ocurría con la biología, y más concretamente con la investigación genética, que estaba experimentando un verdadero boom. Ahí tenía un campo científico en el que todavía había muchos tesoros ocultos. ¿Fue la codicia lo que lo llevó a cambiar el rumbo? ¿Una ambición enfermiza, ansias de gloria? Cabe pensar que no fue eso, o no solo eso.

 El gen que ha alterado He Jiankui puede reducir el riesgo de contagio de sida pero aumentar el de sufrir cáncer

Sea como fuere, en octubre de 2016 He Jiankui escribió en su página web un post en el que decía que su laboratorio había puesto el foco en las técnicas relacionadas con la seguridad y eficacia de la edición genética, esto es, la modificación de genes. Y en ese contexto también aparecía citada una técnica que, con el nombre de «tijeras genéticas» o «tijeras moleculares», ya se ha hecho famosa incluso fuera de los círculos especializados: CRISPR, o también CRISPR/Cas,

Actuar con precisión sobre el material genético ya era posible antes de la aparición de esta técnica. Pero requería muchísimo más esfuerzo. Con el CRISPR/Cas los científicos pasaron a disponer de una especie de software biológico, gracias al cual bastaba con programar lo que se quería hacer. Se abría así todo un mundo de posibilidades. Con un procedimiento como el CRISPR/Cas ya es posible, al menos en teoría, modificar a voluntad el genoma de los embriones.

Una excusa ‘ética’ con poco fondo

Para su prueba de cortapega con material genético embrionario, He Jiankui eligió un gen que aparece relacionado, entre otras cuestiones, con la infección por VIH: se llama CCR5. Este gen funciona como una cerradura en tipos ampliamente extendidos del virus del sida, pero no en todos. Para penetrar en una célula inmunitaria, el VIH tiene que abrir el candado que representa el CCR5. Pero, si este es defectuoso, el virus no consigue entrar y no puede multiplicarse. El resultado es que una persona que tenga en su material genético un CCR5 defectuoso estará a salvo de la infección. Sin embargo, tanto en la realidad del laboratorio como en las células de un organismo vivo, todo resulta mucho más complicado. Pero, en principio, es lo que He Jiankui se propuso hacer. Sus embriones llevarían el gen CCR5 defectuoso, cortado y pegado con las tijeras CRISPR/Cas, y serían, por lo tanto, inmunes al VIH. Es más o menos en este punto donde los planes del científico chino chocan de lleno contra la realidad.

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El genoma no es un motor o un interruptor eléctrico al que se le pueda puentear una parte o reemplazarla por entero. El ADN no es un simple manual de instrucciones, tampoco es un plano o un esquema de montaje, sino más bien una especie de partitura bioquímica. Al igual que toda pieza musical, hay que interpretarla: se la puede ‘tocar’ más alto o más bajo, más rápido o más despacio. Desactivar un gen en un lugar concreto puede tener consecuencias imprevisibles porque, en última instancia, todo está interrelacionado. Por eso, a He Jiankui le preguntaron en el congreso de Hong Kong si creía saber lo suficiente sobre el CCR5 y sus funciones en el ser humano como para poder pulsar el interruptor con la conciencia tranquila. La respuesta fue una serie de evasivas.

Del CCR5, por ejemplo, se sospecha que, aunque es cierto que impide infecciones por VIH, probablemente también facilita la entrada a otros patógenos; entre ellos, el que provoca la fiebre del Nilo Occidental o incluso la gripe, enfermedad que no deja de generar nuevas cepas víricas, sobre todo en China. Por otro lado, el propio método CRISPR/Cas, tan a menudo alabado por sencillo y barato, es cualquier cosa menos perfecto. De vez en cuando se dan los llamados efectos off-target, efectos indeseados fuera del objetivo propuesto, es decir, en cualquier otro lugar del genoma. Desde hace poco también existe la sospecha de que esta técnica afecta negativamente a la protección celular frente al cáncer. ¿Significa esto que He Jiankui ha reducido el riesgo de que Nana y Lulu contraigan el sida a cambio de aumentar considerablemente el peligro de que desarrollen un cáncer? Nadie lo sabe.

Y las niñas ¿qué pensarán de esto?

Estos días se está viendo lo fácil que es apuntar con el dedo exclusivamente a He Jiankui y condenarlo. Pero no es un caso aislado. Muchos de los que ahora se declaran moralmente escandalizados comparten la visión de He Jiankui de un futuro en el que nazcan seres humanos diseñados a voluntad. Obviamente, de lo que se habla es del cáncer, el sida y el alzhéimer, pero muchas veces no se trata más que de una excusa, un velo tras el que se oculta el sueño de hacer realidad los ‘bebés a la carta’.

Jennifer Doudna, una de las descubridoras de la técnica usada en China, condena este experimento, pero solo porque el método no está lo suficientemente maduro

Una de las descubridoras de la técnica CRISPR/Cas, la bioquímica estadounidense Jennifer Doudna -de la Universidad de Berkeley en California- también suele lucir una sonrisa que se puede interpretar como alentadora cuando en sus apariciones públicas no se limita a hablar de la posible protección frente a enfermedades, sino que también habla de enhancement, de ‘mejora’, del ‘perfeccionamiento’ de aquello que la naturaleza sembró en el núcleo de nuestras células. Hoy, Jennifer Doudna rechaza experimentos como los realizados por He Jiankui. Pero no porque vea en ellos un obstáculo ético -o incluso científico- significativo, sino porque cree que el método todavía no está lo suficientemente maduro.

George Church es otro de los científicos interesados en actuar sobre la línea germinal. Por eso mismo aconseja tomarse con calma el caso de He Jiankui. En opinión de este prestigioso genetista de Harvard y el MIT, no habría que condenar al colega chino. «Mientras sean dos bebés normales y sanos, todo irá bien tanto para su familia como para nuestro campo de investigación». Pero ¿será así? ¿Todo les ‘irá bien’ a Nana y Lulu?

Fue Maria Jasin, una bióloga evolutiva del Sloan Kettering Institute de Nueva York especializada en investigación oncológica, quien planteó a He Jiankui las que probablemente fueron las preguntas más pertinentes de todas las que se escucharon en el congreso de Hong Kong: ¿cómo lo llevará la familia? ¿Cómo afectará a la larga a los padres haber autorizado la modificación genética de sus hijas? ¿Cómo y quién les contará a Nana y Lulu qué alteraciones llevan en su ADN y probablemente llevarán también sus descendientes? Alegando problemas de comprensión, He Jiankui hizo que un colega le explicara las preguntas. Luego sonrió con cierto bochorno. «No sé qué responder».

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