¿Celos laborales? ¿Machismo en el laboratorio? La investigadora Rosalind Franklin jugó un papel fundamental en el descubrimiento de la estructura  del ADN, pero algunos prefirieron olvidarlo. Por M. G

Mujeres científicas, hartas de ser invisibles

¿Cuál es el mayor hito científico de la segunda mitad del siglo XX? Si responde como la mayoría de los científicos dirá: “El descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN, la molécula fundamental para la vida” Su autoría reportaría a los investigadores James Watsom y Francis Crick el reconocimiento mundial y, en, 1962, el Nobel de Medicina, que compartieron también con Maurice Wilkins.

Pero si le preguntan ¿cuál es la mayor injusticia científica de los últimos 50 años?, solo si sabe lo que se cuece fuera de los laboratorios contestará: “La perpetrada contra Rosalind Franklin, sin cuya fotografía número 51 -obtenida por difracción de rayos X y que revelaba claramante la naturaleza heliocoidal de la molécula de ADN – en la que se basaron Watson y Crisk sin ella saberlo, éstos no hubieran descubierto la estructura del ácido desoxirribonucléico, al menos no en la fecha en la que lo hicieron”.

Rosalind Franklin's B-Form of DNA, 1953

Rosalind murió en 1958 (con 37 años) de un cáncer de ovarios que hoy se asocia a las largas horas de exposición a los rayos X, pues sólo la citada fotografía 51 exigió 100 horas, y por ello no pudo compartir el Nobel porque éste no se entrega a título póstumo. Pero aún así lo cierto es que Rosalind Franklin fue la gran ignorada de la ceremonia y su contribución jamás fue reconocida oficialmente. De hecho, ni James Watson ni Francis Crick mencionaron su nombre y Maurice Wilkins apenas hizo una vaga alusión a ella.

¿Qué ocurrió realmente? ¿Fue un problema de machismo, de celos profesionales o de simple usurpación de datos?

Sea cual fuere el trasfondo, la escena clave tiene lugar una tarde de finales de enero de 1953. En una visita de Watson (que trabajaba con Crick en la Universidad de Cambridge) al Kinsg College de Londres, donde su amigo Wilkins le muestra la fantástica foto de rayos X que ha conseguido su colega Rosalind Franklin, con la que apenas se habla. Años más tarde, el propio Watson describiría el instante en su libro La doble hélice: “Al ver la imagen, me quedé con la boca abierta y mi pulso se aceleró. Sus reflejos cruzados  sólo podían proceder de una estructura helicoidal”. En el viaje de vuelta en tren a Cambridge, James Watson se apresuró a dibujar en un trozo de periódico los detalles que recordaba de la fotografía. Cuando llegó a su destino ya había decidido “que Crick y yo deberíamos construir enseguida un modelo [en metal] de la estructura”.

James Watson and Francis Crick

El tándem James Watson y Francis Crick llegó el primero en la carrera del ADN

La carrera por llegar primero

En realidad tenían motivos para darse prisa. Por sus noticias, no sólo Rosalind, sino también Linus Pauling podría llegar a la meta antes que ellos. Un mes más tarde, el tándem Watson-Crick ganaba la carrera y publicaba el descubrimiento en la revista Nature. Según declara Brenda Maddox, autora de Rosalind Franklin, the dark lady of DNA (Rosalind Franklin, la oscura dama del ADN), “Rosalind estaba ignorante del sprint que se desarrollaba a sus espaldas y nunca supo que Watson y Crick habrían tenido acceso a sus datos y fotos”. Por ello, no sólo asumió sin recelos un papel secundario en el descubrimiento, sino que aceptó la amistad que luego le ofrecieron Watson y Crick, hasta el punto de viajar con James Watson por Estados Unidos en 1954,  y después por España con Francis Crick, en 1956.

Campaña contra Rosalind

Paradójicamente, fue La doble hélice de Watson (publicado diez años después de la muerte de Rosalind) lo que hizo ver al mundo el desafuero cometido. “Era fácil imaginarla -escribe Watson- como el producto de una madre insatisfecha que estimula indebidamente en una chica el deseo de una carrera profesional capaz de salvarla de una boda con un marido aburrido…”, escribe intentando ‘explicar’ las razones que pueden llevar a una mujer a trabajar fuera del hogar. “Dado su talante pendenciero, había que poner a Rosy en su lugar, pues a Wilkins le hubiera sido imposible mantener una posición dominante que le permitiera pensar en el ADN sin estorbos”, añade dejando claro el papel secundario que debe tener una mujer investigadora. “Está claro que el mejor sitio para una feminista es en un laboratorio ajeno”, remata. “Los comentarios suenan tan viles -declara una amiga de Franklin-, que, cuando quise consolar a la madre de Rosalind diciéndole que al menos su hija siempre sería recordada, me respondió: ‘Preferiría que cayera en el olvido a que la recordaran de esta manera'”

“Ella ignoraba que Watson y Crick habían tenido acceso a sus datos y sus fotografías. Por ello asumió sin recelos un papel secundario”

¿Pero quién y cómo era realmente Rosalind Franklin? ¿Era la Cruella de Vil de la Biología Molecular que sugiere Watson? ¿Era la Silvia Plath de la biología según algunos o la persona brillante, atractiva y divertida que recuerdan sus amigos?

Nacida en 1920 en el seno de una rica familia judía llegaba de Silesia en 1763, quienes la conocieron de cerca coinciden en que “Rosalind jamás pensó que la considerarían menos por se mujer”. “Su educación contribuyó a ello. Brenda Maddox describe una atmósfera familiar nada opresora. Una mansión de cuatro pisos en Notting Hill, un ambiente cosmopolita, colegios privados y viajes al extranjero conformaron una fuerte personalidad. “Alarmantemente inteligente, se pasa el día haciendo problemas de aritmética por diversión”, escribió su tía Mamie de ella.

Rosalind se sentía discriminada en el Kings College de Londres, un centro donde ‘las mujeres no tenemos acceso a la sala de profesores’

Tras graduarse en la Universidad de Cambridge en 1941, en plena guerra mundial, Franklin se dedicó a estudiar la estructura molecular del carbón, primero en Inglaterra y luego en París, donde se convirtió en una especialista en cristalografía con rayos X. Allí le llegó el primer amor. Enamorada de su jefe, el cristalógrafo Jacques Mering, no se le conocieron relaciones de pareja con él. De hecho, la inteligente Rosalind era una ingenua en materia amorosa y no se enteró de “las verdades de la vida” hasta el tercer año de carrera, cuando un estudiante de bioquímica se avino a explicarle “cómo se fabrican los niños”.

Rosalind Franklin

En 1951, provista de una oferta de John Randall del Kings college de Londres para investigar sobre células vivas, regresó a su país. Pero desde el principio ésta fue una oferta envenenada. Randall hizo creer a Rosalind que estaba por encima de Wilkins. Éste pensaba que Franklin era sus subordinada. Randall se escabulló del problema y el trabajo se reveló imposible. Prácticamente sola logró la imagen clave en el camino al ADN, pero el boicoteo personal y laboral fue tan duro que, de hecho, cuando se publicó la noticia del ADN, en Nature, ella ya trabajaba en el Birbeck College, donde se dedicó a investigar la estructura de los virus en mosaico del tabaco y el virus de la poliomelitis.

En 1955, conoció a Don Caspar, investigador del Instituto Tecnológico de California, con el que intimó. Aquella relación pudo haber cuajado de no haber intervenido el destino. En 1956, Rosalind sintió un dolor en el abdomen, era un cáncer de ovarios. A pesar de tres operaciones y de tratamiento con quimioterapia, siguió trabajando hasta su muerte, el 16 de abril de 1958.

Quienes creen que “el tiempo nos pone a todos en nuestro sitio” quizá sientan un atisbo de justicia al saber que no pasa día sin que los ganadores del Nobel de 1962 no recuerden a quien les hizo merecedores del mismo. Pero casi en cada conferencia que pronuncian, alguien pregunta: “¿Podrían explicar cuál fue la verdadera contribución de Rosalind Franklin al descubrimiento del ADN?”. Y siempre estalla en la sala una atronadora salva de aplausos.

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