Lina Prokofiev, madrileña, sofisticada y de exquisita educación, se hizo internacional al casarse con el mundialmente conocido compositor ucraniano Serguéi Prokófiev, fue sentenciada a cumplir 20 años de trabajos forzados en el gulag de Abez. Por Isabel Navarro

Su vida transcurría plácida en París hasta que él se dejó seducir por Stalin y regresaron a la URSS. Allí, su cosmopolitismo y su encanto eran una amenaza. En 1948 fue condenada a veinte años de trabajos forzados. Una apasionante historia recogida en el libro Lina Prokófiev. Una española en el gulag, de Valentina Chemberdjí.

Durante los 21 años en que Lina Prokófiev sobrevivió fuera del gulag hasta su muerte evitó en lo posible hablar de su encierro en el campo de concentración. A lo sumo se refería a su desgracia como «el Norte», congelando aquella experiencia de humillación y frío en la retaguardia de su memoria. Nacida en Madrid en 1898 como Carolina Codina, Lina fue la hija única de Juan Codina, un cantante de ópera catalán, y de Olga Nemiskaia, una aristócrata de Varsovia con sangre alsaciana. En 1948, el régimen soviético la condenó a veinte años de trabajos forzados en un campo de concentración más allá del Círculo Polar Ártico. ¿Su delito? Espionaje, una acusación “fabricada” que el estalinismo utilizó como comodín para librarse de los extranjeros durante las purgas. Lina tenía una personalidad incómoda para el régimen: cantante de profesión, era cosmopolita, se había educado como una mujer libre, dominaba seis idiomas, era muy elegante y solían invitarla a las recepciones en las embajadas de Moscú por ser la esposa extranjera de una gloria nacional, el compositor Serguéi Prokófiev.

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Lina y Serguéi se conocieron en Nueva York en otoño de 1918 durante su particular edad de la inocencia. Entonces, ella tenía 21 años y él, 27 y formaban parte de una generación nómada que, huyendo de la revolución bolchevique, había llevado la alta cultura eslava y centroeuropea a Estados Unidos. La primera vez que Lina vio al músico, él interpretaba su Primer concierto para piano en el Carnegie Hall de Nueva York. Empezaron dando largos paseos y tras cinco años de noviazgo, en 1923, se casaron en Alemania. Trece años después, en abril de 1936, tras varias giras y estancias cortas en la URSS, Prokófiev dejó su casa de París y se acabó trasladando con Lina y sus dos hijos a Moscú sellando, sin saberlo, un destino trágico. ¿Por qué Serguéi abandonó su cómoda vida europea y decidió regresar a la Unión Soviética si nunca había sido filocomunista? Según sus biógrafos, por ingenuidad política y por una desesperada y patológica nostalgia de su patria. Prokófiev anhelaba unirse a personajes como Meierhold, Eisenstein, Stanislavski y Maiakovski, protagonistas de la escena moscovita; el público ruso lo adoraba, «lo comprendían» y las autoridades soviéticas lo recibían con los brazos abiertos como un nuevo emblema de su campaña de propaganda internacional.

Tenía el teléfono intervenido y era consciente de que la seguían, pero hasta el año 48 la Policía no consumó la detención

La URSS le prometió las condiciones adecuadas para su labor creativa, el músico estaba entusiasmado y su mujer acabó aceptando el traslado y la nacionalidad soviética sin prever las nefastas consecuencias de su decisión. En los primeros tiempos, la vida fue relativamente fácil para ellos en Moscú. Los niños acudían a un colegio angloamericano para hijos de rusos que habían vivido en el extranjero, y las autoridades permitieron que la pareja saliese de gira por Estados Unidos mientras sus hijos se quedaban de “rehenes” en casa.

Los Prokófiev vivían en una burbuja privilegiada, pero llegó un momento en que los síntomas de la represión empezaron a ser apabullantes también para ellos. Sviatoslav, el hijo mayor de la pareja, recuerda que en el año 37 arrestaron a todos los padres de sus compañeros y cerraron la escuela internacional. Poco antes habían comenzado los ataques de Stalin contra creadores e intelectuales. «Era imposible hablar con franqueza y poco a poco fui viendo lo salvaje e inhumano que era el régimen recuerda Lina en un testimonio recogido por Valentina Chemberdjí. En 1936 comenzaron los arrestos y muchos conocidos empezaron a evitarme por miedo a relacionarse con una extranjera. Siempre pensé que podríamos irnos, pero Serguéi nunca pidió permiso porque tenía miedo de que se lo denegaran y acabó aislándose de Europa.»

Al drama político se le sumó el personal. LLevaban 20 años de matrimonio cuando Serguéi la dejó por una estudiante mucho más joven

Al drama político se le sumó el personal de Lina cuando Serguéi Prokófiev se enamoró de otra mujer. Llevaban veinte años de matrimonio cuando Mira Mendelson, una estudiante de literatura mucho más joven y miembro de las Juventudes Comunistas, entró en la vida del compositor. Su historia empezó como un simple affaire de verano, pero a principios del año 41 Serguéi se marchó de casa para vivir con ella, con el beneplácito de las autoridades.

Sin la protección de Prokófiev, muchos fueron los que aconsejaron a Lina que dejara de relacionarse con extranjeros, pero ella continuaba teniendo contactos con sus compatriotas europeos y empezó a trabajar para una agencia de noticias como traductora para poder acceder a una cartilla de racionamiento. Tenía el teléfono intervenido y era consciente de que la seguían, pero hasta 1948 no consumaron la detención. «Me llevaron a la cárcel de Lubianka -cuenta Lina-. Allí me obligaron a ducharme, me tomaron las huellas y me metieron en una celda tan pequeña que sólo podían estar dos personas de pie.»

En el campo, los funcionarios la llamaban despectivamente Tres Naranjas, el título de la ópera más conocida de su marido

Su hijo Sviatoslav se sorprende de que en Occidente le pregunten a menudo cómo era posible que su padre no hubiera hecho algo por liberarla: «Demuestra un total desconocimiento del terror general que reinaba en la Unión Soviética en esa época, cuando incluso las esposas de Molotov y de Mijaíl Kalinin, presidente de la URSS, estaban presas. Ni siquiera sus maridos, importantes mandatarios del país, podían hacer nada por ayudarlas porque Stalin había decidido su caída en desgracia».

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Un gulag como el que soportó Lina Prokofiev

Lina fue sentenciada a cumplir 20 años de trabajos forzados en el gulag de Abez, cerca de Vorkutá (Tierra de Osos), una zona de hielo permanente donde muchas mañanas se despertaba con el pelo congelado y pegado a la pared por culpa de las bajas temperaturas. El trabajo que habían inventado para aquellas mujeres consistía en recoger la nieve en barriles de arenques que luego eran imposibles de levantar.

Fue enviada al gulag de Abez, donde la mayoría de los condenados eran escritores, actores y sacerdotes, a los que lo mismo se acusaba de espionaje que de terrorismo

El 27 de marzo de 1953 llegó una amnistía generalizada y a Lina le rebajaron la condena de veinte a ocho años. El 30 de junio de 1956 los hijos de Lina, Sviatoslav y Oleg, recibieron un telegrama con las palabras: «Salgo esta tarde, esperadme a las ocho treinta en la estación». El reencuentro estuvo cargado de emoción. Lina comenzó una nueva vida en la URSS, con la firme intención de marcharse en cuanto pudiera, pero no la dejaron hasta 1974, cuando se instaló en Londres.

“Me encerraron en una celda en la que sólo podías estar de pie. Me despertaba con el pelo congelado por las bajas temperaturas”

Serguéi Prokófiev había fallecido prematuramente por insuficiencia vascular mientras Lina estaba en el gulag. Su internamiento fue paralelo a la caída en desgracia de la música de su marido, que también fue víctima de la arbitrariedad y paranoia del estalinismo, no sólo con las personas, sino con el arte. Él murió el 5 de marzo de 1953, el mismo día que se anunció el fallecimiento de Stalin. En la prensa no hubo ni un modesto titular para el genio de la música y todas las flores de la ciudad fueron para Stalin, y los familiares y amigos se vieron obligados a llevar al modesto funeral de Prokófiev las macetas de sus casas.

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Lina dedicó sus últimos años a ordenar, proteger y divulgar el legado de su marido, además de a defender su papel de viuda legítima. La herida del abandono nunca cicatrizó porque para ella fue un ultraje incomprensible. Paradójicamente, solía hablar con rencor de la segunda mujer de Prokófiev, pero nunca del terror del gulag. Sólo en un estado semiinconsciente antes de morir, en Londres, creía ver a los carceleros que la habían torturado durante los interrogatorios. Tenía miedo de que los enfermeros la mataran y gritaba una y otra vez: «Soy inocente, soy inocente».

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