Fue un apocalipsis a cámara lenta. Una secuencia de explosiones equivalente a cien mil bombas atómicas como la de Hiroshima. La destrucción de Pompeya se produjo el 24 de agosto del año 79 d. C.  Por Carlos Manuel Sánchez

Como una olla a presión, el Vesubio expulsa al aire una columna de gases venenosos y cenizas que alcanza los 20 kilómetros de altura. Era mediodía, pero se hizo de noche. Los habitantes de Pompeya estaban acostumbrados a los borborigmos de su gigante y la mayoría siguió ocupada en sus quehaceres, mirándolo de reojo con inquietud, aunque aún sin pánico. Una hora más tarde comenzaron a llover piedrecitas basálticas (lapilli), que alfombraron calles y tejados. Los pompeyanos se refugiaron en sus casas. El bombardeo arreció; una negra granizada de piedra pómez y material piroclástico. Al anochecer, empezaron a desplomarse los techos por el peso acumulado (la capa de lapilli alcanzó los seis metros de espesor) y la gente, ahora sí, huyó despavorida. Una evacuación desesperada y tardía. Se sucedieron terremotos y tsunamis. Poco después del amanecer, una avalancha de lava arrasó todo lo que halló a su paso en 18 kilómetros a la redonda. Respirar era imposible. El aire sulfuroso alcanzó los 300 ºC. Se han encontrado unos 1.200 cadáveres, pero hubo más de 10.000 muertos entre Pompeya y la vecina Herculano, hervidas en un engrudo semejante al alquitrán y amortajadas en ceniza.

Pompeya

Pompeya era una ciudad cosmopolita y vibrante. Tenía las calles pavimentadas, alcantarillado, pasos de cebra, termas, teatros con acomodadores, consultorios médicos y tabernas donde sus ciudadanos tomaban el aperitivo. En una de ellas, el termopolio del Larario, se encontró la recaudación de aquel día infausto, 683 sestercios. Como puerto de mar era un enclave de comerciantes, negocios más o menos turbios y tejemanejes políticos. Salve lucrum (“bienvenido dinero”) se lee en las puertas de las casas. Había tiendas de ropa, lavanderías donde se blanqueaban las prendas con orina de camello, alfareros, bodegas, vidrieros, pescaderías, carpinteros de ribera, tahúres que jugaban a los dados, templos de divinidades paganas y egipcias…

Frescos de Pompeya

Los pintores pompeyanos fueron expertos en el uso del cinabrio, un pigmento de un rojo vivísimo que se obtiene calcinando mercurio y azufre. Omnipresente en la villa de los Misterios y la Boscoreale, resalta las figuras humanas desnudas.

Pompeya también era famosa por el sexo desinhibido y la prostitución. Nueve burdeles. Meretrices que se vendían con pintadas en las esquinas («soy tuya por dos ases de bronce»). Se han hallado 10.000 grafitis. Muchos de una jocosa obscenidad: «Lais tiene un revolcón». Otros sarcásticos: «Me sorprende, oh, pared, que no te hayas derrumbado bajo el peso de las tonterías que tanta gente te escribió encima».

Fue descubierta de casualidad en 1748 por un campesino. Es el mayor museo arqueológico al aire libre del mundo

Una ciudad refinada donde se comían nueve clases de pan (uno con semillas de opio). Completaban la dieta: higos, aceitunas, nueces, peras, galletas e incluso erizos de mar. Y aderezaban sus platos con garum, una salsa que importaban de Hispania. Una ciudad donde también se respiraba arte y cultura, imán de poetas y pintores. Se conservan 400 frescos en el Museo Arqueológico de Nápoles. Las viviendas de los potentados, decoradas con mosaicos, tenían fuentes y jardines. Las mujeres iban a la peluquería, lucían joyas diseñadas por los orfebres más hábiles de la Campania, vestían a la moda.

Frescos en Pompeya

Los jardines con fuentes y pájaros son motivos recurrentes en la pintura mural, tan refinada que se sucedieron cuatro estilos. 

En fin, una ciudad muy viva que murió de repente; congelada en el tiempo… y conservada en ceniza como en una especie de salmuera.

Olvidada y perdida durante siglos, fue descubierta de casualidad para la arqueología en 1748 por un campesino que abrió un pozo, siendo rey de Nápoles Carlos de Borbón, futuro Carlos III de España. Ingenieros del Ejército español, dirigidos por Roque Joaquín de Alcubierre, realizaron las primeras excavaciones. Con 44 hectáreas, Pompeya es el museo arqueológico al aire libre más grande del mundo. Desde entonces ha sido un paraíso para legiones de arqueólogos, estudiosos del arte y la religión, historiadores… Es la instantánea más valiosa de la Antigüedad que se conserva en el mundo. Se han hecho autopsias a los cadáveres que quedaron atrapados en un granero, súbitamente embalsamados en el mismo momento de su muerte, y cuyos moldes de escayola dejan estupefactos a los visitantes. Y se ha estudiado desde el ADN hasta los excrementos de los pompeyanos. Cada año se producen nuevos hallazgos.

Los aliados la bombardearon en 1943 y la Camorra robó mosaicos enteros

Mal que bien, Pompeya ha resistido a todo: seísmos y erupciones del Vesubio; el asalto de los expoliadores (es territorio de la Camorra), que se han llevado desde joyas y útiles de tocador hasta oxidados escalpelos y bisturíes de cirujano, mosaicos completos, azulejo por azulejo, y hasta esqueletos de la villa de los Misterios. Soportó un bombardeo aliado en 1943 para acabar con una división Panzer alemana. Y la horda de 15.000 turistas diarios que se llenan los bolsillos de chinarros volcánicos y dan de comer a los perros callejeros (los hay a docenas, antes de 1980 se controlaba su población a tiros, luego se aprobó una ley para evitar el canicidio).

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