La misteriosa epidemia comenzó en Estrasburgo en julio de 1518, hace ahora cinco siglos, cuando una mujer llamada Troffea comenzó a bailar en una de las calles de la ciudad… Por José Segovia 

Siete días después se unieron a ella treinta personas, y en el plazo de un mes el número de bailarines descontrolados se elevó hasta unos cuatrocientos vecinos. Los sermones, los bandos municipales y los escritos de Paracelso -el famoso médico del Renacimiento- han permitido reconstruir el desarrollo de aquella extraña epidemia, cuyo trágico final fue la muerte de innumerables personas.

Durante semanas murieron por infarto, agotamiento o derrame cerebral unos quince bailarines al día. No podían parar

Durante aquellas semanas de danzas infernales fallecieron en torno a quince bailarines al día por simple agotamiento físico, por derrame cerebral o por infarto. Las víctimas no podían dejar de danzar, retorciéndose de dolor, mientras suplicaban que los detuvieran. Pero cualquier intento fue en vano. Cuando agarraban a uno entre varios, el danzante se calmaba. Pero, en cuanto lo soltaban, se activaba de nuevo. «Se creía que el baile era al mismo tiempo la enfermedad y su cura», asegura el historiador británico John C. Waller en su libro A time to dance, a time to die. the extraordinary story of the dancing plague of 1518 (2008).

Muchos de los afectados se recobraron días después, pero pensaron que seguían apestados y que solo se curarían si continuaban bailando, lo que convirtió el fenómeno en un siniestro bucle sin salida. Convencidas de haber hallado la forma de combatir el fenómeno, las autoridades de Estrasburgo construyeron un escenario en la plaza para que los danzantes pudieran desenvolverse con libertad. Pero la medida fue un fracaso. Durante semanas, los bailarines iban cayendo fulminados ante la estupefacta mirada de sus vecinos. La locura terminó de golpe a principios de septiembre de aquel año. Los que sobrevivieron a la extraña plaga dejaron de moverse.

¿Cuál fue la causa de aquel extraño fenómeno? Una teoría apunta a una intoxicación alimentaria por productos psicoactivos del hongo del cornezuelo, que crecen en los granos del trigo, cebada y centeno. Se trata de la ergotamina, cuya estructura está relacionada con el ácido lisérgico (LSD). Waller sospecha que la epidemia pudo deberse a un episodio puntual de extrema hambruna, una de cuyas consecuencias serían fiebres altas y los movimientos descontrolados de los afectados.

Otros casos posteriores

Hubo otra epidemia mortal de baile en Bruselas en 1564 y de la que tenemos testimonio gracias a un grabado de Pieter Brueghel. Después, ya en el s. XVII, la enigmática enfermedad desapareció.

Danzad, malditos

Desde el siglo VII, en el centro de Europa se produjeron episodios parecidos que fueron conocidos popularmente como el ‘baile de san Vito’. Algunos de los afectados chillaban e invocaban a Dios y al diablo.

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