En el fondo submarino de Cabo de Palos reposa un barco con una historia mítica: el Sirio. Se hundió en 1906 y oficialmente murieron 242 personas. Pero fueron muchas más, porque la mayoría viajaba sin pasaje. Este pecio y otros muchos han convertido estas peligrosas aguas en un increíble cementerio. Por Carlos Manuel Sánchez 

Era la hora de la siesta del 4 de agosto de 1906. El Sirio, un transatlántico italiano que había zarpado del puerto de Génova dos días antes, navegaba a toda máquina, a unas tres millas del Cabo de Palos (Cartagena). Muchos pasajeros dormitaban en cubierta. Otros se hacinaban en la bodega. Los primeros habían comprado su pasaje. Y se habían embarcado en Italia o en Barcelona, donde el buque había hecho escala. Los segundos habían subido en Alcira, una parada no prevista en la ruta oficial, con la connivencia del capitán y la tripulación, previo pago de un soborno.

¿Cuál fue el naufragio más letal?

El tercer oficial andaba inquieto. Hizo sus cálculos sobre la carta náutica y decidió avisar al capitán, Giuseppe Piccone, un navegante experimentado. «Vamos a pasar muy cerca de las islas Hormigas. Es peligroso». El oficial temía la proximidad del Bajo de Fuera, un montículo submarino que se alza como un puñal desde unos cincuenta metros de profundidad hasta solo tres metros de la superficie. Una trampa mortal, aunque señalizada en la cartografía de la época.

El capitán no le hizo caso y ordenó seguir con el rumbo marcado. No podía perder tiempo. Pensaba hacer nuevas paradas para cargar más emigrantes en Águilas y Málaga antes de cruzar el estrecho de Gibraltar y encarar el Atlántico. Piccone confiaba en su pericia. Llevaba cuarenta años navegando.

La prensa española y la italiana del momento se hicieron eco del naufragio del Sirio, como ‘La Domenica del Corriere’

La decisión de Piccone fue considerada, a la postre, una negligencia criminal que provocó la mayor catástrofe marítima de la navegación civil en aguas territoriales de España. Nunca se supo la cifra de fallecidos. La compañía aseguradora solo se hizo cargo de 242, los que figuraban en la lista de embarque. La prensa de la época calculó unos 500, teniendo en cuenta a los polizones. La historia es terca y los flujos migratorios en el Mediterráneo siguen cobrándose su peaje de vidas: este año se llevan rescatados casi 500 cadáveres de pateras naufragadas frente a las costas españolas. Entonces eran los europeos los que se hacían a la mar en busca de una vida mejor en América. Hoy son africanos los que buscan lo mismo en Europa.

Submarinos alemanes en la costa de Cartagena

La tragedia del Sirio -llamarlo el Titanic del Mediterráneo no es ninguna exageración- solo es una muesca más en el trágico historial de las aguas de Cabo de Palos y la reserva marina de las islas Hormigas, un cementerio submarino en el que reposan los restos de más de 50 naufragios. Unos fueron víctimas de la orografía; otros, de los submarinos alemanes que usaron las costas de Cartagena como coto de caza durante la Primera Guerra Mundial, operando en secreto y sin bandera para hundir a los mercantes que abastecían a Francia y el Reino Unido. El capitán Lothar von Arnauld de la Perière, al mando del submarino U35, se puso las botas. En solo dos días de octubre de 1917 mandó a las profundidades cuatro barcos de vapor, torpedeados a placer.

El capitán y la tripulación reaccionaron con una cobardía infame, subiéndose al primer bote disponible

Las tormentas y los accidentes de navegación completan el recuento. Ni siquiera la tierra firme era segura. El primer faro de la isla de las Hormigas fue literalmente barrido por el viento de levante y el oleaje durante una noche de borrasca en 1869. La mar se llevó a la familia del farero, que vio cómo se ahogaban su mujer y tres de sus hijos; pudo salvar al cuarto.

La paradoja es que tal cantidad de pecios, convertidos en arrecifes y colonizados por peces, algas y crustáceos, ha convertido Cabo de Palos en uno de los mejores destinos de buceo de Europa y lugar de peregrinación para los aficionados a la fotografía submarina.

Reventaron las calderas. Cundió el pánico

El Sirio es el naufragio más conocido. Era un buque de 4126 toneladas, fletado por la Compañía General de Navegación Italiana. Hacía la ruta entre Génova, Brasil y Argentina. Y aquella tarde de hace 112 años, el Bajo de Fuera le cortó las planchas del casco como un abrelatas. El estruendo se oyó incluso en tierra. El barco, que navegaba a 15 nudos, se frenó en seco. Reventaron las calderas y se abrieron vías de agua. Cundió el pánico.

El capitán, los oficiales y la tripulación reaccionaron con una cobardía infame, subiéndose al primer bote disponible y poniéndose a salvo, mientras en el barco quedaban cientos de pasajeros. La inmensa mayoría no sabía nadar. Los botes de estribor estaban sumergidos. Y la mayor parte de los de babor habían quedado inservibles. Se armó una batalla campal entre los viajeros, que se disputaban los pocos chalecos y aros salvavidas.

Muchos pobres de Europa emigraban a Américaa principios del siglo XX como polizones o sobornando a la tripulación

Entre el pasaje había artistas que hacían las Américas, como Lola Millanes, una cantante de zarzuela. Al ver que el barco se hundía y que no sabía nadar, le pidió un revólver a su acompañante. No le dio tiempo a suicidarse. Cayó al agua y se hundió. Su cadáver apareció en Torrevieja, según relata el historiador Luis Miguel Pérez Adán, autor de El naufragio del Sirio.

El heroísmo de un pescador salvó 200 vidas

Desde la playa y el puerto de Cabo de Palos, veraneantes y pescadores veían estupefactos la silueta del barco en el horizonte, a unos cinco kilómetros. La tragedia hubiera sido aún mayor de no ser por héroes como Vicente Buigués, un pescador. Llegó al Sirio con su laúd -una embarcación de vela latina- y arrió un bote, pero este volcó ante la cantidad de gente que trataba de abordarlo. Entonces decidió realizar una maniobra casi suicida, aunque primero tuvo que ‘convencer’ a su tripulación, pistola en mano, para realizarla. Puso proa al Sirio y empotró su velero contra el casco, clavando el bauprés como si fuera el pico de un pez espada para que los pasajeros lo usaran como pasarela. Así consiguió salvar a unos 200. Otros pescadores también se acercaron. No los grandes buques de línea, que no prestaron socorro.

En total fueron rescatadas más de 400 personas. Pero muchos de los que se echaron al mar desesperados podían haber sobrevivido porque el Sirio siguió flotando durante 16 días antes de partirse en dos y hundirse. El capitán, que se mostró indiferente durante los interrogatorios y dijo tener «la conciencia tranquila», estuvo a punto de ser linchado, por lo que fue trasladado a Italia en tren. La prensa tuvo material durante varios años, hasta que otra catástrofe, la del Titanic, en 1912, acaparó los titulares.

El saqueo del gigante

El transatlántico tardó 16 días en hundirse por completo. Durante ese tiempo, el barco fue saqueado a conciencia. Equipajes, vajillas, útiles de navegación… Desapareció hasta la caja fuerte, donde se guardaban joyas, dinero, títulos de Bolsa… Fue encontrada bajo las aguas dos meses más tarde, a 46 metros de profundidad. Estaba vacía, pero la cerradura no presentaba signos de violencia. Nunca se descubrió a los ladrones, aunque se especuló que había sido la misma tripulación.

PARA SABER MÁS

El naufragio del Sirio, de Luis Miguel Pérez Adán. Editado por Caja Murcia y el Instituto Cartagenero de Investigaciones Científicas.

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