El doctor Max Jacobson introdujo el ‘speed’ en Hollywood y la Casa Blanca. Inyectaba un ‘cóctel personal’ cargado de anfetaminas. Cecil B. DeMille, Truman Capote y hasta John Kennedy fueron sus pacientes. Por Silvia Font

En 1972, durante la campaña electoral que llevó a Richard Nixon a la Casa Blanca, The New York Times recibió un chivatazo sobre el candidato a vicepresidente Spiro Agnew. La filtración aseguraba que el político se inyectaba anfetaminas en la consulta de un misterioso médico de Manhattan. La investigación fue asignada a dos reporteros de la sección de salud, que no consiguieron pruebas concluyentes sobre Agnew, pero encontraron una lista de pacientes mucho más interesante: figuras de Broadway y Hollywood, escritores, cantantes y políticos tomaban anfetaminas «para subir el ánimo».

El médico resultó ser el doctor Max Jacobson, que para entonces llevaba más de tres décadas inyectando unos compuestos de elaboración propia cuyo principal ingrediente era la anfetamina, un estimulante hoy conocido como speed -y que hasta la década de los setenta era legal-, a estrellas como Tennessee Williams, Anthony Quinn o Marilyn Monroe, al cantante Eddie Fisher, al escritor Truman Capote, al director de cine Cecil B. DeMille e incluso al matrimonio Kennedy.

El alemán afincado en la Gran Manzana no era el único, pero sí el más conocido de un grupo de médicos de Nueva York -como los doctores Robert Freyman, que abastecía a los Beatles, y John Bishop, con clientela más underground– que se especializaron en prescribir y suministrar anfetaminas no para curar enfermedades, sino para realzar el ánimo de pacientes sanos.

Su consulta en el Upper East Side de Manhattan estaba abarrotada y, sin duda, Jacobson contaba con la clientela más glamurosa de la capital, que podía acudir a cualquier hora del día. Tan laxo era el procedimiento de los médicos entonces que algunos pacientes realizaban rutas por distintos especialistas para conseguir varias dosis de anfetaminas en un mismo día.

Cobayas humanas

«Mi padre solo quería que las personas se sintiesen mejor y fuesen más productivas», defendía Jill Jacobson, la hija del doctor con su segunda esposa, en una entrevista realizada para el documental Everybody want to see Max. Ella, que en ocasiones ayudaba a su padre a dispensar las inyecciones, defiende que era un científico «adelantado a su época» que «solo quería curar enfermedades, especialmente en el campo de la esclerosis múltiple», aunque nunca quedó probado que llevara una investigación real sobre ello.

Cecil B. DeMille lo llevó a Egipto para que, con sus inyecciones, lo ayudase a terminar el rodaje de ‘Los diez mandamientos’

De lo que sí hay constancia es de que Jacobson se usó a sí mismo como cobaya humana de sus pruebas farmacológicas, lo que pudo haber mermado su capacidad para valorar las necesidades de sus pacientes.

Refugiado de la Alemania nazi

Jacobson -hijo de un carnicero kosher alemán- huyó del nazismo con su mujer, Alice, y su hijo, Thomas -que también estudió Medicina y ayudó a su padre- y se asentó en Nueva York, donde retomó la relación con viejos conocidos que como él se refugiaron en Estados Unidos; entre ellos, el director de origen polaco Billy Wilder. También allí retomó su relación con un amor platónico, Nina Hagen (nada que ver con la cantante punk), con quien se casó en 1946 tras divorciarse de su primera mujer. Hagen murió en oscuras circunstancias en 1964. Según sus familiares y amigos, a causa de los continuos tratamientos que la obligaba a inyectarse su marido.

Ya en los años cuarenta comenzaron a llegar a su consulta los primeros pacientes de Broadway, que se convertirían en sus más fieles seguidores. Alan Jay Lerner, exitoso libretista, autor de My fair lady y Un americano en París, y cantantes como Eddie Fisher fueron sus primeros pacientes. Fisher, que acabaría casado con Debbie Reynolds y, después, con Liz Taylor, reconoce en sus memorias que Jacobson era su «dios». Pronto su fama correría como la pólvora en Hollywood. Uno de sus más prominentes pacientes entonces fue el director Cecil B. DeMille, quien llegó a pagarle el viaje a Egipto, donde estaba rodando Los diez mandamientos, para que lo ayudara a terminar con el largometraje, dadas las duras condiciones de rodaje en el desierto.

Un doctor al servicio del presidente

Otro hombre con una agenda estresante por aquel entonces era John F. Kennedy, quien en 1960 aspiraba a presidir los Estados Unidos. Kennedy sufría una lesión crónica de espalda desde joven que le causaba terribles dolores; consecuencia de ello vivía entregado a diversos fármacos, antibióticos y corticoides. En 1960, justo antes de sus debates electorales con Nixon, sumaría a su cóctel habitual los viales del doctor Max Jacobson.

Esa sería la primera vez que recurriría a Jacobson, pero no la última. Presentado por Chuck Spalding, un viejo amigo de Harvard y también asiduo a las ‘mágicas’ inyecciones, Kennedy convertirá a Jacobson en unos de sus médicos personales e indispensable en los eventos más decisivos de su carrera política.

El médico alemán y su esposa se convirtieron en la sombra del político. Acompañaron a los Kennedy en la ceremonia inaugural tras ganar las elecciones, a su encuentro en París con el presidente francés Charles de Gaulle y a la Cumbre de Viena con el presidente soviético Nikita Kruschev en junio de 1961. JFK no quería arriesgarse a «tener ninguna complicación con su espalda», escribía el propio Jacobson en unas memorias que conservaba su tercera mujer, Ruth Jacobson, y a las que pudo acceder el periodista Peter Keating.

Esta cercanía al doctor Jacobson permaneció en secreto hasta años después del asesinato del presidente y los detalles ven la luz con cuentagotas en diversas memorias del presidente. Pero, lógicamente, ha despertado suspicacias de algunos historiadores que sopesan cuán afectado estaba Kennedy por los efectos de las sustancias suministradas.
De lo que no hay duda es de que Jacobson estuvo siempre de guardia para el matrimonio Kennedy. La Casa Blanca podía llamar en cualquier momento a su consulta en Nueva York con el nombre en clave ‘Mrs. Dunn’ y Jacobson se trasladaba de inmediato a Washington D. C. Los registros de entrada oficiales de la Casa Blanca muestran más de una treintena de visitas entre 1961 y 1962.

El servicio secreto empieza a sospechar

La cada vez mayor cercanía del doctor con el presidente levantó sospechas entre los servicios secretos. Sus médicos también mostraron su preocupación por los tratamientos de Jacobson. Uno de ellos, Hans Kraus -el cirujano ortopeda de Kennedy-, llegó a amenazar al presidente con hacerlo público si no dejaba las inyecciones. «Ningún presidente con su dedo en el botón rojo es quien para tomar sustancias como esas».

Kennedy telefoneaba al doctor con el nombre en clave de Mrs. Dunn. El médico lo atendía las 24 horas

Lo cierto es que nunca se llegó a descubrir qué contenían exactamente los preparados de Jacobson. Las investigaciones del comité médico de Nueva York, tras publicarse el artículo en The Times, descubrieron que Jacobson había adquirido en cinco años anfetaminas suficientes para dispensar más de cien mil dosis al año, pero no pudieron descifrar el resto de los componentes de sus ‘compuestos vitamínicos’.

Trágicos finales

Truman Capote fue uno de sus más notables pacientes y uno de los pocos sin miedo a reconocer que, tras seguir una serie de tratamientos con él y tener que abandonarlos para irse a Europa, colapsó y tuvo que ser hospitalizado, una reacción habitual por el abandono del consumo de anfetaminas.

Otros corrieron peor suerte. El fotógrafo Mark Shaw, amigo íntimo de Jacobson y de JFK y autor del libro de instantáneas más íntimo de la familia Kennedy en la Casa Blanca -dedicado, por cierto, «a mi amigo y compañero el doctor Max Jacobson»-, apareció muerto en su casa en 1969. El médico encargado de la autopsia determinó que había sufrido una «intoxicación aguda y crónica por anfetaminas».

Tras varios años de investigación por parte de la Oficina Federal de Narcóticos y Sustancias Peligrosas, en 1977 el Colegio de Médicos revocó la licencia de Max Jacobson para ejercer la medicina. Apenas dos años más tarde el ‘alquimista de la anfetamina’ falleció a los 79 años, pero hoy su ‘legado’ está más vivo que nunca en un país, Estados Unidos, sumido en una crisis nacional de consumo de opioides por prescripción médica.

PARA SABER MÁS

Everybody want to see Max. Documental de Martin Kasindorf.

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