Huyeron de Alemania. Se entrenaron en Estados Unidos y regresaron para combatir y buscar a sus familias. Un libro recuerda su importante papel en la Segunda Guerra Mundial. Por José Segovia

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Guy Stern trataba de controlar el pánico a bordo de la lancha de desembarco. Zarandeada por el fuerte oleaje, la nave avanzaba hacia la playa de Omaha tres días después del desembarco aliado en Normandía. Además del miedo, a este judío alemán le angustiaba otro aspecto de su inminente bautismo de fuego. ¿Qué le haría la Wehrmacht si lo capturaba y lo identificaba como un traidor que ahora colaboraba para los servicios de inteligencia del enemigo?

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Los barracones de Camp Ritchie, invierno de 1944

Para disipar sus temores, Guy recordó que los nazis eran los culpables de que sus padres se hubieran visto obligados a enviarlo lejos de Alemania cuando tenía quince años. La Gestapo había sacado a su familia de su hogar en el pueblo de Hildesheim para trasladarla al gueto de Varsovia. Tenía motivos de sobra para odiar a Hitler, cuyo régimen dictatorial le había arrebatado su nacionalidad alemana.

Una vez desembarcó en la playa de Omaha, Guy escuchó el zumbido de los obuses alemanes sobre su cabeza. En la arena todavía yacían algunos de los cadáveres de los soldados de la 1.ª y la 29.ª División de Infantería estadounidense, que habían muerto en aquel lugar el 6 de junio de 1944. A instancias del oficial al mando, Guy inició los interrogatorios a los soldados capturados para sonsacarles información sobre las defensas costeras alemanas en la zona.

Uno de ellos había sido guardia en el campo de concentración de Sachsenhausen, a unos treinta kilómetros de Berlín, en cuyos barracones se hacinaban miles de judíos, comunistas y delincuentes comunes. El prisionero le contó con total naturalidad que con frecuencia se había ofrecido como voluntario para el pelotón de fusilamiento, ya que los oficiales del campo le premiaban con permisos para ir a la capital, donde podía asistir a conciertos de Beethoven y Mozart, sus compositores preferidos.

Los sueños rotos

Guy tuvo una feliz infancia en Hildesheim, una de las ciudades más pintorescas del norte de Alemania. Su vida transcurrió plácidamente hasta que todo se rompió bruscamente en 1933, cuando los nazis llegaron al poder y comenzaron a aprobar leyes contra los judíos. Asustados por la violencia y el odio que crecían a su alrededor, sus padres decidieron salir del país. Pero solo lograron un único permiso para emigrar a Estados Unidos, y decidieron dárselo a Guy, su hijo mayor.

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La familia de Guy Stern solo consiguió un permiso para salir de Alemania. Se lo dieron a él por ser el hijo mayo. Guy regresó a buscarlos

Guy fue uno de los jóvenes judíos alemanes que se refugiaron en Estados Unidos huyendo de la barbarie nazi, de los cuales unos dos mil se alistaron en el Ejército para ser asignados posteriormente al Centro de Entrenamiento de Inteligencia Militar, conocido como Camp Ritchie, en Maryland. Su lengua materna y el conocimiento de la mentalidad germana los hacía perfectos para los interrogatorios y la contrainteligencia en los campos de batalla europeos.

Martin Selling fue otro de los judíos alemanes que recalaron en Camp Ritchie. Pocos años antes de que estallara la guerra, fue arrestado por la Gestapo e internado en el campo de concentración de Dachau. Sin apenas esperanzas de salir vivo de aquel infierno, el joven judío alemán fue liberado milagrosamente en enero de 1939. Tras pasar un tiempo en Inglaterra, Martin pudo viajar a Estados Unidos, donde pronto fue reclutado por el Ejército, que lo destinó a tareas de inteligencia.

Martin no sabía qué había pasado con su familia, que se vio obligada a permanecer en Alemania. A esa incertidumbre se añadía su propia experiencia en Dachau, donde había sufrido el trato inhumano que recibían los judíos y los desafectos al régimen. La venganza fue la motivación que lo impulsó a alistarse en el Ejército estadounidense.

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Martin Selling estuvo prisionero en Dachau. Destacó como interrogador de enemigos

Sus instructores organizaron maniobras militares en las que los alumnos vestían uniformes de la Wehrmacht, lo que alarmó a muchos granjeros de los alrededores, que veían pasar ante sus narices camiones blindados marcados con esvásticas y cargados de soldados alemanes. Las autoridades militares los tranquilizaron y en poco tiempo se acostumbraron a la presencia de esos muchachos que jugaban a la guerra en sus campos de Maryland.

Divididos en pequeños grupos y bautizados como los Ritchie Boys, esos judíos alemanes se incorporaron a distintas unidades militares para recabar información sobre los movimientos de tropas y las posiciones de los alemanes. Por motivos de seguridad, se advirtió a los Ritchie Boys de que no debían contarle a nadie, ni a sus familiares, que estaban trabajando en inteligencia.

Primer destino: luchar en África

«A algunos de los miembros de las primeras promociones de Camp Ritchie se los envió con rapidez al extranjero para participar en la invasión británico-estadounidense del norte de África, a finales de 1942», señala Bruce Henderson, autor de Hijos y soldados (Crítica), un libro que recoge los recuerdos de esos judíos, cuya actividad en los campos de batalla es un capítulo desconocido de la Segunda Guerra Mundial. Este periodista estadounidense afirma que, a través del interrogatorio de prisioneros alemanes, los Ritchie Boys obtuvieron una información muy valiosa para la derrota del Afrika Korps de Rommel y para el avance de los aliados en Francia.

A Werner Angress, otro judío alemán refugiado en Estados Unidos, lo asignaron a la 82.ª División Aerotransportada. Le aseguraron que recibiría adiestramiento en paracaidismo antes del Día D, pero las semanas fueron pasando y Werner no efectuó ni un salto.

“Al saber que su captor era exprisionero de Dachau, el nazi perdió el control de esfínteres”, cuenta Henderson

Preocupado por su madre y sus hermanos -que permanecían en la Holanda ocupada por los nazis-, Werner se lanzó, sin estar entrenado, desde un avión C-47 sobre los ríos Douve y Merderet la noche del 5 al 6 de junio de 1944. Él y sus compañeros tenían que tomar la estratégica ciudad de Sainte-Mère-Église, situada en la retaguardia alemana.

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Werner Angress, paracaidista (Foto familiar)

Werner tuvo mala suerte. Aterrizó a unos quince kilómetros del objetivo y fue hecho prisionero por el enemigo. Tras dos semanas de cautiverio en Cherburgo, el 27 de junio fue liberado por las tropas aliadas. De inmediato, Werner se incorporó a su regimiento y en uno de sus primeros interrogatorios tuvo la fortuna de encontrar entre las pertenencias de un prisionero un mapa en el que figuraban todas las minas que había esparcido el enemigo en la zona. Su hallazgo salvó la vida a muchos soldados estadounidenses.

Cara a cara con el enemigo

Martin Selling fue asignado a la 35.ª División de Infantería, que estaba al mando del legendario general George S. Patton. Un mes después del Día D, la división de Martin llegó a Normandía y fue desplegada al norte de Saint-Lô. Uno de los primeros prisioneros a los que interrogó fue un médico militar que le proporcionó detalles acerca del número de efectivos con que contaban los alemanes y su localización.

Gracias a esa información, la artillería estadounidense acabó con el puesto de mando y los principales puntos de defensa del enemigo. Extrañado por su alemán impecable, uno de los prisioneros le preguntó dónde lo había aprendido. Martin le dijo en tono cortante que era compatriota suyo y que estuvo cautivo en Dachau, donde pudo ver cómo las SS interrogaban a los prisioneros. «Al darse cuenta de que tenía delante a un exprisionero de un campo de concentración nazi, el alemán se llevó un susto tan tremendo que perdió en el acto el control de sus esfínteres», recuerda Henderson.

Eran dos mil soldados y su labor, hasta ahora desconocida, fue fundamental para el triunfo de las tropas aliadas

En abril de 1945, con los hombres de Patton acercándose con rapidez desde el oeste, las SS comenzaron a evacuar el campo de concentración de Buchenwald, ubicado a ocho kilómetros de la ciudad de Weimar, famosa por ser el hogar de Goethe. Lo que vio Guy Stern en aquel infierno le arrebató las pocas esperanzas que albergaba de encontrar vivos a los suyos al final de la guerra.

El horror de los campos de exterminio

A medida que fueron adentrándose en Alemania, los Ritchie Boys encontraron más y más soldados alemanes que reconocían haber trabajado como guardias en los campos de exterminio. Muchos eran incapaces de entender su responsabilidad en aquellas atrocidades.

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Práctica de interrogatorio de prisioneros en Camp Ritchie

El 30 de abril de 1945, Werner Angress oyó a un soldado estadounidense vocear «Hitler se ha suicidado». El interrogador judío tomó una botella de vodka, se sirvió un trago y brindó por el Führer muerto: «¡Que se pudra eternamente!». Una vez que finalizó la guerra, Guy Stern se trasladó a su ciudad natal de Hildensheim, donde le dijeron que los suyos -al igual que el resto de las familias judías- fueron deportados al gueto de Varsovia. Nunca regresaron.

Profundamente dolido por aquella pérdida, a Guy solo le quedó la satisfacción de haber contribuido a la derrota del nazismo. Las desconocidas historias de Guy y las de sus compañeros de Camp Ritchie salen ahora a la luz, ochenta años después del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

PARA SABER MÁS

Hijos y soldados, Bruce Henderson. Editorial Crítica, 2019.

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