La barba ha sido símbolo de valentía, sabiduría o autoridad. Pero también la han prohibido los reyes, los ejércitos y las religiones. O la han impuesto. La historia del vello en el rostro se inmiscuye en la política, el estatus social e incluso los impuestos. Un nuevo libro ahonda en su sorprendente devenir. Por Fátima Uribarri

La barba: historia de una tendencia

Moisés, Alejandro Magno, Julio César o el zar Pedro I el Grande han determinado el que generaciones de hombres lucieran barba o estuvieran obligados a rasurarse. Moisés -a quien se representa con una barba abundante- exigía a los levitas (una de las doce tribus de Israel) que para ejercer el sacerdocio se cortaran la barba y se afeitaran el cuerpo. Figura en la Biblia, en el Levítico. Es posible que Moisés, que se crio en Egipto, se contagiara allí de la afición al rasurado.

Alejandro Magno obligó a sus soldados a afeitarse para evitar que los enemigos los derribaran en combate agarrando sus barbas

Los faraones y los nobles lucían lustrosas cabezas afeitadas y se rasuraban enteros. Y, sin embargo, la barba era un símbolo de divinidad. Por eso, los faraones las llevaban postizas, de oro y metal, y se las ajustaban detrás de las orejas. Ellos y ellas. También las faraonas, como Hatshepsut, usaban barbas falsas.

El vello facial ha sufrido a lo largo de los siglos todo tipo de vicisitudes: se ha exigido, prohibido, esculpido, regulado… Se ha inmiscuido en la religión, en los ejércitos (en muchos se sigue prohibiendo todavía porque entorpece el cierre de las mascarillas) y en los impuestos. Ha marcado el estatus económico y social; se ha vinculado a la medicina, a la política.

Ha habido grandes personajes determinantes en la historia de la barba. Alejandro Magno, por ejemplo, fue a contracorriente en sus decisiones sobre el aspecto de sus soldados. Los obligó a afeitarse para evitar que los enemigos se pudieran agarrar de sus barbas y derribarlos en las batallas. Él tampoco la llevaba, algo extraño porque en muchas culturas antiguas el hombre barbudo ha simbolizado bravura y poder.

Era así en la antigua Mesopotamia: los sumerios, caldeos, asirios y babilonios de las élites alardeaban de sus rostros peludos. Y se los cuidaban: se rizaban las barbas con tenacillas y se hacían tirabuzones. Los persas del gran Ciro y los que vivieron después bajo Jerjes, Darío y el resto de los emperadores de la antigua Persia peinaban largas barbas rizadas. Los vikingos de Escandinavia se preocupaban tanto de las suyas que incluso colocaban navajas de afeitar en sus tumbas. se han encontrado algunas de cobre con los mangos adornados con figurillas de caballos.

También en la antigua Grecia mandaba la barba. Los dioses más poderosos de su panteón, como Zeus y Poseidón, se representaban barbudos para envolverlos de autoridad y sabiduría. Lucían vello facial los filósofos y todo el que quisiera estar a buenas con la sociedad del momento: ser barbilampiño no estaba bien visto, se consideraba un signo de afeminamiento.

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De izquierda a derecha: Judío Jasídico; Sij; Rastafari; Amish

Los antiguos griegos solo se afeitaban si estaban de luto. La cara lisa era una declaración de dolor. O de culpa si se vivía en la brava Esparta: a quienes se habían mostrado cobardes en el campo de batalla se les rasuraba la cara como castigo.

AFEITADO EN LA CAVERNA

Así que Nabucodonosores, Ciros, Daríos, Sócrates, Odines y otros emperadores, sabios y dioses durante siglos han sido barbudos. Y, sin embargo, antes que ellos, durante la gélida Prehistoria, cuando una barba frondosa era un buen abrigo, parece que existió el afeitado. Se han encontrado pinturas rupestres datadas alrededor del año 30.000 a. C. con hombres rasurados. Se han hallado pruebas de que los rudos cavernícolas se depilaban la cara utilizando almejas a modo de pinzas y se rapaban con piezas de sílex, pedernales y conchas marinas como navajas. Sorprendente.

«Los hombres relevantes de las primeras tribus eran médicos y sacerdotes que ejercían también como peluqueros. Creían que los espíritus buenos y malos entraban al cuerpo a través del cabello y que la única manera de expulsarlos era cortándolo», cuenta el capitán Peabody Fawcett en el libro Hombres y barbas (ed. Oberón) Los hombres relevantes han marcado estilo.

El dictador romano Julio César, por ejemplo, no llevaba barba. Claro que los antiguos romanos tenían normas sociales muy distintas a las de los griegos. En los últimos años de la República romana, el primer afeitado se realizaba durante la depositio barbae, una ceremonia que marcaba la entrada en la edad adulta. A los adolescentes ya velludos se los afeitaba y recibían la toga virilis. Unos mechones de sus barbas se ofrecían a los dioses, y otros se guardaban en cajitas. Y, al contrario que en Grecia, si se estaba de luto se lucía barba: Augusto se la dejó cuando murió Julio César.

En la Roma lampiña cambió la tendencia el emperador Adriano, que se dejó barba para ocultar unas cicatrices de la cara.

DENTISTAS Y CIRUJANOS

Con el tiempo, los barberos acumularon tareas. En la Edad Media, también eran dentistas y cirujanos. De ahí viene su símbolo, un cilindro listado que se ponía fuera para anunciar que se realizaban sangrías.

Como en todo, la moda iba y venía. En el siglo XV triunfó el afeitado; en el XVI imperaron las barbas incluso muy largas, como la de Leonardo da Vinci; en el XVII dejaron de estar de moda, no la utilizaron Isaac Newton ni Luis de Góngora, por ejemplo, aunque sí la lucieron -pequeña, al ‘estilo mosca’- sus colegas Lope de Vega y Quevedo.

A team of barbers pose outside their shop, early twentieth century . Various signs, including those on the barber poles, advertise manicures, massage, and shoeshines, in addition to hair cuts. (Photo by Vintage Images/Getty Images)

Los barberos de la Edad Media colocaban un poste con vendas blancas y rojas para anunciar que realizaban sangrías. Luego en Estados Unidos añadieron la línea azul

Los pelos han sido cosa importante, incluso asunto de Estado. Como el zar Pedro I el Grande quería desembrutecer Rusia y europeizarla, decretó, en 1698, que sus súbditos se afeitaran. Lo ordenó. Y luego, en 1705, estableció un impuesto sobre las barbas para animar al afeitado a quienes todavía fueran reticentes a pasarse la cuchilla.

Las caras lisas ganaron terreno como tendencia en el siglo XVIII, la época de los pelucones empolvados tan del gusto de Versalles. Aquella moda añadió otro quehacer a los barberos, el de fabricantes de pelucas.

Después, en el siglo XIX regresaron los rostros peludos. Así lucían Napoleón III de Francia, Alejandro II de Rusia o Karl Marx, Charles Dickens, Charles Darwin y otros personajes ilustres de entonces. La guerra de Crimea fue determinante en esta afición. «A los soldados británicos se les ordenó hacer crecer sus barbas durante las guerras en India y Asia para impresionar a las culturas que las respetaban o temían», se explica en Hombres y barbas. Cuando estos soldados volvieron a casa, marcaron tendencia.

En el siglo XX, las barbas se fueron. Y volvieron con los hippies. Mientras se producía el ir y venir de pelos sí, pelos no, el instrumental del barbero evolucionaba. La brocha de pelo de tejón nació en Francia en 1748; un serbio, Nikola Bizumic, ideó la maquinilla; en 1895, King Camp Gillette inventó las hojas de afeitar desechables; en 1921, Leo J Wahl patentó la maquinilla eléctrica… Y lo que vendrá.

PARA SABER MÁS

Hombres y barbas, del capitán Peabody Fawcett. Editorial Oberón.