Viajaban a miles de kilómetros, hasta Labrador y Terranova, para cazar cetáceos. Lo hacían a bordo de ágiles y pequeñas chalupas, jugándose la vida. Una historiadora canadiense acaba de ser premiada por sus descubrimientos sobre el poderío de los balleneros vascos en el siglo XVI, cuando eran los mejores del mundo. Por Fátima Urribarri/Infografía National Geographic

• 6 cosas que debes saber sobre la ballena

Si el arpón prendía en el lomo de la ballena, esta se revolvía -fiera y dolida- y se zambullía irritada. El arpón de los balleneros vascos iba atado a una estacha (una cuerda gruesa) que también anudaba una boya de madera para no perder la pista del animal sumergido. Los cinco remeros de la chalupa, el timonel y el arponero no debían perder la concentración. El ‘bicho’ podía emerger en cualquier momento y lanzarlos por los aires con un aletazo.

Estaban unidos a la ballena: la estacha estaba atada a la proa de la chalupa. Se deslizaban -dicen los textos antiguos que «a velocidad de caballo»- remolcados por el animal furioso. La batalla era tremenda: un puñado de hombres frente a un coloso luchando por su vida; un animal tan imponente que -como escribieron Cristóbal López de Zandategui y Luis Cruzat en 1583- «con solo el aire de ella mueren los hombres».

Entonces, en el siglo XVI, los vascos eran los líderes indiscutibles de la caza de ballenas en el mundo. Su técnica era la más provechosa. Oteaban desde atalayas y, cuando el vigía las avistaba, salían en las ágiles chalupas tras ellas. Después del primer arponazo esperaban a que la ballena emergiera de nuevo para asestarle otro. El animal se iba debilitando. Cuando sacaba de nuevo el cuerpo, desde la chalupa la asaeteaban con las lanzas sangraderas. El mar se enrojecía todo alrededor. Tras un par de horas de lucha, la ballena moría.

Su destreza era tal que controlaron el mercado mundial de aceite de ballena, una especie de petróleo de la época

Era mercancía muy valiosa: su grasa se convertía en aceite -‘saín’ se llama- muy bueno para el alumbrado porque al arder no desprende humo ni mal olor. Por eso, los balleneros preferían cobrar en barricas de aceite. Las barbas eran uno de los pocos materiales flexibles de la época y se utilizaban como varillas de sombrillas, en los corsés o para las venencias. Los huesos servían como material de construcción y para fabricar muebles.

La carne, sin embargo, no era tan valiosa en España. Se vendía a Francia o a los puertos del norte de Europa. En nuestro país no traía cuenta. Era difícil de transportar a lomos de mulas por caminos de tierra sin apenas nieve para conservarla.

Cruzar el océano

Cuando los cetáceos empezaron a escasear en la costa vasca, los pescadores de Labort (sur de Francia), de Guipúzcoa y Vizcaya se acercaron a faenar a Asturias y Galicia. Después cruzaron el Atlántico tras ellas y tras el bacalao, muy abundantes en Canadá. Su manera de pescar los convirtió en los reyes del arponeo. Tanta fue su destreza que en el siglo XVI rozaron el monopolio mundial en el suministro de aceite de ballena, una especie de petróleo de la época; muy demandada también para hacer jabones e incluso medicinas.

Crearon el vasco-algonquino, una lengua simplificada para comunicarse con tribus pacíficas como los micmacs y los innus

Gracias a las investigaciones de la historiadora canadiense Selma Huxley Barkham, que acaba de recibir el Premio de la Sociedad Geográfica Española, sabemos mucho de los balleneros vascos del siglo XVI en Canadá. Para instalarse, aprovecharon el abrigo de bahías naturales como Red Bay, en el estrecho de Belle Isle que separa la región de Labrador de la isla de Terranova. Era un lugar rico en ballenas porque estaba enclavado en una vía migratoria. En Red Bay se han localizado 15 estaciones balleneras y al menos 12 puertos utilizados por los arrantzales del siglo XVI.


La penetración canadiense de los vascos fue tal que incluso dio lugar a un pidgin, una lengua simplificada entre comunidades que no se entienden, como un código común. En Canadá, el trato comercial entre los indígenas y los vascos dio lugar al pidgin vasco-algonquino, con el que se comunicaban con tribus como los micmacs y los innus, conocidos entonces como montagnais.

Fueron tiempos de apogeo, sobre todo entre 1560 y 1570. En solo esos años, según cálculos de Selma Huxley, se botaron unas 30 naves con hasta 2000 hombres procedentes de los puertos de Guipúzcoa y el sur de Francia. Los vascos viajaron en expediciones que duraban hasta nueve meses, durante los que podían matar hasta 400 ballenas y producir 20.000 barricas de aceite.

Comerciantes y financieros de Bilbao, Vitoria y Burdeos llevaban los números y los papeles. De los seguros se encargaban en Burgos. Los archivos burgaleses han sido uno de los hilos de los que tiró Selma Huxley para desentrañar el antiguo poderío ballenero vasco. Gracias a las averiguaciones de la historiadora canadiense, que ha vivido en Burgos, Bilbao y Oñate consultando legajos, documentos, pólizas de seguros o testamentos, se ha descubierto en Red Bay el pecio de la nao San Juan. Era una ballenera y pesquera no muy grande, de 200 toneladas (las había de hasta 700). Cuando se hundió, estaba lista para la travesía de vuelta con unas mil barricas de aceite de ballena en las bodegas. Su pecio se rescató y algunas piezas se conservan en el centro de interpretación Red Bay Basque Whaling Station.

Hundirse era una de las muchas penalidades posibles. Podían naufragar de camino a Canadá; podían caer golpeados durante la caza; o morir en un enfrentamiento con los belicosos innuits o en uno de los choques entre los vascos del sur de Francia y los del norte de España, que los hubo, pues eran súbditos de unos monarcas, los Valois y los Habsburgo, en guerra casi permanente.

De los seguros de los balleneros se encargaban en Burgos. Los archivos burgaleses han sido vitales para su estudio

Además, la vida en Labrador y Terranova era fría e incómoda. Los balleneros dormían en las naves que hacían de almacenes flotantes, poco confortables y malolientes. Se sumaba el peligro de que el hielo se presentara antes de que estuvieran preparados para volver a casa y los obligara a pasar allí un invierno extremo. «Especialmente trágica fue la invernada de 1576, que acabó con más de 300 balleneros», se cuenta en Balleneros vascos, de José María Unsain.

La nao San Juan, barco ballenero del siglo XVI. Naufragó en Red Bay (Canadá) en 1565 debido a un fuerte temporal cuando estaba cargada de barriles de aceite de ballena lista para volver a casa

Nada era fácil. El troceado de la ballena franca se hacía con el animal amarrado al barco, en el agua. Se subían a su lomo varios hombres armados de instrumentos muy cortantes y calzados con unos armazones con pinchos de hierro para no resbalarse. No eran raros los accidentes. Tampoco era agradable el trabajo en los hornos para derretir la grasa, que al principio estaban en la costa y en el siglo XVII se instalaron en los propios barcos, lo cual añadía un nuevo peligro a la navegación.

Pero en el siglo XVII acabó la primacía ballenera de los vascos. Ingleses y holandeses aprendieron de ellos su técnica de caza y luego los adelantaron. Los nuevos balleneros pusieron rumbo a las aguas de Islandia, Noruega y Groenlandia. Entró el Ártico en escena. Apareció la pólvora para ayudar al arpón… Terminó una época de la caza de la ballena, la que dominaron los vascos.

PARA SABER MÁS

Balleneros vascos. Imágenes y vestigios de una historia singular. Libro de José María Unsain, editado por el Museo Naval de San Sebastián.

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