Temible en el campo de batalla, torpe con los poderosos y siempre indómito, Rodrigo Díaz de Vivar recorrió miles de kilómetros a lomos de Babieca peleando, saqueando o escapando hacia el destierro. Ahora, diez siglos después de sus andanzas, se puede recorrer la ruta que el Campeador transitó durante su vida, llena de aventura y también de leyenda. Por Carlos Manuel Sánchez

La ruta del Cid Campeador

La ruta del Cid Campeador

Recorremos las andanzas del Cid Campeador por la ruta que atraviesa España de noroeste a sudeste y sigue las huellas literarias de este caballero del siglo XI. Por C. M.Sánchez Desde…

Los trovadores nunca contaron la verdad sobre el Cid. Era un personaje incómodo y peligroso para el poder. Temible en el campo de batalla y un pardillo en la corte, Rodrigo Díaz (Vivar, Burgos, circa 1048; Valencia, 1099) fue un señor de la guerra, pero antes que nada fue un rebelde.

Puso su espada al servicio del mejor postor, sirviendo tanto a reyes cristianos como a moros, hasta que harto de calumnias y traiciones guerreó por su cuenta, sin importarle la religión del enemigo. Incluso tuvo la osadía de proclamarse príncipe; algo intolerable para un noble de segunda fila. Un siglo después de su muerte, la poesía se puso al servicio de la política y un cantar de gesta manipuló la historia para convertirlo en un obediente vasallo. El mito fue adornándose según lo que conviniese en cada época: héroe de la Reconquista, ejemplo de piedad (incluso se promovió su canonización), aventurero romántico, estandarte del franquismo…

El Camino del Cid transcurre por 39 conjuntos históricos, espacios naturales, castillos, atalayas…

«El caso del Cid es excepcional. Aunque su biografía corrió durante siglos entreverada de leyenda, hoy conocemos su vida real con bastante exactitud e incluso poseemos un autógrafo suyo, su firma al dedicar a la Virgen María la catedral de Valencia en 1098», dice el filólogo e historiador Alberto Montaner, catedrático de la Universidad de Zaragoza.

Una excelente manera de acercarse a esta figura es recorrer el Camino del Cid, que atraviesa España de noroeste a sudeste y sigue las huellas literarias de este caballero del siglo XI. Debido a su longitud (unos 1400 kilómetros) está dividido en rutas tematizadas de entre 50 y 300 kilómetros. La principal guía de viaje es el Cantar de Mío Cid, el gran poema épico. Hay ocho hitos de origen medieval declarados Patrimonio de la Humanidad; entre ellos, el arte mudéjar aragonés, el Tribunal de las Aguas de Valencia, el Palmeral de Elche o la catedral de Burgos. También el Camino de Santiago, con el que engarza en tierras burgalesas. Algunos de los pueblos más bonitos de España están aquí, nada menos que 39 poblaciones declaradas conjunto histórico, así como grandes espacios naturales, como los sabinares del río Arlanza o las lagunas de Gallocanta. Y, por supuesto, castillos y atalayas. Más de 200…

ESXL El Destierro ok

Una parte importante de las zonas por las que pasa el Camino del Cid eran, en la Edad Media, tierras de frontera poco pobladas. Las cosas no han cambiado mucho desde entonces, como por ejemplo en Soria, el epicentro de la España deshabitada… De las 387 poblaciones integradas en la ruta, 152 tienen menos de 100 habitantes. Por esto, el camino aspira a convertirse en un motor que dinamice la España despoblada.

SU VISIÓN DE LAS COSAS

El origen contemporáneo del Camino del Cid como destino de viajeros intrépidos se remonta a finales del siglo XIX, cuando el mecenas estadounidense Archer Milton Huntington -fundador de la Hispanic Society, con sede en Nueva York– viajó por España siguiendo los pasos descritos en el cantar. En la actualidad, el camino está señalizado en su totalidad. Y un salvoconducto es la credencial para ir estampando los sellos de las distintas poblaciones por las que se pasa.

Rodrigo Díaz se crio como miembro del séquito del infante don Sancho, primogénito del rey Fernando I de Castilla, León y Galicia. Este, al fallecer, repartió sus reinos entre sus hijos, así como los protectorados de los reinos andalusíes que pagaban las parias, unos tributos a cambio de no ser atacados. Los hijos se enzarzaron en una guerra fratricida.

El joven Rodrigo fue el abanderado de don Sancho, que consiguió unificar todos los territorios de su padre, pero murió en un golpe de mano perpetrado por nobles leoneses descontentos y subió al trono Alfonso VI. La leyenda cuenta que Rodrigo lo obligó a jurar que no participó en la muerte de su hermano. Y que Alfonso nunca se lo perdonaría… Pero no existe constancia del juramento de Santa Gadea. Tampoco de la afrenta de Corpes, cuando sus hijas, Elvira y Sol, fueron presuntamente humilladas por sus maridos. Ni siquiera se llamaban así, sino María y Cristina. Sí que hay constancia de la muerte de su hijo Diego en el campo de batalla.

Rodrigo Diaz, El Cid Campeador

En realidad, Rodrigo gozó al principio de la confianza de Alfonso: el rey lo casó con su prima Jimena. Quizá para atarlo en corto. Mejor tenerlo en sus filas que vérselas con él. Porque el Cid nunca tuvo reparos en cambiar de bandera ofreciéndose como mercenario, hasta que decidió hacerse ‘autónomo’.

Su relación con el rey Alfonso VI fue turbulenta. Dos veces fue desterrado. Una por saquear sin permiso y otra por no acudir a una cita. Tampoco los gobernantes musulmanes que lo ‘ficharon’ pudieron manejarlo a su antojo. Tras el segundo destierro, el Cid se buscó la vida como mejor sabía: con su espada y su caballo. Tizona, arrebatada a un rey marroquí, adquiere propiedades sobrenaturales, como la Excálibur del rey Arturo. Y Babieca es un corcel pequeño y ágil, como los norteafricanos, a diferencia de las pesadas monturas que preferían los cristianos. De hecho, el Cid copia tácticas a sus adversarios, como el tornafuye, una huida en falso para dejar a la caballería enemiga sin el apoyo de los infantes.

El Campeador campaba a sus anchas. Cobraba tributos, dominaba el territorio… Solo los almorávides se le opusieron en tierras levantinas. Y el Cid demostró que podía ser implacable cuando se le resisten. Cuentan los cronistas árabes que, durante la conquista de Valencia, «cortó las rutas de aprovisionamiento, emplazó catapultas y perforó las murallas. Los habitantes, privados de alimentos, comieron ratas, perros y carroña, hasta el punto de que la gente comió gente, pues a quien de entre ellos moría se lo comían».

«Lo que no hay es un claro ideal de Cruzada, nada de ‘conversión o muerte’. Los musulmanes de las plazas conquistadas, aunque no son vistos como iguales, tampoco se encuentran sometidos. Encuentran su lugar como mudéjares, es decir, como musulmanes que conservan su religión, su justicia y sus costumbres, pero bajo la autoridad del gobernante cristiano y con ciertas limitaciones en sus derechos. Sin caer en la tentación de ver en ello una convivencia idílica, no se aprecia en el ideario del Campeador ningún extremismo religioso», matiza Montaner.

Rodrigo Díaz murió de muerte natural como príncipe de Valencia y su esposa, doña Jimena, también de armas tomar, resistió un par de años los intentos musulmanes de recuperar la ciudad, hasta que no tuvo más remedio que huir, llevándose el cadáver de su marido. Un cadáver muy capaz, según los juglares, de seguir ganando batallas.

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