Platón y Aristóteles consideraban a los tiranicidas héroes nacionales. En tiempos del Imperio romano, la eliminación de un dictador se celebraba. Aunque hubo excepciones. Entre ellas, la muerte violenta de Julio César, que fue llorada por el pueblo. Por José Segovia

El militar que sometió al líder galo Vercingetórix y que conquistó por sí solo todo el mundo mediterráneo, al tiempo que libraba una guerra civil contra Pompeyo, creó una guardia personal compuesta por novecientos jinetes germanos y galos que en el campo de batalla formaban a su alrededor una inexpugnable muralla de músculo y acero.

Cuando regresó a Roma, aquella guardia personal fue disuelta y en su lugar se creó una escolta de protección de auxiliares hispanos que seguían a César a todas partes. Meses antes de organizar el magnicidio, el Senado aprobó prestar juramento de lealtad a César, razón por la que el héroe de las Galias decidió licenciar a su escolta de hispanos. Con ese gesto, César trató de lanzar un guiño de normalidad política, al tiempo que demostraba su confianza en los senadores.

El día previo a su asesinato, su esposa, Calpurnia Pisonis, tuvo un sueño premonitorio sobre la muerte violenta de su marido. Ella trató de advertirle, pero César hizo oídos sordos y acudió aquel el 15 de marzo del 44 a. C. a la cita que tenía acordada en el Senado con sus colaboradores más cercanos. Sin guardias que lo protegieran, César fue rodeado por los senadores que fingían pedirle distintos favores.

En Roma, a Julio César lo seguía a todas partes una escolta de protección formada por hispanos

Lucio Tilio Címber dio la señal acordada para asesinarlo. César recibió veintitrés puñaladas en la sala principal de la Curia, aunque se defendió por unos segundos, logrando sacar un afilado estilo con el que hirió a algunos de sus atacantes.

Los conjurados justificaron su crimen como un acto necesario para salvar a Roma de su tiranía. En realidad, los magnicidas actuaron por razones diversas. Algunos lo hicieron para alcanzar mayores cotas de poder; otros, por verdadero sentido republicano; y un pequeño grupo, para vengar la muerte de Pompeyo. Entre ellos se encontraba Bruto, hijo de Servilia Cepionis, y probablemente del propio César. Según Suetonio, las últimas palabras del dictador al ser acuchillado fueron: «¿Incluso tú, hijo mío?». En la obra de Shakespeare, César se dirige al hijo de Servilia diciéndole: «¡Tú también, Bruto, hijo mío!».

Muerte a los triadores

Antonio, Lépido y Octavio -miembros del segundo triunvirato que sucedió a la dictadura de César- ordenaron el ajusticiamiento de prácticamente todos los que conspiraron en el magnicidio.

El testamento del dictador

El dictador César subrayó en sus últimas voluntades que su sobrino nieto Octavio, de 18 años, fuera nombrado su hijo adoptivo. Años después sería coronado como el emperador Augusto.

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