Tormentas furiosas, calmas desquiciantes, un capitán déspota que enfiló hacia el fin del mundo, congelaciones, hambre, torturas, flechas envenenadas, sexo con indígenas… Lo que vivieron los tripulantes de la flota que dio la primera vuelta al mundo -comandada por Magallanes– es una odisea sin igual y una de las mayores proezas de la humanidad. Por Fátima Uribarri

Expedición de Magallanes: ¿qué fue de los cinco barcos?

Expedición de Magallanes: ¿qué fue de los cinco barcos?

La expedición de Magallanes y Elcano fue una apasionante odisea. Un viaje impresionante en el que recorrieron unos 100.000 kilómetros en tres años no exentos de visicitudes. Por F.U. Costean…

La nao avanzaba fantasmal con las velas hechas jirones. Los mástiles estaban partidos; los aparejos, podridos; el casco, desconchado. Los 18 marineros harapientos y famélicos que iban a bordo tenían la lengua inflamada y el cuerpo cubierto de llagas. Eran los únicos supervivientes de los 241 hombres que habían partido de ese puerto tres años antes.

Esta nave ruinosa que apareció frente a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522 era la nao Victoria y había dado la vuelta al mundo. Era un hito colosal. Los historiadores comparan su gesta con la conquista del espacio. Además de dar la vuelta al mundo, sus tripulantes cruzaron América a través de un estrecho ignoto; surcaron el poco conocido océano Pacífico; recorrieron el laberíntico archipiélago de las Filipinas… y cumplieron su misión: encontraron las míticas ‘islas de las Especias’, el Eldorado más ambicionado por las potencias del siglo XVI.

Flota de las Molucas. Así se llamó la expedición de cuyo inicio ahora se conmemora el quinto centenario. Cinco naves partieron de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. Las comandaba Fernando de Magallanes, navegante portugués de fuerte personalidad al que el rey Manuel de Portugal había ninguneado cuando le planteó viajar a las Indias por una nueva vía marítima que llevase a las fabulosas ‘islas de las Especias’. Como el rey portugués lo rechazó, Magallanes propuso el viaje a su máximo rival: Carlos I de España. Para los portugueses, eso fue alta traición: Magallanes entregó a los españoles sus mapas; por eso, lo persiguieron a él y a su familia.

El Tratado de Tordesillas repartía el mundo entre España y Portugal. Ambas potencias pugnaban por hacerse con nuevos territorios. Era el siglo de los descubrimientos, de la carrera por ser el primero en hallar los tesoros que aguardaban en tierras ignotas. Magallanes se empecinó en llevar a cabo un viaje imposible porque creía en las palabras de Ruy Faleiro, un cosmógrafo de débil salud mental, una especie de sabio chiflado, al que Magallanes creyó cuando le hablaba de nuevas rutas y de un canal que conectaba el mar del Norte (océano Atlántico) con el mar del Sur (el Pacífico, descubierto seis años antes por Núñez de Balboa).

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‘El tormento’. Magallanes utilizó la tortura de la garrucha para castigar al astrónomo Andrés de San Martín, amotinado en Puerto San Julián. La víctima acaba descoyuntada

Se tardaron años en fletar la misión, en lograr financiación, naves y tripulación. La empresa era una aventura política, comercial y científica. En las cinco naves se enrolaron españoles, portugueses, griegos, franceses, genoveses, sicilianos y venecianos; gracias a uno de ellos, Antonio Pigafetta –un avispado aficionado a la antropología que llevó un diario–, sabemos mucho de esta epopeya.

Huida a toda vela

«Disparando toda la artillería zarpamos solo con la vela del estay», así describe Pigafetta la partida. Pronto el rey de Portugal envió dos carabelas para arrestarlos. Por eso Magallanes enfiló al Sur, hacia la costa africana. Tomó un camino difícil: las lluvias y el viento fuerte los dejaron 60 días a la deriva. Y después de las tormentas vinieron las calmas ecuatoriales, quedaron al pairo y derretidos de calor.

La vida a bordo era un tormento: hambre, piojos, ratas, escorbuto y recelo ante el capitán portugués, se gesta el motín…

La vida a bordo era un tormento: piojos, chinches y cucarachas campaban a sus anchas, las galletas (base de la alimentación) se agusanaban humedecidas por los orines de las ratas. El ambiente estaba enrarecido. Los capitanes y oficiales recelaban del ‘portugués’, cuchicheaban, se gestaba el motín. Y Magallanes demostraba con frialdad su mano dura. Un ejemplo: Antonio Salamón, marinero, fue ejecutado sin contemplaciones por sodomizar a un paje.

• Los asombrosos descubrimientos de la expedición de Magallanes y Elcano

Llegan a la costa americana. Buscan el estrecho del que hablaba Faleiro (que ha quedado en España, demenciado). Se adentran por cada hendidura sondando la profundidad del fondo. Una y otra vez se meten en sitios equivocados, uno de ellos es el Río de la Plata.

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Fernando de Magallanes, capitán de la expedición, fue un traidor para los portugueses: lo persiguieron a él y a su familia por dar mapas e información a los españoles

El frío es lacerante. Avistan unos ‘gansos’ muy fáciles de atrapar. Nos lo cuenta Pigafetta. Son pingüinos. Se los comen. Ven elefantes marinos, bestias sorprendentes. Las tormentas duran tres días y tres noches con las maderas crujiendo, con los barcos a punto de partirse.

Magallanes decide esperar a la primavera. Se refugian en Puerto San Julián. Aquí se consuma el motín. Magallanes ordena racionar la comida, aunque abundan las provisiones. No es la recompensa que esperaban unos hombres agotados. Además, no creen que exista el estrecho del que habla el capitán general. Sí creen, sin embargo, que van a caer por el borde del mundo en cuanto acabe la costa; les da pánico ese afán de ir siempre hacia el sur. Piensan que «Magallanes los lleva hacia el frío eterno», dice Laurence Bergreen, autor de Magallanes. Hasta los confines de la Tierra (Ariel).

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Se adentraban en las hendiduras de la costa de América del Sur sondeando el fondo. El estrecho que unía el Atlántico con el Pacífico era una red de fiordos azotados por tormentas glaciales

Se rebelan tres de las cinco naves. Se disparan balas de cañón entre la Concepción (rebelde) y la Trinidad. Magallanes aplaca el levantamiento con astucia y determinación. Sus hombres matan a Mendoza, amotinado capitán de la Victoria. El resto de sublevados se acobarda. Se rinde. Magallanes los castiga con dureza. A Quesada, capitán de la Concepción, lo ejecutan y descuartizan en una ceremonia sangrienta. Al astrónomo Andrés de San Martín lo someten al tormento de la garrucha. Al piloto Hernando Morales lo descoyuntan. A Juan de Cartagena, inspector general de la flota, y al clérigo Sánchez de la Reina los abandonan en una isla.

Indios de pies grandes

Magallanes dicta 40 penas de muerte por el motín, luego las conmuta por trabajos forzados (uno de los perdonados es el marinero vasco Juan Sebastián Elcano). A partir de Puerto San Julián los hombres temen más a Magallanes que al mar.

Continúan las tragedias. La nao Santiago, que se ha adelantado a inspeccionar, naufraga en una tempestad. Por suerte, la tripulación se salva. Emprenden de nuevo la búsqueda del maldito estrecho. Conocen a unos indios a los que llaman ‘patagones’ porque tienen los pies grandes. La amistad inicial acaba en conflicto: al menos un marinero muere de un flechazo.

Las cuatro naves restantes siguen adelante. El 21 de octubre de 1520 ven un nuevo canal: es una gran abertura con agua profunda y salada y fuertes corrientes. Se meten. Se adentran en otra odisea terrible. Se trata de un laberinto abatido por tormentas glaciales. Es un complejo entramado de estuarios y mareas, una desesperante red de fiordos. Los vigías se apostan en los palos y se envían chalupas a inspeccionar cada nuevo meandro. Es el estrecho: el estrecho de Magallanes. Cruzarlo fue «la mayor hazaña de la historia de la exploración marítima», dice Laurence Bergreen.

La San Antonio se da la vuelta. Regresa a España. Deserta. Solo tres naos desembocan en el inmenso océano Pacífico. A bordo reinan el hambre y el escorbuto. Los hombres tienen las encías hinchadas y sangrantes y llagas por todo el cuerpo. Pero los azotan si no cumplen sus tareas. Mueren 29 durante una travesía infernal. Están en la nada. Magallanes se ha perdido. Tira los mapas por la borda, se desespera porque cree que ya debería estar en Asia.

Los hombres tienen la vista borrosa y respiran con dificultad. Navegaron tres meses y medio sin escalas, es el mayor viaje oceánico realizado hasta entonces. Los salva la isla de Guam. A bordo de sus ágiles canoas con balancines, los chamorros los abordan y les roban. Hay escaramuzas. Magallanes apacigua a los invasores con baratijas. En España habían embarcado 230 kilos de cristales de colores, 20.000 cascabeles, 1000 peines, 60 espejos y 200 bonetes rojos, entre otras fruslerías, para comerciar con los indios.

Pero el concepto de propiedad de los chamorros es diferente. Otro día les roban un esquife y Magallanes estalla. Envía a 40 marineros. Es el primer desembarco de europeos en una isla habitada del Pacífico. Los españoles saquean y destrozan todo.

En marzo de 1521, la flota de las Molucas llega al archipiélago de las Filipinas, de más de 3000 islas. En Cebú, la expedición cambia baratijas por comida. Hay entendimiento. Los marineros se acuestan con las mujeres que se hayan bautizado. Es lo que autoriza Magallanes, que se ha obsesionado con convertir a los indígenas. «Su conducta es errática: a veces es bondadoso; otras, amenazador», cuenta Bergreen. Algunos indios se convierten; Lapu Lapu, ‘rey’ de Mactán, se niega.

Magallanes se pierde: tres meses y medio sin pisar tierra. Se desespera y tira los mapas… Es la mayor travesía por el Pacífico

Magallanes se lo toma como algo personal. Desembarca con un grupo de hombres para someterlo. La batalla comienza en la playa. Los españoles tienen pólvora y armaduras, pero hay 30 indios por cada uno de ellos. Ahí murió Magallanes, en Mactán, herido varias veces, luchando con bravura. Su hijo ilegítimo Cristóvão Rebelo cayó a su lado. Otros siete hombres y cuatro indios conversos también murieron en Mactán aquel 27 de abril de 1521.

Se nombraron nuevos capitanes que acudieron al banquete organizado por el rey Humabon, camarada y aliado de Magallanes. Era una celada. Mataron a los que acudieron. Elcano es uno de los pocos navegantes con oficio que quedan vivos: ya es capitán de la Victoria.

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Elcano embarcó como marinero y regresó de capitán tres años después. Llegó con 18 supervivientes de los 241 que partieron

Hay que irse. Deciden quemar la Concepción porque está demasiado deteriorada. Prosiguen las dos naos restantes. Pero los escollos y bancos de arena hacen imposible el avance. Capturan a pilotos locales para que los guíen por aquel laberinto. Llegan a Borneo y a Brunéi y algunos hombres desertan. Siguen adelante.

Por fin, el 6 de noviembre de 1521 arriban a las islas Molucas. Entonces eran cinco: Ternate, Tidore, Motir, Makián y Bacán (ahora son más de mil). Les da la bienvenida Al-Mansur, rey de Tidore. Aquello es el paraíso. Es una mina de especias, el bien más preciado porque se usaba como condimento, conservante y como medicina. Hay incluso selvas de clavo silvestre. Descubren que los portugueses llevan más de diez años comerciando allí en secreto. Cargan los barcos hasta los topes. Pero la Trinidad está destrozada. No puede seguir, hay que repararla. Los hombres se reparten: 53 prefieren quedarse a arreglar la Trinidad y regresar deshaciendo lo andado.

La Victoria, cargada hasta arriba de especias, zarpa con 60 hombres; 16 de ellos, nativos. «Elcano decide regresar por la ruta portuguesa, por eso dan la vuelta al mundo, que no era el fin de la expedición», cuenta María Dolores Higueras, exdirectora técnica del Museo Naval.

Olas gigantes y huracanes

Cada etapa es una aventura descomunal, un más difícil todavía. Una nave solitaria y cargada de especias debe evitar a los caníbales, los arrecifes, los bancos de arena, los musulmanes y los portugueses… Pasan Timor. Y Java. Se aproximan al temible cabo de Buena Esperanza. Esperan nueve semanas a que escampe. Hay olas gigantes, una corriente poderosa y vientos de hasta 160 kilómetros por hora. Pero en un respiro del temporal pasan. Y siguen. El 8 de junio de 1522 cruzan el Ecuador por cuarta vez desde que partieron de España. Tras dos meses sin descanso, el escorbuto acaba con 21 hombres.

Llegan a las islas de Cabo Verde. Son portuguesas, pero no pueden continuar sin alimentos. Desembarcan una chalupa y los marineros cuentan una milonga: vienen de América, se han perdido… Funciona, los portugueses les dan provisiones. Aquí descubren un hecho curioso: en tierra es jueves y en la nao es miércoles, ningún astrónomo había previsto la corrección horaria para compensar el hecho de navegar alrededor del mundo.

En uno de los viajes a tierra, la chalupa se retrasa. Elcano se teme que algún marinero se ha ido de la lengua. Acierta. Zarpa in extremis cuando ya van a por ellos. En tierra quedan varios tripulantes en manos del enemigo. El resto sigue adelante, luchando también contra las vías de agua; dándole a la bomba de achique. Exhaustos.

Medio muertos llegaron a Sanlúcar los 18 europeos y tres nativos de la nao Victoria. Habían recorrido unos cien mil kilómetros. Es «la odisea más magnífica de la historia de la humanidad», según Stefan Zweig, biógrafo de Magallanes.

PARA SABER MÁS

Magallanes, de Laurence Bergreen (Ariel)

La primera vuelta al mundo, de Antonio Pigafetta (Alianza editorial)

La vuelta al mundo de Magallanes-Elcano, de María Dolores Higueras -directora- (Lunwerg)

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