El general Henning von Tresckow fue el cerebro del atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944, hace ahora 75 años. Su hija publica su correspondencia inédita. Muestra el sufrimiento y los debates morales del héroe. Por Ruth Hoffmann/Fotos: Getty Image y Cordon Press

Atentados contra Hilter

“Allí donde empieza el deber, ha de acabar el temor”, Henning von Tresckow. Con todo ya perdido, Henning von Tresckow le escribe a su esposa, Erika: «Hoy tenemos un maravilloso día de verano. Incluso se oye la llamada de la oropéndola. Quiero aprovechar para hacer un recorrido largo por el frente». Es la mañana del 21 de julio de 1944, muy temprano. Desde hace un par de horas sabe que Hitler ha sobrevivido al atentado y que el golpe de Estado ha fracasado. Más tarde o más temprano, la Gestapo acabará descubriendo que él está implicado, lo detendrán y lo torturarán para que delate a otros miembros de la conjura.

Tresckow, general de brigada, conduce su coche y se adentra en tierra de nadie, entre las líneas del frente. La idea es que parezca que ha muerto en un ataque de los partisanos. Camina hasta un bosquecillo cerca de la actual frontera entre Polonia y Bielorrusia, saca su pistola y hace varios disparos alrededor. Luego sostiene una granada junto a la sien y la detona.

“Perdóname la pesada carga que deposito sobre ti”, escribe a su mujer, implicada en el complot

Setenta y cinco años más tarde, su hija Uta, de 88 años, coloca dos gruesos fajos sobre la mesa: las cartas escritas por su padre en el frente, ajadas y amarillentas. Son los años de la guerra, carta tras carta, hasta el último momento. «Que Dios te proteja a ti y a todos vosotros», se despidió el general de su mujer.

La mayoría de la gente asocia el atentado contra Hitler a un nombre. Claus Schenk von Stauffenberg. Fue él quien introdujo la bomba en el cuartel general del Führer en Alemania y la colocó bajo la mesa de mapas durante una reunión con sus generales. Él es el rostro del atentado del 20 de julio de 1944, la encarnación de la resistencia.

En realidad, hubo unas 200 personas implicadas, no se trataba de «un pequeño grupo de oficiales», como el propio Hitler afirmó esa misma noche. La cabeza y el corazón de la conjura fue Henning von Tresckow. Fue él quien dio con la genial idea de convertir Valkiria, el plan pensado originalmente para aplastar cualquier desorden interno, en un instrumento para llevar a cabo un golpe de Estado.

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El Führer solo sufrió heridas leves

Dicho esto, es necesario reseñar que al principio Tresckow fue un nazi convenido. «Todos vamos a votar a Adolf Hitler», le escribió a una amiga en 1932. Le fascinaba la combinación de amor a la patria y esa orientación moderna, social, que prometía Hitler. Hijo de general, soñaba con un Reich fuerte, y le parecía que Hitler era el hombre adecuado para ello.

Ni las primeras campañas de acoso a los judíos ni la persecución de los rivales políticos le hicieron dudar. Sin embargo, cuando en 1934 Hitler eliminó a la dirección de las SA, Tresckow se sintió conmocionado. Había pasado lo impensable: habían ordenado asesinatos con total impunidad. El sentimiento de ser corresponsable de lo sucedido ya no lo abandonaría nunca. Los crímenes cometidos en nombre de Alemania seguirían resonando «durante cientos de años», le dijo en 1941 a uno de los conjurados. Y el mundo no solo culpará a Hitler, «sino a usted y a mí, a su esposa y a mi esposa, a sus hijos y a mis hijos […] y a ese niño que está jugando ahí con la pelota».

Derrocar al gobierno

Tras formarse como oficial de Estado Mayor, fue destinado al Ministerio de la Guerra. Allí, en 1937, le encargaron elaborar un plan de acción para Checoslovaquia, supuestamente defensivo, aunque pronto descubrió la realidad: era una invasión.

Tresckow se planteó renunciar a la misión, pero su superior, el general Erwin von Witzleben, le hizo cambiar de opinión: precisamente en esos momentos hacían falta hombres como él, le dijo, ya se estaba trabajando en el derrocamiento del Gobierno, y los evidentes planes de guerra de Hitler ofrecían la ocasión ideal.

De niña, Uta nunca supo lo que su padre pensaba del régimen nazi: «Hasta la noche en que la Gestapo vino a buscarnos, nunca tuve ni idea de nada». Tresckow tampoco le habló a su mujer del golpe hasta 1943, y le hizo prometer que, si lo arrestaban, interpretaría el papel de esposa fiel a Hitler. Tresckow era a la vez guerrillero de la resistencia y soldado de Hitler. Un dilema. «Estoy condenado a servir en dos frentes», escribió en 1942. «El deseo de verme libre de esta responsabilidad de una vez por todas es muy grande […]. Nadie puede hacerse una idea».

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Uta von Tresckow, de 88 años, ha hecho pública la correspondencia de su padre

Las labores conspirativas lo obligaban al secretismo. Para hablar con alguien que está agachado, tienes que agacharte tú, solía decir. Ante los seguidores del Partido se mostraba fiel a la línea oficial y solo se relacionaba con oficiales opositores cuando era absolutamente necesario.

Puñalada por la espalda

En el verano de 1939, Tresckow ya había dejado de creer que fuera posible evitar la guerra. Hitler era el mal y había que matarlo, le dijo un día a su primo, Fabian von Schlabrendorff, cuya postura crítica con los nazis conocía. Von Schlabrendorff se quedó sorprendido: pocos de la resistencia se mostraban tan categóricos.

Pero la guerra obligó a Tresckow a contemporizar. A finales de 1940, Hitler se preparaba para atacar la Unión Soviética, y Tresckow fue trasladado a Polonia. Tenía experiencia suficiente como para saber que la Operación Barbarroja era absurda. Alemania no tenía divisiones suficientes. Como soldado, temía la derrota; como opositor, la ansiaba. En diciembre de 1941, le dijo a uno de sus oficiales que le gustaría poder «mostrarle al pueblo alemán una película: Alemania al final de la guerra». Quizá, así, la gente «se daría cuenta con terror de hacia dónde nos dirigimos». Pero «da igual en qué momento eliminemos a Hitler, al final primará la leyenda de la puñalada por la espalda». Siempre dirían que «el amado Führer fue asesinado poco antes de la victoria final».

“Somos colaboradores al servicio de un criminal. Es preciso realizar el atentado, aunque nos cueste la vida”

Tresckow conocía las órdenes de «guerra de exterminio» que tenía la inminente campaña rusa. En vano presionó a sus superiores para que renunciaran a su obediencia a Hitler. Decepcionado por su pasividad, Tresckow decidió transformar el Estado Mayor del Grupo de Ejércitos Centro, donde estaba destinado, en una célula de la resistencia. De forma sistemática fue cubriendo los puestos claves con correligionarios; entre ellos, con su primo Schlabrendorff y Rudolph-Christoph von Gersdorff, a quien conocía de la academia militar. En ningún otro lugar se creó un núcleo opositor tan grande y decidido.

A través de Schlabrendorff, Tresckow estableció contacto con grupos de la resistencia civil. El tiempo apremiaba: en el frente del Este, las SS empezaban a cometer crímenes terribles. «Somos colaboradores subalternos […] al servicio de un criminal», le dijo Tresckow al ordenanza de un mariscal a quien quería ganarse para la causa. «Según informaciones dignas de todo crédito, las SS están llevando a cabo acciones de exterminio que superan todo lo imaginable», añadió.

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Von Kleist, Scholze-Büttgen, Tresckow y Schlabrendorff

Como no se podía esperar nada de los generales, la «chispa inicial», como la llamaban los conjurados, debía partir de los jóvenes situados en rangos inferiores. Más pronto o más tarde, Hitler iría a visitar el frente oriental y podrían llevar a cabo un atentado.

En el verano de 1942 le pidió a Gersdorff que le facilitara explosivos con temporizadores silenciosos a través de un departamento del Ejército. Junto con Schlabrendorff, Tresckow dedicó semanas a probar la potencia de distintos explosivos, tanto al aire libre como dentro de edificios apartados, tomó nota de temperaturas y tiempos de detonación. Finalmente se decidieron por unas minas lapa británicas capturadas al enemigo. Dos unidades, fue la conclusión de innumerables experimentos, bastarían para lograr el resultado deseado en un espacio cerrado.

En una de sus cartas, Tresckow le decía a su mujer que tenía la sensación de que era «como si nos estuviéramos volviendo cada vez más luminosos. No exteriormente, pero sí los corazones, que se están haciendo más libres y firmes». Y añadía: «Está tan oscuro… ¡pero la luz brilla!». Animado por su fe religiosa llegó a declarar: «Un cristiano convencido solo puede ser un opositor convencido a Hitler».

Los planes seguían su curso. Todo debía estar preparado para cuando saltara la «chispa inicial». Finalmente el 13 de marzo de 1943 Hitler viajó a Smolensko para visitar a las tropas y Tresckow consiguió que dos minas, camufladas como regalos, viajaran en el avión del dictador. Sin embargo, dentro del aparato hacía demasiado frío, y las bombas no explotaron. Pocos días más tarde, Hitler se libró de otro atentado en Berlín, en el que Gersdorff había planeado saltar él mismo por los aires junto con el Führer. Y, en abril, la Gestapo descubrió a opositores dentro del Ministerio de la Guerra. ¿Cuánto tardaría en caer el resto de la red?

«Se está haciendo demasiado poco», le decía Tresckow a su mujer en el verano de 1943. Para entonces ella ya estaba al corriente de la conjura e incluso colaboraba activamente: mecanografió los planes para el Día X. A partir de septiembre, Tresckow contó ya con el apoyo de Stauffenberg.

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Tras el atentado fallido, la Gestapo detuvo y encarceló a la mujer y los hijos del general Henning von Tresckow. Lograron sobrevivir.

Cuando Tresckow fue trasladado en octubre cerca de Bielorrusia, todo estaba preparado, solo faltaba encontrar a alguien que cometiera el atentado, alguien con acceso directo a Hitler. Las semanas pasaban. «¡Hemos de conseguirlo!», escribió Tresckow a su mujer. Y añadía: «Perdóname por la pesada carga que deposito sobre ti en estos días».

El propio Tresckow perdía la confianza por momentos. En balde intentaba que lo trasladaran cerca de Hitler y conseguir el apoyo de los mandos. «Todos quieren estar en condiciones de girar según sople el viento», escribió con rabia.

Stauffenberg le preguntó a Tresckow si tenía sentido seguir adelante. La respuesta fue categórica: «Es preciso realizar el atentado cueste lo que cueste […]. Porque ya no importa que tenga o no finalidad política, importa demostrar ante el mundo y ante la historia que el movimiento de resistencia alemán se atrevió a dar un paso decisivo a costa de la propia vida. Frente a eso, todo lo demás carece de relevancia».

El 20 de julio de 1944 tuvo lugar el último intento de asesinar a Adolf Hitler. Stauffenberg colocó una bomba en la Guarida del Lobo, cuartel general de Hitler. El Führer solo sufrió heridas leves. Y Tresckow tomó la decisión de suicidarse.

Su cadáver fue enterrado en el panteón familiar. Poco después, cuando la Gestapo descubrió que había tenido un papel central en la conjura, Himmler ordenó exhumar sus restos y quemarlos en el campo de concentración de Sachsenhausen ante la mirada de su amigo Schlabrendorff.

PARA SABER MÁS

Matar a Hitler: conspiraciones y atentados contra el Führer. Roger Moorhouse. Editorial Debate.

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