Millonaria, poderosa, excéntrica, generosa, malvada, vulnerable, determinante en el arte del siglo XX y maltratada por los hombres, porque «con todas sus parejas hubo violencia física», según cuenta su biógrafa. Todo esto fue Peggy Guggenheim. Ahora, Venecia conmemora los cuarenta años de la muerte de esta mujer valiente, estrafalaria… contradictoria. Por Fátima Uribarri / Fotos: Age

Lanzó los platos contra la pared, después agarró la losa de mármol de la mesa del café y amenazó con partírsela en la cabeza a su mujer.

Así fue uno de los ataques de ira de Laurence Vail, el primer marido de Peggy Guggenheim. Esta vez, el objeto de su furia no era Peggy, sino su segunda esposa, Kay Boyle. La bronca acabó con la pareja y Marcel Duchamp en la habitación de Peggy en un hotel de Marsella. Todos estaban en Francia planeando salir del país. Ya estaban más tranquilos cuando la Gestapo llamó a la puerta. Los nazis se fueron tras comprobar los pasaportes. «Buscaban judíos», les dijo luego el conserje. Peggy era judía.

Este episodio lo cuenta Francine Prose en Peggy Guggenheim. El escándalo de la modernidad (Turner), una biografía en la que se narran muchas noches locas. «A las fiestas salvajes con peleas, Peggy las llamaba charmantes soireés, ‘veladas encantadoras’», explica Francine Prose. Peggy Guggenheim fue una mujer abonada a la extravagancia.

Peggy Guggenheim: "¿Que cuántos maridos he tenido? ¿Míos o de otras mujeres?" 3

Se operó la nariz de jovencita y no le quedó bien. Le acomplejaba su físico. Sus abuelos, paternos y maternos, eran magnates del comercio, la banca y la minería

Era fea, millonaria, judía, lujuriosa, provocadora, malvada, generosa, atrevida, poderosa, insegura… Todo un personaje a quien el arte del siglo XX le debe mucho. Mantuvo con sueldos mensuales a varios creadores; entre ellos, André Breton y Jackson Pollock. Montó dos galerías de arte que fueron la lanzadera de importantes artistas. Impulsó a los surrealistas y apoyó a los expresionistas abstractos. Y atesoró una colección impresionante: 326 cuadros y esculturas de Picasso, Miró, Tanguy, Giacometti, Kandinski, Duchamp… Los compró cuando apostar por ellos era una insensatez. Ahora, Venecia -sede de su colección- la homenajea con la exposición La última Dogaressa, cuando se cumplen cuarenta años de la muerte de esta mujer atípica y contradictoria, que fue a la vez poderosa y vulnerable, que soportó humillaciones y maltrato de sus parejas.

Sus ansias de tener un hombre a su lado marcaron su vida. Los prefería o con un intelecto sobresaliente o con un físico impactante. Pero los tuvo de casi todos los tipos. Se jactó de haber tenido cuatrocientos amantes. «¿Cuántos maridos ha tenido?», le preguntaron. «¿Se refiere a los míos o a los de otras?», respondió.

¿Por qué esta obsesión con los hombres? Ella decía que buscaba a un padre. El suyo, Benjamin Guggenheim, se ahogó con el Titanic: vestido de impecable etiqueta, ayudó a subir a los botes salvavidas a varias personas; eligió morir como un caballero. Peggy lo quería mucho, aunque fue un padre ausente, siempre con amantes.

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Cuando Peggy lo conoció, el artista Laurence Vail era el rey de la bohemia parisina. Se casaron y tuvieron dos hijos. Él le pegaba. Ella le pasó dinero hasta el final de su vida

Si algo le gustaba, Peggy iba a por ello hasta conseguirlo. Si era un cuadro, lo compraba. Si era un hombre y tenía pareja, eso no era un impedimento. Cuando los conseguía, «entregaba a los hombres todo su poder, salvo su dinero», concluye Francine Prose. Y, cuando la defraudaban, los castigaba negándoselo.

«En su cabeza no había sitio para lo que sus actos supusieran para los otros», explica Francine Prose. Era fría e hiriente. Y, sin embargo, también era frágil: fue víctima de abusos. «En todas sus relaciones de pareja se dio algún tipo de violencia física», cuenta Prose. Le pegaban. La humillaban. Violento y déspota fue con ella su primer marido, el artista Laurence Vail.

Cuando lo conoció, ella no tenía ni idea de arte. Él la deslumbró: le pareció «un animal salvaje», dijo. Era el rey de la bohemia parisina. Su matrimonio duró siete tormentosos años. «Laurence me introdujo en el mundo intelectual de los años veinte. Y me liberó por completo de la educación burguesa judía», contó Peggy. Pero Laurence la humillaba en público: le untaba el pelo con mermelada; durante la Nochevieja de 1925 la arrojó contra una pared; le tiró un plato de judías el mismo día del parto de su hija… Tuvieron dos hijos, Sindbad y Pegeen, a los que dieron una infancia rara, nómada, convulsa.

Peleas y juegos sexuales

Después del divorcio de Vail se enamoró del poeta John Ferrar Holms. Ella lo admiraba: «Era capaz de darme una contestación satisfactoria a todas mis preguntas», dijo. Holms fue su maestro. Con él vivió en Hayford Hall, una gran casa adonde invitaron a amigos y creadores y que fue escenario de juergas, borracheras, juegos sexuales, discusiones literarias, peleas «y largos monólogos etílicos de Holms», cuenta Prose. También él la maltrató. Cuando ella le dijo que le atraía otro hombre, «John casi me mata. Me hizo permanecer horas desnuda delante de una ventana abierta (en diciembre) y me tiró whisky a los ojos», confesó Peggy.

Holms era más presuntuoso que sabio. Pero Peggy lo recordó siempre fascinada porque «nunca me dijo ‘no lo sé’». Holms murió en 1934. Inmediatamente Peggy se enredó con Douglas Garman: encadenaba los ligues, no podía soportar la soledad. También Garman la golpeó varias veces. «Lo incordié tanto que acabó pegándome», explicó Peggy.

Luego, la millonaria se mudó a Londres, donde abrió la galería de arte Guggenheim Jeune. Marcel Duchamp fue su asesor, su profesor de arte: «Tuvo que educarme por completo», dijo ella. Por supuesto, también lo sedujo. «Todo el mundo necesita sexo y un hombre», proclamaba Peggy.

Con Samuel Beckett estuvo doce días encamada. Era un tipo difícil: «Guardaba un terrible recuerdo de la vida en el útero de su madre», dijo Peggy de él. Después vino Yves Tanguy: no le importó a Peggy que estuviera casado con su amiga Helen. Y le fue infiel con Roger Penrose, «aficionado a atar con esposas a sus amantes», cuenta la biógrafa de Peggy.

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Se lio con Yves Tanguy, que estaba casado con una de sus mejores amigas. Luego le fue infiel con Roger Penrose. Peggy Guggenheim enlazaba los ligues porque huía de la soledad

Mientras buscaba el padre perdido, Peggy Guggenheim se acostaba con todo lo que se le ponía por delante, homosexuales incluidos. Y sostenía económicamente a amigos y artistas. En 1939, con la guerra a punto de estallar, pagaba al año unos diez mil dólares en asignaciones. Aquel año planeó abrir un museo en Londres, pero el avance de Hitler la llevó a posponerlo.

Con Samuel Beckett estuvo doce días encamada. “Todo el mundo necesita sexo y un hombre”, proclamaba Peggy

Se marchó a Francia. Allí, con el Ejército alemán casi a las puertas de París, compró un cuadro al día, lo cual tiene una doble lectura: ayudó a artistas necesitados de dinero o se aprovechó de ellos. «La gente me traía cuadros a la cama, mi teléfono sonaba a todas horas», contó ella.

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A las fiestas de Peggy iba la crème de la crème artística. A veces había peleas y tenían que retirar los Kandinski para que no se salpicaran de sangre, cuenta su biógrafa

Solo tres días antes de que los alemanes entraran en París, Peggy huyó en su Talbot azul descapotable con su amiga Nellie van Doesburg, dos gatos y el maletero lleno de latas de gasolina. El éxodo de París fue un drama, pero «ella lo vivió como algo emocionante», dice Francine Prose.

Su colección de arte vivió increíbles vicisitudes. Estuvo en un muelle de la Francia ocupada, tapada con lonas; oculta en el château de una amiga; en el sótano de un museo de Grenoble… Eran obras propiedad de una judía y calificadas como ‘arte degenerado’ por los nazis. Las sacó de Francia camufladas en un envío de ‘enseres domésticos’, embaladas junto con sábanas, toallas y cacharros de cocina.

Otro milagro logrado por Peggy fue sacar de Francia a su familia, a la de André Breton y al pintor surrealista Max Ernst, otro hombre importante en su vida. Arribar a Estados Unidos fue una proeza. A Max Ernst, que era alemán, lo recluyeron en la isla de Ellis. A Peggy le costó liberarlo y, cuando lo consiguió, él se montó en un taxi y la dejó tirada. Ernst (examante, entre otras muchas, de Gala, después mujer de Dalí) era muy atractivo. Peggy se enamoró. La relación -cómo no- fue turbulenta. «Poco después del ataque de Pearl Harbour nos casamos, pues yo no quería vivir en pecado con un extranjero enemigo», explicó ella.

Peggy y Max vivían entre batallas de celos y las espléndidas fiestas que daban en su apartamento neoyorquino de tres plantas. A veces había peleas entre los invitados y había que retirar los Kandinski para que no se salpicaran de sangre.

“Max (Ernst) empezó a pegarme con violencia y Marcel (Duchamp) nos miraba”, contó Peggy

Con Ernst también hubo grandes broncas. Y golpes. En una ocasión, por ejemplo, Peggy se vistió solo con una seda transparente y se puso a provocar a Marcel Duchamp delante de Max. Primero se insultaron, luego «Max me empezó a pegar con violencia y Marcel nos miraba con ese aire suyo tan distante, sin interferir», relató Peggy.

En aquella época estaba montando la galería Art of this Century, un hito cultural. No había nada igual. El diseño de Frederick Kiesler era absolutamente rompedor y surrealista: había paredes curvas, cuadros suspendidos en el aire, sin enmarcar, montados sobre bates de béisbol, sobre cintas transportadoras, las luces se apagaban cada tres segundos… Se inauguró en 1942. «Llevé un pendiente de Tanguy y otro de Calder para mostrar mi imparcialidad respecto al arte surrealista y al abstracto», explicó Peggy.

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Valedora de Pollock: le dio un sueldo para que pudiera dedicarse a pintar. Apostó por él cuando era un desconocido. Antes de irse a vivir a Venecia, se ocupó de encontrarle un galerista.

De aquella galería emergieron, entre otros, Robert Motherwell, Mark Rothko y Jackson Pollock. Peggy fue muy valiente al apoyarlos cuando eran unos desconocidos. Pollock, sobre todo, fue su gran apuesta. Peggy le ofreció un contrato por el que ella lo mantenía para que él se dedicara solo a sus obras. Si no se vendían bien, ella se quedaba con algunas. Así atesoró una buena colección de cuadros de Pollock. Varios los regaló cuando decidió irse a vivir a Italia.

Venecia fue su etapa final. Mostró su colección en la Bienal de 1948 y deslumbró. Al año siguiente encontró por fin un lugar adecuado para ella, sus obras de arte y sus perros: el palazzo del siglo XVIII Venier dei Leoni. Allí recibió a ilustres invitados como Truman Capote, Tennessee Williams, Felipe de Edimburgo o Giacometti; cobijó a nuevos artistas o mantuvo romances con hombres treinta años más jóvenes que ella. Abría su casa al público tres tardes en semana, tomaba el sol en la azotea, se paseaba en su góndola privada. Y viajaba. A Japón, por ejemplo, fue acompañada de Yoko Ono y John Cage.

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En el jardín de su palazzo veneciano hay un cementerio para «mis amados niños» (sus perros), mientras que su relación con sus hijos fue difícil. Aquí, con ‘sus niños’ y su cabecero de Calder

Durante los últimos años organizó su legado. Dejó la colección a la fundación de su tío Solomon Guggenheim. Su hija Pegeen ya había muerto, a los cuarenta y un años, parece que de una sobredosis de barbitúricos. Fue muy complicada la relación entre ambas. «Compitieron por los hombres», dice Francise Prose.

En Venecia quedó su colección. «Dejó una huella impresionante en el siglo XX», según Philip Rylands, el primer director de la Colección Peggy Guggenheim.

PARA SABER MÁS

Peggy Guggenheim. El escándalo de la modernidad, de Francine Prose (Turner).

Confesiones de una adicta al arte, de Peggy Guggenheim (Lumen).

Peggy Guggenheim. L’última Dogaressa, exposición en Venecia. Hasta el 27 de enero de 2020.

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