Lo condenaron y humillaron por conducta indecente. Salió de la cárcel envejecido y hundido. ¿La prisión consumió el talento del dramaturgo triunfal, poeta laureado y adalid de la supremacía del arte? Cuando se cumplen 120 años de su muerte, se lo preguntamos a varios expertos. Y esto nos cuentan… Por Fátima Uribarri

• 15 frases de Oscar Wilde

Las manos flácidas, la piel ajada y enrojecida, los ojos tristes. Así describen el aspecto de Oscar Wilde tras sus dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading. Salió derrotado, hundido, con el cuerpo tocado tras haber realizado tareas inútiles -como destrenzar sogas o cargar pesos de un sitio a otro-, ideadas para debilitar a los presos. Lo habían condenado por «cometer actos de grosera indecencia con otros varones».

Oscar Wilde, el dandi que había acaparado el protagonismo social y literario de la Inglaterra de finales del siglo XIX, el coleccionista de aplausos y aforos completos cuando se estrenaban sus obras de teatro, después de la cárcel dejó de ser Oscar Wilde. Incluso se deshizo de su nombre y tomó el de Sebastian Melmoth.

Sus últimos años los vivió en Francia. No quiso volver a pisar Inglaterra. Y dejó de escribir. Solo hay una obra posterior a la prisión, un poema que es un enorme lamento, La balada de la cárcel de Reading. También hay cartas. «Eran su vida social esas cartas», cuenta Luis Mangrinyà editor de Oscar Wilde. Una vida en cartas (Alba), la correspondencia, recopilada, ordenada y comentada por su nieto Merlin Holland.

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Oscar Wilde se casó con Constance Lloyd y tuvieron dos hijos Cyril (en la imagen) y Vyvyan. Cuando él fue condenado, ella le impidió ver a los niños, pero le pasó una pensión.

Al final de su vida, olvidado, arrinconado, Oscar Wilde «asumió el papel de marginado y desclasado porque él era uno de ellos», explica el escritor Luis Antonio de Villena. Y, sin embargo, Wilde escribe en una carta a su amigo Robert Ross, en 1897, tres años antes de morir: «Me han tratado brutalmente, pero no me han cambiado, simplemente me han destruido, así que están furiosos. […] Escribiré mañana, ¡aunque ya no puedo permitirme los sellos!».

“Me han tratado brutalmente, pero no me han cambiado, simplemente me han destruido”, escribió

Tampoco tenía dinero para comer. Sableaba a los amigos. ¿Desapareció su chispa en este hundimiento? Hay dos versiones; una la capitanea André Gide e incide en una imagen pesarosa y de derrota. También cuenta Javier Marías en Vidas escritas que el novelista Ford Madox Ford difundió que a Wilde le hacían burla gamberros que cada día le robaban su bastón de ébano con incrustaciones de marfil solo para devolverlo en el modesto hotel de Montmartre donde se alojaba Wilde y así poder robárselo de nuevo al día siguiente. «Quizá en la cárcel aprendió a tener miedo», escribe Javier Marías.

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Su relación con Lord Alfred Douglas lo llevó a la cárcel. Desde prisión, Wilde le escribió una carta dolorosa, ‘De Profundis’, pero cuando salió se fueron a vivir juntos un tiempo. Después, rompieron.

Hay otra versión, sin embargo, que sostiene que, aunque era casi un indigente y dejó de escribir, mantuvo su genio, su talento ácido para inventar sentencias redondas, para lanzar dardos ingeniosos y precisos. Es uno de los mayores autores de citas memorables. «La experiencia no es más que el nombre que le damos a nuestros errores», dijo. Y así describió, por ejemplo, un día del escritor muy ocupado: «Esta mañana quité una coma, y esta tarde la he vuelto a poner». Decía de sí mismo que se caracterizaba por su «proverbial buen carácter y mi pereza celta». Y soltaba proclamas no siempre amables. Durante el año que recorrió Estados Unidos pronunciando conferencias, fue desparramando definiciones tajantes como «California es Italia sin arte» o «Estados Unidos es el único país que ha pasado de la barbarie a la decadencia sin civilización de por medio».

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Salió de la cárcel y se reunió con su amante en Italia en 1897 (año de esta foto)

Oscar Wilde, esteta, poeta, dramaturgo, ensayista, periodista también -fue editor de la revista The woman’s world-, sobresalió por todo eso, pero fue, además, un mago de la conversación. Tenía tal habilidad que incluso el marqués de Queensberry, el hombre que tanto infortunio le ocasionó, cayó rendido a sus encantos la primera vez que habló con él. Fue durante un almuerzo en el café Royal de Londres. Queensberry (creador de las reglas del boxeo) llegó inflamado de odio, furibundo. Iba a exigirle que dejara de ver a su hijo, Lord Alfred Douglas. Pero al salir de aquel almuerzo su opinión sobre Oscar Wilde había cambiado: le pareció encantador. Tiempo después regresó a su furia primera y le dejó una nota donde lo acusaba de sodomita. Wilde lo demandó, pero perdió ese juicio y otro posterior en el que salió condenado.

El escritor no imaginó que todo se iba a torcer para siempre. Quizás sobrevaloró sus poderes. Wilde era encantador: en el sentido mágico. Todos sucumbían hipnotizados al sortilegio de su arte de la conversación. Era un malabarista de las palabras, ocurrente, ácido, divertido; inmediatamente se convertía en el centro, la luz, el eje, de todas las reuniones.

Ya le sucedía en sus días universitarios. En las frías tardes de invierno, los estudiantes de Oxford se reunían en el Stone Hall alrededor de una estufa. «Oscar Wilde era el más deslumbrante conversador. Gozaba lanzando brillantes paradojas y alegres relámpagos de humorismo», ha contado su compañero Frank Harris.

Excentricidades

Describía con precisión asombrosa, exageraba con humor. Lo que él narraba se transformaba en algo divertido. En sus días en el Trinity College y en Oxford, el joven Wilde, nacido en Dublín, hijo de un eminente médico y una célebre poeta y activista irlandesa, sobresalió por su erudición e inteligencia: ganó los primeros premios por su dominio de los clásicos y sus poesías y obtuvo las mejores calificaciones. Destacó también por su excentricidad. Paseaba con andares lánguidos, lucía melena ondulada y calzones versallescos, desdeñaba los deportes y decoraba su habitación del college con plumas de pavo real, lilas y porcelana erótica. Imposible no llamar la atención.

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Militó en el esteticismo, defendió la supremacía del arte en sus ensayos y cultivó una imagen excéntrica: a menudo vestía con sombreros de plumas, pieles y trajes versallescos

Al salir de la Universidad, ya era todo un personaje. Le gustaba la notoriedad, sí, pero «también aspiraba a la fama profunda, a la del buen escritor, humanista y erudito», explica Luis Antonio de Villena. Esa otra fama, la del prestigio, también la logró. «No es muy usual encontrar a alguien tan sabio y tan divertido a la vez», ha dicho sobre él el crítico literario Harold Bloom. Oscar Wilde es autor de célebres obras de teatro (Salomé, La importancia de llamarse Ernesto, Un marido ideal, El abanico de Lady Windermere) y de cuentos enternecedores (El príncipe feliz, El ruiseñor y la rosa).

Pero también fue un pensador, seguidor del esteticismo, defensor de la supremacía del arte, autor de ensayos como La decadencia de la mentira o El alma del hombre bajo el socialismo. Y es también el creador de la novela El retrato de Dorian Gray, donde reflexiona sobre la belleza y la decadencia, y donde anida una dolorosa premonición. Según Luis Antonio de Villena, «Lord Alfred Douglas fue la encarnación de Dorian Gray. Fue un deseo cumplido, un chico guapo, elegante, rico, un gran amor que supuso el inicio de su perdición».

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Oscar Wilde escribió la obra de teatro ‘Salomé’, en 1891, y tuvo que estrenarla en Francia porque en Inglaterra la prohibieron por escabrosa. No se estrenó en Londres hasta 1931.

Wilde estaba casado con Constance Lloyd, la hija de un consejero de la reina, receptora de una dote de 250 libras. Tenían dos hijos, Cyril y Vyvyan, y residían en el exclusivo barrio londinense de Chelsea. Cuando estalló el escándalo del juicio por conducta indecente, Constance se separó del escritor, cambió el apellido de sus hijos y no consintió que Wilde los viera nunca más, pero no se divorció y le pasó una pensión durante años. Solo se la retiró cuando Wilde se reunió con Lord Alfred Douglas tras salir de la cárcel.

Lamento y castigo

Sí, los amantes se reencontraron y vivieron juntos una temporada cerca de Nápoles, en 1897. «Lord Alfred Douglas no se portó mal al principio e hizo circular una petición de indulto dirigida a la reina, que algunos, como Henry James, se negaron a firmar», cuenta Luis Antonio de Villena. Pero cuando (ya muerto Wilde) se publicó De Profundis, una carta escrita a él desde la cárcel, un lamento lleno de dolor, Lord Alfred Douglas cambió su actitud hacia Wilde y se dedicó a divulgar medias mentiras y medias verdades. «Tuvo el castigo de morir muy tarde, en 1945, a los 75 años. Murió obsesionado con Oscar Wilde», cuenta Villena.

No tenía dinero, pero pidió una botella de champán: “Estoy muriendo por encima de mis posibilidades”, dijo

En sus últimos años en Francia, Wilde se lio con chicos de los barrios bajos, ya sin disimulo. Y se mantuvo fiel a su agudo sentido del humor. Hasta el final. Una infección de oído llevaba semanas diseminándose por su cuerpo: sabía que se moría. Un día dijo: «Estas cortinas me están matando».

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Murió en 1900 en un hotelucho de París. Su tumba es de las más visitadas del cementerio de Père-Lachaise.

Otro día pidió una botella de buen champán. A pesar de que debía mucho dinero en el Hôtel d’Alsace, se la trajeron. «Estoy muriendo por encima de mis posibilidades», sentenció. Murió a los 46 años, hace 120 años. Ya muerto, fue fotografiado por Maurice Gilbert, un chapero amigo suyo, uno de los pocos que acudieron a su entierro en París, que pagó Lord Alfred Douglas.

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