Ha sido una de las más deslumbrantes leyendas de Hollywood. Hecha a sí misma, para triunfar tuvo que inventarse y reinventarse más de una vez. Su sacrificado amor por Tracy, su imagen puritana…  La verdadera Katharine Hepburn. Por A. H./Fotos: Cordon Press y Getty Images

Vestía ropa vieja, no se maquillaba, conducía una camioneta y rechazaba cualquier intento de los publicistas de relacionarla con hombres. Al contrario, vivía abiertamente con una mujer y apoyaba en público a candidatos socialistas. La llegada de Katharine Hepburn a Hollywood fue de todo menos convencional. Lo que no impidió que con 26 años ganase su primer Oscar (conseguiría tres más) por Gloria de un día. Era famosa, pero estaba lejos de ser popular. Por eso, cuando llegaron tres fracasos seguidos, la prensa se cebó con ella. Y ella nunca se tomó bien las críticas. Así que, en 1934, decidió tomar el control de su imagen y dejar de ser Kathy, como la llamaban en privado, para convertirse en Kate, «ese terrible personaje que yo inventé», según ella misma confesó en 1985.

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Katharine Hepburn, en 1936, en el rodaje de ‘La gran aventura de Silvia’, en la que viste de hombre e incluso besa a una mujer… Todavía se permitía desafiar a Hollywood. Su pareja no oficial Laura Harding, sofisticada y aristocrática, era en Hollywood su pareja y su agente. Retocó su imagen e incluso su biografía: a su padre, médico de enfermedades venéreas, lo hizo presidente de banco.

«Nunca fue tan bella como Greta Garbo o Grace Kelly, ni daba titulares como Liz Taylor ni desnudaba su alma como Judy Garland y nunca tuvo el poder interpretativo de Bette Davis, -explicaba su último biógrafo, William J. Mann-, pero Hepburn es, junto con Marilyn Monroe, la leyenda femenina de Hollywood de mayor reconocimiento internacional. Se creó a sí misma para sobrevivir y prosperar en Hollywood. Y para ello tuvo que reinventarse no una, sino varias veces».

En el dorado Hollywood de los años 30, bastante tolerante, Laura Harding y Hepburn iban juntas a todas partes. ‘La Harding’ se presentaba como el marido de Katharine

En 1934, la prensa confirmó un rumor ya extendido: tenía un marido. En 1928, Kathy se casó con Ludlow Ogden Smith, un amigo que acababa de romper con un poeta alcohólico, casado y bisexual. A todas luces, no era un matrimonio tradicional. La vida sentimental de la actriz la ocupaba entonces otra persona: Laura Harding. Fue ella quien la acompañó a California mientras Luddy se quedaba en Nueva York. En Hollywood, en aquellos años 30 bastante tolerantes, iban juntas a todos lados y Laura se presentaba como «el marido» de Kathy. Pero las cosas iban a cambiar. Sobre todo cuando el lugar de Laura lo ocupó Susan Steel, mucho menos refinada y conocida por su anterior relación con una cantante de ópera. Laura, dolida, se desvaneció en la costa Este (aunque luego continuarían su amistad durante toda la vida) y Kate, acosada por las críticas por sus últimas obras y por su vida díscola, decidió dar un giro a su imagen pública. Se divorció de Luddy y filtró a la prensa que ella y Leland Hayward, su agente, estaban enamorados y planeaban casarse. Pero ese aparente romance no era suficiente si continuaba haciendo películas como La gran aventura de Silvia, de 1935, en la que interpretaba a una chica que se hacía pasar por chico.

Si quería ser la estrella que aspiraba a ser, tenía que dejar al chicazo que llevaba dentro. Y por eso decidió hacer Historias de Filadelfia (1940). «En la película, ya no les diría a los hombres qué hacer, sino que sería puesta en su lugar. Y no por uno, sino por tres hombres», escribe Mann.

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Katharine Hepburn con sus compañeros de reparto John Howard, Cary Grant y James Stewart en la película ‘Historias de Filadelfia’

Sin embargo, quedaban otros aspectos de su personalidad por pulir. En mayo de 1947, la caza de brujas de Hollywood ya había comenzado. La presencia del presidente del Comité de Actividades Antiamericanas investigando a presuntos comunistas en la industria del cine enervó tanto a Hepburn, para entonces ya muy famosa y con 40 años, que no dudó en subirse a un escenario durante un mitin para decir lo que pensaba. Sus convicciones venían de su infancia cuando acompañaba a su madre, socialista y reformista social, a reuniones políticas, pero se volvió a convertir en un blanco fácil.

Todo hacía indicar que iba a ser llamada a declarar ante el Comité y que aquello acabaría con su carrera. Pero no ocurrió. ¿Por qué? Porque apareció Spencer Tracy. Ella se había pasado el año y medio anterior intentando mantener sobrio a Tracy, con el que había comenzado una compleja y difícil relación mientras rodaban un par de películas. Prácticamente le había salvado la vida y Tracy tuvo entonces la oportunidad de devolverle el favor. Consiguió que le diesen el papel protagonista en El estado de la Unión, dirigida por Frank Capra. Era la historia de un presidente que recibe lecciones de moralidad de su esposa. Ambos son republicanos, pero con una filosofía que defiende que los verdaderos patriotas se definen por la honestidad y la compasión.

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¿Amor apasionado o afinidad de espíritus atormentados? Kate buscó en Tracy el marido tradicional que asociaba con sus reverenciados padres. Pero encontró una relación mucho más compleja…

Tracy medió para que no fuese citada por la Comisión y Kate ni siquiera necesitó pedir disculpas en público. El estado de la Unión era su declaración. Fue un éxito. «Al final recibe un azote en el culo. Un castigo por no conformarse…».

En 1985, cuando tenía casi 80 años, Hepburn aceptó hablar en un testimonial en homenaje a Spencer Tracy, que había muerto en 1967. «He decidido decirle al mundo que Spencer y yo fuimos amantes», avisó. Durante años, Hepburn habló de Tracy como de «un amigo». Con todo, gran parte del público había dado crédito a las historias románticas sobre la pareja que habían escrito varios autores, especialmente a la del guionista Garson Kanin, quien en 1971 contaba su relación de amor de forma muy similar a como actuaban sus personajes. A la gente le gustaba que la vida real sonase como el cine.

La homosexualidad de Spencer Tracy era más que un rumor. Pero ella consiguió lo que se proponía: convertir su relación en una historia de amor legendaria

Al principio, a Hepburn le molestó el libro de Kanin, pero poco a poco fue no sólo aceptándolo, sino haciéndolo suyo. De hecho, Kanin la ayudó a montar el documental que sería su homenaje a Tracy. Los que la conocían bien no daban crédito, pero consiguió lo que se proponía. Para siempre, en la mente de millones de personas, ella y Tracy serían recordados como amantes legendarios. Según los testimonios recogidos por Mann, parte de la imagen que Kanin contó era real. A pesar de que continuaba teniendo relaciones con mujeres, Hepburn seguía esperando que su gran historia de amor fuese la tradicional relación con un hombre. Como la de su admirada madre.

En las mujeres encontraba refugio, pero las grandes pasiones de su vida, aunque no incluyeran sexo, fueron siempre con hombres. Hombres varoniles, sensibles, casados… Tracy, Phelps Putman, John Ford o el millonario Howard Hughes. Con Tracy, además, podía interpretar el papel de la “buena esposa”. Era indulgente: nunca le pidió que dejara de beber. Simplemente lo levantaba y lo llevaba a la cama cuando se emborrachaba. Incluso soportaba sus arrebatos y sus insultos.

Algunos observadores aseguran que no se casaron porque Spencer era católico y no creía en el divorcio. O porque su mujer, que tras tener un hijo sordo había creado una fundación para discapacitados, necesitaba seguir siendo la señora Tracy para conseguir fondos. Lo que no suelen considerar es que ninguno de ellos quería casarse. Sus amigos hablan de un gran intimidad y compenetración, pero no creen que hubiera sexo entre ellos. Incluso Kanin, el primer biógrafo, matiza: «Yo nunca dije que hicieran el amor». Ahora, este nuevo libro añade un dato sin duda relevante. El testimonio de Scotty Richfield, un chapero de lujo que en los años 60 regentaba una conocida gasolinera en Hollywood Boulevard en la que se servía algo más que gasolina. «Los dependientes eran atractivos jóvenes que por 20 dólares estaban dispuestos a lavarse las manos y llevarse al cliente a la parte de atrás.» Scotty, un granjero de Illinois que había sido marine, tenía claro el negocio después de la guerra y pronto consiguió hacerse un lugar y un nombre entre la clase alta de Los Ángeles. Frecuentaba las fiestas de Cukor y una noche conoció a Spencer Tracy. «Ésa fue la primera vez, pero duró años», cuenta Scotty. «Tracy siempre estaba bebido cuando yo llegaba. Podía estar bebiendo desde la cinco de la tarde hasta las dos de la madrugada, cuando caía en la cama y me llamaba… y a la mañana siguiente actuaba como si nada hubiera pasado. Simplemente decía: “Gracias por haberte quedado”».

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Las revelaciones de Scotty fueron valoradas en su medida incluso por los críticos de la biografía de Mann. El “amigo” de Tracy fue siempre muy discreto y su versión “encaja”. Sus confesiones permiten comprender el alcoholismo de Tracy, que no aceptaría su propia condición, y su peculiar relación con Hepburn: ella conocía bien la complejidad sexual. Además, la homosexualidad de Tracy no era del todo secreta. Se rumoreaba en los estudios, pero Cukor lo protegía y se encargaba de que no se hiciese público porque iba totalmente en contra de la imagen pública de Spencer.

Kate estuvo junto a él, recogiendo los trozos, durante años, pero después de rodar La impetuosa, en 1952, no pudo más y se fue al este. Con todo, cuando su salud empeoró, entre 1963 y 1967, volvió con él y el último año incluso abandonó su carrera para cuidarlo. Eso sí, nunca vivieron juntos. Los últimos años estaban en diferentes bungalós dentro de la propiedad de Cukor. Kate vivía con Phyllis Wilbourn, su asistente y compañera.

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George Cukor fue uno de sus mejores amigos y testigo de sus amores, desde Laura a Spencer. En casa del director se reunían las estrellas «no convencionales». Allí conoció a Tracy y allí lo acompañó

Luego, en los documentales y entrevistas que concedió en los años 80, Kate se esforzó en presentar la relación con Spencer como idílica, como si hubieran sido 27 años de convivencia continua y tranquila. Quería, según su biógrafo, que la imagen fuese de una relación romántica, sexual y, sobre todo, convencional. «De niña había querido ser famosa y admirada concluye Mann. Y se pasó todo la vida asegurándose de que lo era».

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