Héroe de guerra, esposo ejemplar, idealista y un punto bobalicón, fue también un hombre atormentado, lejos del estereotipo de eterno ‘boyscout’ que él mismo cultivó. Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Getty Imagesy Cordon

«El nunca actuaría de asesino». Alfred Hitchcock fue lapidario: James Stewart jamás hubiera sido creíble como el malo de la película. Incluso en sus papeles más atormentados destila algo que lo redime: las dudas, el peso de la conciencia, la culpa.

James Stewart, icono de la época dorada de Hollywood. La encarnación del hombre sencillo, del héroe a regañadientes. Tímido en la pantalla y en la vida real. Chapado a la antigua, republicano hasta la médula. Buen patriota, intachable esposo y padre de familia. Al menos, ése es el poso que ha quedado. Pero revisemos el mito.

James Stewart fue actor, pero también arquitecto, poeta, hombre de negocios, boyscout y, sobre todo, piloto de bombarderos. Lideró decenas de incursiones sobre la Alemania nazi en las que murieron bajo las bombas miles de civiles. Nunca quiso hablar sobre ello. Defendió celosamente sus pensamientos más íntimos y oscuros, atrapado en una imagen pública que irradiaba simpatía y humildad. Pero sus biógrafos sugieren ahora que después de la guerra pasó un calvario y encadenó sucesivas depresiones. Incapaz de verbalizar lo que lo angustiaba, ese desgarro afloró en su lenguaje corporal, en los gestos de los personajes que interpretó a partir de los años 50.

James Stewart, la cara oculta del bueno de la película

Tras la II Guerra Mundial, Stewart se convirtió en un héroe

James Stewart nació el 20 de mayo de 1908 en Indiana (Pensilvania), en el seno de un hogar presbiteriano, donde se bendecía la mesa. Su padre regentaba una ferretería, su madre sabía tocar el piano y tuvo dos hermanas pequeñas. Su padre, un hombre recto y severo que peleó contra los españoles en Cuba y contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial, le inculcó unos valores morales decimonónicos y el culto al trabajo. Jimmy Stewart tuvo una infancia dura, pero feliz. Se iba de acampada, volaba cometas y le fascinaban los aviones. Eran los tiempos heroicos de la aviación. Quiso ingresar en una escuela militar para convertirse en piloto, pero su padre lo obligó a ir a la universidad. Corría el año 1928 y el joven James Stewart estudió Arquitectura en Princeton. Durante los veranos se sacaba un dinerillo trabajando de albañil y pintando las líneas de las carreteras recién asfaltadas. También hizo sus pinitos tocando el acordeón.

Bombardeó Alemania y murieron miles de civiles. No quiso hablar de ello. Defendió sus pensamientos más íntimos, atrapado en una imagen que irradiaba simpatía

Eran tiempos difíciles. Se graduó en 1932, en plena Depresión. Su tesina fue el diseño de un aeropuerto. Pero no encontró trabajo de arquitecto. Y tampoco quería volver a la ferretería. Así que se marchó a Nueva York con un grupo de actores aficionados, entre ellos su primer amor, Margaret Sullavan, y su mejor amigo, Henry Fonda. Su padre montó en cólera. El teatro no era una ocupación respetable. Pero esta vez el hijo modélico no le hizo caso.

Compartió piso con Henry Fonda, tanto en Nueva York como en Los Ángeles, donde la productora Metro Goldwyin Mayer le hizo una prueba. La superó y firmó un contrato leonino: 350 dólares semanales por trabajar a destajo. «Se oye mucho eso de que los viejos magnates de la industria eran unos tiranos y los estudios, factorías casi esclavistas. Pero la Metro era un lugar maravilloso donde mis jefes tomaban todas las decisiones en mi nombre», ironizó. Durante cuatro años, de 1935 a 1939, protagonizó pequeños papeles en 29 películas.

No quería ser ferretero y se escapó a Nueva York con su amigo Henry Fonda. Su padre montó en cólera. El hijo modélico, por primera vez, no le hizo caso

Como actor pasaba inadvertido. Pero vivió la vida loca arrimado a Henry Fonda, que le iba pasando las novias que él dejaba. Henry era el lanzado; Jimmy, el paño de lágrimas. Tuvo romances más o menos platónicos o carnales con Katherine Hepburn, Jean Harlow, Carole Lombard, Greta Garbo… Pero eran amores discretos, respetables. La puritana influencia familiar seguía pesando. Ellas se empeñaban en “pervertirlo”. Se dice que Ginger Rogers y Marlene Dietrich lo acosaron. Como recuerda Joan Crawford, «tenía una forma tan tímida de mirarte que te derretía por dentro». Pero muchas veces el actor prefería quedarse en casa antes que irse de juerga. Rodeado de filibusteros sexuales como Clark Gable o Gary Cooper, llamaba la atención su caballerosidad. Lo más sórdido que se puede decir de él es que fue presionado por el estudio para frecuentar el burdel privado de la Metro. La productora ejercía así cierto control sobre sus estrellas y se aseguraba de que al día siguiente madrugasen para ir al plató. También era una manera de verificar su heterosexualidad.

James Stewart, la cara oculta del bueno de la película 1

James Stewart con Margaret Sullavan en la película ‘El bazar de las sorpresas’ (1940)

James Stewart no tenía entrenamiento como actor. Se curtió rodando. Las únicas lecciones se las dio Margaret Sullavan, que se percató de que los balbuceos de Jimmy eran irresistibles y le aconsejó que los utilizara ante la cámara. Él bebía los vientos por ella. Pero ella se casó con Henry Fonda. El matrimonio duró un año. Fonda y Stewart no perdieron la amistad. Y eso que tenían serias diferencias políticas: Fonda era de izquierdas y Stewart, conservador. Una discusión acabó a puñetazos. Decidieron no volver a hablar de política y la amistad perduró hasta la muerte de Fonda, en 1982. El año 1939 fue decisivo en su vida. Sustituyó a Gary Cooper como protagonista en Caballero sin espada, de Frank Capra. A pesar del éxito de taquilla, su padre insistió en que volviese al pueblo y dejase aquella «vida pecaminosa». Al año siguiente consiguió un Oscar por su papel en Historias de Filadelfia, de George Cukor. Stewart mandó la estatuilla a su padre, que la colocó en una estantería de la tienda, junto a las medallas de guerra y los diplomas de boyscout. Fue el primer paso para hacerse perdonar.

La reconciliación llegó con la Segunda Guerra Mundial, que partió en dos la carrera artística del actor. Jimmy quiso alistarse como piloto, antes incluso del ataque japonés a Pearl Harbour, pero los reclutadores lo rechazaron por flaco. Estaba en los huesos: medía 1,95 y sólo pesaba 62 kilos. Se atiborró durante unos días y volvió a intentarlo. Dio el peso mínimo con apenas unos gramos de margen.

Ya en el Ejército, le dieron un destino como instructor de vuelo, pero él anhelaba entrar en acción. Insistió a sus superiores hasta que en agosto de 1943, con 35 años, fue asignado por fin a un escuadrón con base en Inglaterra. Participó en más de 20 misiones sobre Alemania. Bombardeó Bremen, Fránkfort y Berlín. Según sus subordinados, era una persona muy amable, aunque firme, que se transformaba en combate. Se retiró de la Fuerza Aérea en 1968 con el grado de teniente general. Pero antes solicitó y obtuvo permiso para volar en una misión sobre Vietnam a bordo de un B-52.

Amigo de Nixon y de Reagan, fue un hombre de negocios multimillonarios, con inversiones diversas, desde pozos de petróleo hasta una compañía de vuelos chárter

Volvió de la guerra como un héroe. Fue recibido con confetis en su pueblo y abrazado por su padre, pero se había quedado sin contrato como actor. Frank Capra se acordó de él y le contó por teléfono una embarullada historia sobre un tipo que se quiere suicidar y un ángel que le salva la vida. Stewart no entendió gran cosa, pero aceptó el papel. Y así se convirtió en George Bailey, el protagonista de ¡Qué bello es vivir! (1946). «Trata de un tipo corriente que descubre que vivir cada día de forma honorable, con fe en Dios y preocupándose por los demás puede ser maravilloso», explicó el actor. Fue un fracaso de público, pero cristalizó el mito de Stewart como el prototipo del americano decente. Cuando vio el filme, el presidente Truman dijo que, si tenía un hijo, le gustaría que fuese como Jimmy. «La gente me ve como alguien vulnerable. No veo nada malo en eso, he elegido ese tipo de papeles porque encaja con mis sentimientos sobre la vida», reflexionó Stewart. Pero lo cierto es que sus papeles durante los años 50 y 60 no se amoldan al cliché que él mismo se fabricó. Alfred Hitchcock (La ventana indiscreta, Vértigo…) descubrió en él registros desconocidos: un cínico voyeur en silla de ruedas o un ex policía obsesionado por una mujer muerta. Esa faceta angustiada se intensificó en el western, tanto con John Ford (El hombre que mató a Liberty Valance) como con Anthony Mann (Winchester 73). Y llegó a su apogeo en Anatomía de un asesinato, de Otto Preminger.

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Héroe de guerra y actor oscarizado, Stewart se mostró siempre orgulloso de su familia. En la imagen junto con las hijas que tuvo con Gloria, la mujer con la que vivió 45 años y cuya muerte, en 1944, no logró superar.

A pesar de su versatilidad, nunca se libró del sambenito de que era incapaz de actuar y se limitaba a balbucear sus líneas. «Soy James Stewart y hago de James Stewart, no pueden pedirme grandes interpretaciones, sólo hago variaciones de mí mismo», dijo una vez, resignado. «Mi marido es un tipo demasiado normal para ser actor», sentenció su mujer, Gloria McLean, con quien se casó en 1949. Él tenía 41 años; Gloria, de 31, estaba divorciada y era madre de dos hijos. Formaron una pareja sólida y enamorada durante 45 años, hasta la muerte de ella, en 1994. Tuvieron dos hijas gemelas. Vivieron en Beverly Hills sin estridencias, al estilo presbiteriano: sacaban a pasear a Beau, su perro, o montaban el caballo que James cabalgó en la mayoría de sus películas del Oeste.

James Stewart fue amigo de Nixon y de Reagan y se convirtió en un hombre de negocios multimillonario, con inversiones muy diversas, desde pozos de petróleo hasta una compañía de vuelos chárter. Escribió malos poemas y testificó ante el Congreso en contra del coloreado de los filmes clásicos. Pero sus últimos años fueron tristes. Gloria murió de un cáncer de pulmón y Stewart se sumió en la melancolía. Se convirtió en un fantasma con la piel moteada por manchas cancerosas, cada vez más sordo y deprimido. El hombre al que los norteamericanos se quisieron parecer falleció en 1997, a los 89 años, de una embolia pulmonar. Sus últimas palabras fueron: «Me voy con Gloria».

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