Santa Teresa y la princesa de Éboli mantuvieron una tempestuosa relación, con astutas argucias de por medio. Juan Manuel de Prada novela este conflicto en su libro ‘El castillo de diamante’. El escritor nos dibuja un retrato histórico de estas dos mujeres de armas tomar. Por Juan Manuel de Prada/ Fotos: Cordon

Fueron las dos mujeres más poderosas de su época. Y habría de pasar mucho tiempo hasta que otras mujeres alcanzasen su relieve.

Ana de Mendoza, princesa de Éboli, era descendiente de una de las familias con mayor abolengo de Castilla, biznieta del todopoderoso cardenal Mendoza y esposa de Ruy Gómez de Silva, amigo íntimo y valido de Felipe II. Teresa de Jesús, procedente de una familia de conversos, había ingresado en la orden del Carmelo, que se propuso reformar contra viento y marea. Todos conocemos las suertes antípodas de estas dos mujeres: Teresa, victoriosa en sus afanes, fundó numerosos conventos reformados y dejó a la posteridad obras que hoy son consideradas cimas de la literatura mística, antes de ser encumbrada a los altares; Ana de Mendoza, tras enviudar, se asoció con Antonio Pérez, el taimado secretario de Felipe II, se involucró en asuntos políticos muy turbios y acabó sus días cruelmente encerrada -emparedada casi- en su palacio de Pastrana, por orden del monarca.

La tempestuosa relación entre la princesa de Éboli y Teresa de Jesús 1

Felipe II ordenó encerrar a la princesa de Éboli tras conocer sus enredos en varias intrigas políticas. Fue implacable con ella: mandó poner rejas en las ventanas del palacio de Pastrana

Lo que resulta mucho menos conocido es que ambas mujeres, Ana y Teresa, mantuvieron una tempestuosa relación, mucho antes de que sus respectivos destinos se decantasen. Ignoramos el momento y las circunstancias en que Ana y Teresa se conocieron. Pero no sería disparatado imaginar que lo hicieran a través de doña Luisa de la Cerda, prima de la princesa de Éboli, que había patrocinado la fundación de un convento de carmelitas descalzas en Malagón y gozaba de una amistad antigua con Teresa. Parece lógico que Ana, siguiendo el ejemplo de su prima, quisiera acoger también en sus estados a Teresa, proponiéndole la fundación de un convento. Por aquella época, los príncipes de Éboli disputaban a la familia Alba la supremacía entre la nobleza castellana; y, al igual que la familia Alba, sabían que el rey miraba con muy buenos ojos la reforma promovida por Teresa. Ana rogó muy encarecidamente a Teresa que fundase en Pastrana, donde los príncipes de Éboli acababan de instalarse, después de que Felipe II los nombrase duques de Pastrana, con dignidad de Grandes de España. Sabemos que Teresa se mostró muy remolona; y que, aunque finalmente aceptó el ofrecimiento de Ana, lo hizo a regañadientes. ¿Por qué? Tal vez fuera porque, en la particular batalla que mantenían los Éboli y los Alba, prefería mantenerse más cerca de los segundos (que fueron grandes benefactores de su causa). Tal vez fuera porque, al ser Pastrana una villa con pocos habitantes, la fundación de un convento que habría de sostenerse con limosnas resultaba un tanto arriesgada. Pero lo más probable es que Teresa conociese perfectamente el carácter orgulloso y mandón de Ana, lleno de resabios feudales e intemperancias. El carácter de Teresa no era, desde luego, tan turbulento; pero a tozuda no la ganaba nadie, y le gustaba tanto como a Ana imponer su voluntad, que además juzgaba coincidente con la voluntad divina. El choque entre ambas era inevitable; y fue un choque, en verdad, estrepitoso y memorable.

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Ruy Gómez, marido de Ana medió entre ella y Teresa de Jesús. Su arbitraje fue clave para la apertura del convento en Pastrana. En la imagen: Teresa con la princesa de Éboli y su esposo en una imposición de hábitos.

Ocurrió en 1569; y en nuestra novela El castillo de diamante lo contamos con todo detalle y adorno, como conviene a una fabulación. Teresa no aceptó las condiciones que Ana le propuso para fundar: no quiso acoger a las novicias que Ana le había traído de un convento de agustinas; le disgustó el edificio y la disposición de las celdas; y comunicó que el convento tendría que fundarse con dote, que por supuesto correría a costa de los príncipes de Éboli. Ruy Gómez, que era hombre componedor y pacífico, accedió a las peticiones de Teresa; Ana, en cambio, se fue soliviantando poco a poco, hasta que la convivencia en el palacio de Pastrana se tornó irrespirable. Además, Teresa se las ingenió para “captar”, con su personalidad siempre subyugadora, a unos ermitaños muy pintorescos, el padre Mariano Azzaro y fray Juan de la Miseria, a quienes Ruy Gómez acababa de donar una ermita muy próxima a Pastrana, consiguiendo que se incorporasen al Carmelo descalzo. Sin duda, todas estas maniobras de Teresa (todo lo amables y delicadas que se quiera, pero maniobras al fin) exasperaron a la princesa, que era mujer muy poco sufrida. Para vengarse de las exigencias de la carmelita, Ana le pedirá prestado, para su lectura, el manuscrito del Libro de la vida, donde Teresa había narrado el surgimiento de su vocación religiosa y sus experiencias místicas. Teresa, que ya había dejado leer su obra a la duquesa de Alba, accedió al requerimiento de la princesa de Éboli, con la condición de que no se lo diese a nadie más. Ana, por supuesto, incumplió esta condición: permitió que los criados de su palacio lo leyesen, entre burlas y risotadas; y, pasado el tiempo, allá por 1574, lo entregaría a la Inquisición.

Vestida de fraile, la princesa viaja hasta Pastrana aferrada al ataúd de su esposo. Ha jurado abandonar el mundo

El enfrentamiento entre Ana y Teresa alcanzaría su paroxismo en 1573, cuando fallece Ruy Gómez, que tantas veces había embridado los arrebatos de su esposa. Para entonces, los príncipes de Éboli habían vuelto a instalarse en la Corte; pero una desconsolada Ana de Mendoza jura, ante el cadáver de su marido, abandonar el mundo e ingresar, con el nombre de Ana de la Madre de Dios, en el convento carmelita de Pastrana. Esta resolución a todos parece desquiciada, pues Ana es madre de una copiosa prole que requiere sus cuidados; pero nadie logra doblegar su decisión. Y, vestida con hábito frailuno, Ana viaja hasta Pastrana en un carro descubierto, aferrada al ataúd de su difunto esposo, al que -en contra de lo que pretende la leyenda- siempre había sido fiel. Después de enterrarlo, Ana ingresará en el convento fundado bajo su patrocinio, alterando por completo sus hábitos de recogimiento, exigiendo que se le permita recibir visitas e imponiendo que las doncellas que le sirven sean también acogidas como novicias.

Humillada por Teresa, la princesa exige venganza, y entrega el manuscrito de Teresa al Santo Oficio

Cuando la priora de Pastrana informe de los desafueros de la princesa de Éboli, Teresa adoptará una resolución acorde con su santa tozudez: ordenará a sus monjas que abandonen el convento con mucha discreción en plena noche, dejando sola en él a la turbulenta princesa; y ella misma se encargará de coordinar la fuga, mandando desde Segovia varias carretas encargadas de sacar de incógnito a las monjas. Así se hizo; y, cuando Ana de Mendoza despertó a la mañana siguiente, se vio sola en el convento. La humillación que Teresa le había infligido exigía una venganza a la medida de su osadía; y Ana decidió denunciar a la carmelita ante el Santo Oficio.

Aquella denuncia, finalmente, no prosperaría, aunque sin duda hubo de causar muchos quebrantos a Teresa, que además vio cómo el convento de Pastrana era cedido por la princesa a las concepcionistas franciscanas, que todavía lo ocupan hoy. Tantos siglos después, cuando nos asomamos al tempestuoso conflicto que estalló entre Ana de Mendoza y Teresa de Jesús, nos sorprende que estas dos mujeres excepcionales, que supieron enfrentarse con éxito a los enemigos más enconados, no fuesen en cambio capaces de transigir la una ante la otra, para llegar a un entendimiento que hubiese sido beneficioso para ambas. Tal vez eran los suyos temperamentos demasiado irreductibles y singulares; tal vez eran ambas personalidades demasiado acusadas y fuertes. Y, puesto que el mundo no había logrado vencerlas, se dedicaron a vencerse la una a la otra.

El parche de la princesa

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Ana de Mendoza y de la Cerda fue una aristócrata poderosa. Tenía talento, belleza, un carácter altivo, afán por el lujo, y ambición. Se vengó de los desplantes de Teresa denunciándola a la Inquisición.

Han sido muchas las historias pintorescas urdidas en torno al parche de la princesa de Éboli. Hubo quien se inventó que perdió el ojo al hacer esgrima con un paje; y quien la imaginó cayendo de un caballo. El análisis exhaustivo del retrato de Ana de Mendoza atribuido a Alonso Sánchez Coello  permitió a Gregorio Marañón concluir que la princesa jamás fue tuerta, pues el parche de la pintura no trasluce la oquedad de una cuenca vacía, sino más bien un ojo con leucoma, que le da un «peculiar aspecto lechoso» y una «evidente desviación del globo ocular». «Fuera cual fuese la causa añade Marañón, el ojo quedaba tan feo, opaco, saliente y torcido» que exigía el uso de un parche. Ana de Mendoza, en cualquier caso, supo sacar ventaja de su leucoma para añadir misterio y encanto a su belleza.

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