Espartaco, Atila, Ricardo Corazón de León, Hernán Cortés… ¿Qué distingue a un gran guerrero de un psicópata con poder? ¿Qué se oculta en la mente de los líderes militares que cambiaron el mundo? Un libro del historiador Frank McLynn indaga en las razones que animaron su lucha. Por Javier García Cristóbal/Fotos: Cordon y Getty Images

Un crimen hace un villano, ¿millones hacen un héroe? El historiador Frank McLynn plantea la pregunta y no duda en asegurar que el de la guerra es un ámbito en el que sólo puede alcanzarse el éxito con la sangre de un gran número de seres humanos. La percepción que tenemos de los grandes guerreros de la historia, dice en su libro Héroes y villanos, está, por ello, destinada a ser ambivalente. El esplendor épico de sus hazañas bélicas termina siempre con una montaña de huesos que invita a preguntarse qué distingue a un gran guerrero de un psicópata con poder.

El psicólogo Alfred Adler consideraba que el impulso básico de todos los seres humanos era la voluntad de poder. Adler especulaba con la posibilidad de que los individuos con una «inferioridad orgánica» la compensaran con un ansia mayor de poder, y de ahí la famosa afirmación de que los grandes dictadores han sido personas de corta estatura o han tenido algún defecto físico (Stalin, Hitler, Mussolini o Franco).

Sigmund Freud explicaba el «ardor guerrero» de algunos adultos por su pasado de niños mimados: «Un hombre que ha sido el indiscutible preferido de su madre pasa por la vida sintiéndose un conquistador». Hay quien relaciona incluso el ímpetu guerrero con la orientación sexual. El mariscal de campo Bernard Montgomery afirmaba que el guerrero vive necesariamente en un mundo homosocial masculino que lo predispondría a la bisexualidad. Esto valdría sin duda para el caso, pongamos, de Alejandro Magno o de Julio César, y sabemos a ciencia cierta que Tokugawa Ieyasu, uno de los más importantes guerreros japoneses del siglo XVI, era bisexual. También se ha especulado con la posible bisexualidad de Espartaco, Ricardo Corazón de León y Napoleón. Sin embargo, esta idea se ve decisivamente refutada por las trayectorias de Atila y Hernán Cortés, ambos mujeriegos impenitentes. Después de investigar la biografía de algunos de los más grandes guerreros de la historia en diversas culturas, Frank McLynn no cree que exista una teoría psicológica que pueda explicar qué diferencia a una persona normal y corriente de un guerrero de éxito, aunque sí descubre algo común a todos ellos: su extraordinaria capacidad para afrontar tensiones simultáneas que se prolongan en el tiempo; Espartaco, Napoleón, Atila o Hernán Cortés lucharon a la vez contra sus enemigos externos, contra los de su propio bando y, en la mayoría de los casos, contra ellos mismos y sus fantasmas.

Si bien no se puede explicar entonces qué separa a un hombre normal de un gran guerrero, sí puede explicarse acaso qué separa al guerrero heroico del psicopático. Los psicópatas, se explica desde la Psiquiatría, no pueden empatizar ni sentir culpa por sus actos; no empatizan con el dolor ajeno, y por ello interactúan con los demás cosificándolos, como si fueran objetos susceptibles de ser utilizados a placer para conseguir sus fines y saciar sus deseos, entre los cuales, muchas veces, está el goce en el sometimiento y la vejación del otro. En esa cosificación que el psicópata realiza de los demás radica su total falta de culpa y, sin duda, su impiedad. Cabe pensar así, aventura McLynn, que lo que separa al héroe del psicópata, aun cuando ambos sean grandes guerreros, no es su portento físico, su valentía ni su aptitud para la contienda, sino los fines en que emplee estas capacidades. A continuación, varios de los grandes guerreros de la historia señalados por McLynn. ¿Héroes o villanos?

Espartaco

¿Qué distingue a un gran guerrero de un psicópata con poder?

Espartaco, el nostálgico.  Creó un ejército de esclavos, pero no para acabar con la esclavitud sino por necesidad personal. Su genio guerrero se alimentaba del deseo de volver a su patria y a su vida anterior.

Encabezó la singular revuelta de los gladiadores del 73 a. C. Vivían entonces en la Península itálica seis millones de personas; de ellas, dos millones eran esclavos. Espartaco había nacido en Tracia y, se cree, servido en el ejército romano; luego había desertado. Al ser capturado, fue esclavizado y escogido para ser entrenado como gladiador por su magnífico físico e inteligencia. Así debió de someterse al más riguroso de los entrenamientos en Capua, donde, a la fuerza, se le enseñó la crueldad y el gusto por la sangre. Cuando su pequeña rebelión de 70 gladiadores se transformó en un amenazante ejército de 70.000 esclavos, trató de inspirar a sus hombres con los más nobles ideales. Incluso prohibió el oro y la plata en su campamento, acaso para apartar a sus seguidores de la afición al saqueo. «Sería un error, no obstante, ver en Espartaco una especie de anacrónico ‘buen salvaje’ -dice McLynn-. No fue un pionero de la lucha de clases. Sólo quería recuperar su libertad y, embrutecido por sus experiencias, podía ser tan cruel como sus enemigos: al conocer el asesinato de uno de sus comandantes a manos romanas, ordenó ajusticiar a 3.000 prisioneros.»

Atila

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Atila, el ‘Padrino’.  Sembraba el terror para luego vivir de la extorsión. Sus enemigos preferían pagarle antes que batallar con él. Esa era la clave de su ‘negocio’ y lo manejaba al milímetro.

El rey de los hunos trató políticamente con dos mitades muy distintas de un Imperio romano dividido, con traidores y múltiples intentos de asesinato, e incluso con la firme oposición de su propio hermano, Bleda, a quien asesinó, mientras sorteaba el laberinto de la política europea del siglo V. Su ‘genio’ consistió en exigir dinero bajo amenaza a ambas partes del imperio. Con mentalidad mafiosa, montó una gigantesca red de extorsión: los romanos, descubrió, sólo podían pagarle, ya que les resultaba imposible organizar operaciones militares eficaces contra los hunos. Atila calculó así que podía obtener dinero a cambio de protección siempre que no se mostrara demasiado ambicioso. La clave estaba en difundir el terror asociado al nombre de los hunos mediante una serie de atrocidades escogidas y convenientemente divulgadas de modo que el enemigo se rindiera sin luchar. Y en eso Atila fue impresionantemente impiadoso. La única vez que mostró un rasgo humano delante de un embajador romano fue con su hijo pequeño, su preferido porque un adivino le había dicho que, tras su muerte, su familia declinaría, pero que este hijo restauraría la fortuna de los hunos. En su peor momento político y militar, tras dos fracasos contra el imperio occidental, que se negó a nuevas extorsiones, Atila se casó por conveniencia con una princesa germana, Ildico, que se unió al grupo de sus esposas. En 453, después de los festejos nupciales, apareció muerto, probablemente envenenado.

Ricardo Corazón de León

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Ricardo I, el galán. Alto, rubio y atractivo, educado en un ambiente de traiciones familiares, fue violento y poco leal, desconfiado y egoísta, aunque también capaz de gestos de generosidad.

Su padre, el rey Enrique II de Inglaterra, era el monarca más poderoso en la década de 1170 y su madre, Leonor de Aquitania, una leyenda viviente: intrigante, consumada política, mecenas y veterana de la Segunda Cruzada. A los ocho hijos de ambos se los conocía como la “prole del diablo” por sus excesos. En 1191 sólo seguían vivos dos, Ricardo y Juan. Negándose a renunciar al feudo materno de Aquitania, Ricardo había luchado al lado de sus hermanos contra su padre que fue derrotado y liberó a su madre, encarcelada por éste desde que ella alentara la guerra civil que en 1173 había puesto contra él a sus propios hijos. Tras ser coronado rey de Inglaterra en 1189, Ricardo se fue a las cruzadas. Desembarcó en Tierra Santa con 33 años y llevaba casi 18 de guerra. Su primera victoria fue en San Juan de Acre, Israel, y también uno de sus episodios más oscuros. Como Saladino, el líder musulmán, incumplía las condiciones de la rendición, Ricardo ejecutó a todos sus prisioneros, 3.000 musulmanes, en una sangrienta orgía que propició las represalias de Saladino, que decretó la muerte de todos los cristianos capturados en adelante. De regreso en Inglaterra, Ricardo murió en 1199 en Limoges por una flecha de ballesta disparada por un niño, cuyos hermanos y cuyo padre habían sido antes asesinados por Ricardo. En un último acto de piedad, el rey otorgó el perdón a su pequeño verdugo.

Hernán Cortés

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Hernán Cortés, el mujeriego. La moralidad no parece ser un rasgo de los grandes guerreros, y, en efecto, Cortés carecía singularmente de ella. El oro y las mujeres fuero las dos grandes ‘pasiones’ de su vida.

Durante la conquista de México, el hecho incuestionable del sacrificio humano entre los mayas y los aztecas le dio lo que necesitaba: un elemento propagandístico que justificara la crueldad que solía emplear contra ellos. La gran batalla de Cortés fue la conquista de Tenochtitlán, la capital azteca que albergaba a más de 250.000 personas (sólo Nápoles y Constantinopla tenían tal magnitud). Cortés tenía una motivación inquebrantable: el oro que el propio emperador azteca, Moctezuma, le había enviado en su primer encuentro. Su falta de escrúpulos se extendió más allá de la guerra y asesinó incluso a su esposa, Catalina Suárez, tras una discusión sobre su harén de queridas. Hizo desaparecer, a su vez, a cuanto administrador llegaba desde España para investigarlo por la sospecha de que sólo declaraba una parte del oro hallado. Cuantos se interpusieron en su camino fueron desapareciendo. Regresó a España en 1540, donde vivió retirado en Sevilla hasta su muerte, en 1547.

Napoleón

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Napoleón, el insomne.  En 1808, era el amo de Europa. Trabajaba casi 20 horas diarias y llegaba a pasar hasta tres días sin dormir. Sin duda era un guerrero, pero, sobre todo, fue un gran manipulador.

Cuatro millones de personas murieron en las guerras napoleónicas; las bajas producidas en sus batallas no se superaron hasta las guerras mundiales del siglo XX. Napoleón Bonaparte (Ajaccio, 1769) fue políticamante ambivalente, dispuesto a servir a Dios y al diablo. Mucho antes de proclamarse emperador de Francia en 1804, destacó por su notable habilidad para influir en los hombres y hacer que actuaran según sus objetivos. Poseía una rara combinación de talento matemático y soberbia memoria. Tras incontables batallas ganadas, cometió su mayor error: intentar invadir Rusia en 1812. Perdió medio millón de hombres, y en 1814 Gran Bretaña, Prusia, Austria y Rusia invadieron Francia. Obligado a abdicar, se exilió en la isla de Elba, pero en 1815 regresó y libró su última campaña, los Cien Días, que acabó con su derrota en Waterloo. Exiliado esta vez en la isla de Santa Elena, murió en 1821, se cree, envenenado. Sus biógrafos subrayan su gran tesón y energía, pero lo que le movía, lo que generaba su incesante actividad y ambición, era otra característica, la más común en los grandes guerreros: la vanidad.

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