Hay textos y papiros que muestran sin pudor alguno la gran variedad de posturas y emparejamientos sexuales que se practicaban en el Antiguo Egipto. Los faraones de la Dinastía XVIII y sobre todo Amenofis III destacaron por su promiscuidad y su falta de prejuicios. Por Fátima Uribarri

Ellos y ellas aparecen en plena actividad sexual y con amplia variedad de posturas y prácticas. El papiro erótico de Turín, encontrado en Deir el-Medina, cerca de Luxor, en 1824 escandalizó por su obscenidad al arqueólogo Jean François Champollion, descubridor de la piedra de Rosetta.

El papiro mostraba la alegre vida sexual de las élites del Antiguo Egipto, algo que también se aprecia en las ilustraciones eróticas de vasijas y amuletos fálicos y que también se ha corroborado en los muchos análisis realizados en las momias reales.

La loca vida sexual de los faraones 1

El papiro erótico de Turín

Minuciosos estudios genéticos demuestran de modo científico algo que ya se sabía: en el Antiguo Egipto, y sobre todo en la mítica Dinastía XVIII de sus faraones (reinante durante 250 años), el incesto era lo habitual. Para garantizar la pureza de la sangre real los faraones se casaban con sus hermanas. Y con sus hijas. E incluso con sus nietas.

La lujuria de Amenofis III

Esto último lo hizo el muy promiscuo Amenofis III al que se atribuyen más de 3.000 compañeras de cama. A los 60 años se casó con su nieta Ankesenamón porque ella se había quedado viuda de su hermano, el faraón Tutankamón, sin haber tenido hijos. En un intento de salvaguardar la continuidad de su sangre en el trono, Amenofis III se encamó con su propia nieta. Pero no lograron tener hijos.

Amenofis III fue de los faraones más aficionados al sexo. Se han encontrado evidencias de que gozada mucho con una dominatrix: los textos de la época se refieren a ella como la ‘señorita Látigo’ y desvelan que a este lujurioso faraón le encantaba la versión antigua del lap-dance, el striptease que la mujer realiza sobre el regazo del hombre.

Su vida sexual fue un no parar. Antes de casarse con su nieta lo hizo con tres de sus hijas, Sitamón, Henuttaneb e Iset. Tanto incesto tuvo fatales consecuencias en la salud de las siguientes generaciones. Su nieto Tutankamón, por ejemplo, padecía varias enfermedades genéticas derivadas de tanta consaguinidad. Entre otras cosas tenía muy dañados los huesos de los pies, por eso en su tumba se encontraron tantos bastones: no eran cetros como se pensó al principio, sino muletas.

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