Soledad Becerril fue ministra de Cultura con Calvo Sotelo, la primera mujer en tener una cartera ministerial desde la Segunda República. También ha sido diputada, senadora, alcaldesa y defensora del pueblo. Historia viva de la Transición española junto a otros protagonistas como Nicolás Sartorius. Por Virginia Drake 

De niña la llamaban Marisol. Tiene 74 años y es la menor de cuatro hermanos. Se licenció en Filosofía y Letras, se especializó en Filología Inglesa y amplió sus estudios en la Universidad de Columbia (Estados Unidos). Se casó con Rafael Atienza Medina (marqués de Salvatierra) y se fue a vivir a Sevilla, donde nacieron sus dos hijos, Soledad y Gaspar. Liberal hasta la médula, se inició en la política de la mano de Joaquín Garrigues Walker y participó muy activamente por devolver la democracia a nuestro país. Fue la primera ministra española desde Federica Montseny, en la Segunda República (1936), y la primera mujer en ocupar la Alcaldía de Sevilla. Hace seis años se separó de su marido y regresó a Madrid, donde viven sus hijos y sus nietos, casi al tiempo en que fue nombrada defensora del pueblo, siendo también la primera mujer en ocupar este cargo.

Tozuda, trabajadora, inteligente y enormemente discreta, con motivo de la publicación de sus memorias, Años de Soledad (editorial Galaxia Gutenberg), nos recibe en su casa del barrio de Chamberí.

XLSemanal. ¿Por qué se ha decidido ahora a escribir estas memorias?

Soledad Becerril. Porque no quiero olvidar. Y porque, al haber sido una mujer que tuvo cargos públicos de cierta relevancia cuando no era habitual, me parecía que podía tener interés ver cómo ha evolucionado la condición de la mujer. En 1977, de los 350 diputados, solo 21 éramos mujeres.

XL. Primera ministra, primera alcaldesa de Sevilla y primera defensora del pueblo… y siempre le llovieron comentarios despectivos por ser mujer.

S.B. Les parecía que una mujer, y no de izquierdas, no merecía consideración.

soledad becerril, ministra democracia

Llevaba 2 años en política cuando llegó al Congreso en 1977. Tenía 33 años, de las más jóvenes de la cámara, y fue recibida con desdén por muchos diputados

XL. Alfonso Guerra dijo que era «una señorita desocupada, miembro de un club deportivo de gente bien». También se dijo: «Es una recién llegada, casada con un marqués». «Para ser mujer, es bastante antipática». «Sus declaraciones son propias de una niña de Serrano».

S.B. Pero yo no iba a la calle Serrano ni siquiera de compras. Alfonso Guerra se rio bastante de mí, pero no fue el único. Criticaron con dureza mi participación en la vida pública. Las organizaciones feministas tampoco me defendieron, porque suelen apoyar solo a sus militantes.

XL. Su forma de vestir también suscitó muchos comentarios.

S.B. Pero en eso seguimos porque se sigue observando con mucho interés la indumentaria de las ministras. Se me criticó mucho que no fuera vestida de negro a la jura de mi cargo [fue con un traje fucsia con cinturón azul]. Como no había pensado que fuese a ser elegida, usé lo que tenía en mi armario. Y, en verano, a un partido de fútbol [además, era ministra de Deportes] fui con un traje verde chillón muy criticado también.

XL. «Verde demonio», lo bautizó un periodista deportivo. Pero, al final, recurrió a Jesús del Pozo.

S.B. Bueno… le pedí que me hiciera un par de trajes y salí de ese embrollo.

XL. Dice que le duele que nuestras hijas lo tengan hoy más difícil.

S.B. Porque lo pasan mal. Las cosas tienen que cambiar más. Aunque no haya un problema importante de discriminación en la legislación, hay muchas más dificultades para las mujeres a la hora de conciliar la vida familiar y la profesional: la diferencia salarial; la dependencia de las personas mayores, que siempre recae sobre ellas…

XL. ¿Es verdad que cuando Leopoldo Calvo Sotelo le ofreció la cartera de Educación usted le dijo que le diera unos días para pensárselo?

S.B. Sí, jajaja. Se lo dije desde la mayor ingenuidad. Y me dijo que no, claro. Esas propuestas hay que contestarlas de inmediato, aunque te las hagan por teléfono. Así que le respondí que sí.

“Nuestras hijas lo tienen hoy más difícil. La diferencia salarial, la conciliación… Las cosas tienen que cambiar más”

XL. En su haber tiene que Felipe González dijo de usted que era «lo único bueno del nuevo Gobierno».

S.B. Sí, jajaja. Fue muy amable.

XL. Calvo Sotelo, años después, le dedicó sus memorias y escribió. «A Soledad, que no necesitó el 25 por ciento para entrar en un Gobierno».

S.B. Sí, porque luego vinieron las cuotas para que las mujeres accedieran. Con Zapatero fueron el 50 por ciento y ahora son 11 de 17.

XL. Pedro Sánchez tiene el Gobierno con mayor porcentaje de mujeres de Europa; está claro que el panorama ha cambiado mucho.

S.B. Bueno, esos son afanes de lucimiento; pero, efectivamente, hay que destacarlo porque todavía seguimos viendo muchas fotos de reuniones y comisiones ejecutivas de empresas y bancos en las que no hay ninguna mujer. ¿No hay ninguna mujer que tenga esa formación? ¡Qué raro!, ¿no?

XL. Cuenta que Luis Berlanga le propuso un papel en una de sus películas.

soledad becerril, ministra democracia

Soledad Becerril en 1981, tras ser nombrada ministra de Cultura

S.B. Sí. Le dije que no, claro. Figúrate, la única ministra haciendo un papelito en el cine. ¡La que me hubiera caído!

XL. Y recuerda que el mismo día que traspasó a su sucesor la cartera de Cultura, en el avión de vuelta a Sevilla se sentó junto a usted el torero Antonio Ordóñez.

S.B. Fue muy agradable compartir con él mis primeras horas de exministra, no lo olvidé nunca. Luego, al llegar a casa, lo primero que vi fue que no funcionaba la lavadora. Lo segundo, recibí una llamada de la Biblioteca del Congreso para que devolviera un libro, que yo no tenía. Y lo tercero, vinieron a mi casa los de Telefónica con una orden de llevarse el teléfono oficial que me habían instalado. Y lo arrancaron de la pared, literalmente, y me dejaron el agujero a la vista. ¡Es lo que se llama ‘perder el poder’! Así fue mi primer día de ama de casa: ¡hay que reponerse!

XL. Usted perdió la Alcaldía de Sevilla, habiendo ganado las elecciones, porque no aceptó convertirse en un florero.

S.B. Así fue, preferí perder la Alcaldía antes que pactar con el Partido Andalucista (PA) unas condiciones que no me parecían aceptables. No podía convertirme en una figura decorativa. El pacto que me ofreció el PA pasaba porque yo me mantuviera al margen de todas las decisiones en materia de urbanismo y algunas otras cuestiones importantes más. Y, claro, no transigí.

XL. Ese día recordó una frase del alcalde de Zalamea: «Al rey, la hacienda y la vida se le ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma».

S.B. Y es así. Aunque mucha gente no lo aceptó bien y, aunque en el PP se disgustaran, hice lo que debía hacer.

“La noche del 23-F, Jordi Pujol defendió la democracia y el Estado de derecho. Además del Rey, fue la figura fundamental”

XL. ¿No fue una mujer de partido disciplinada?

S.B. He sido suficientemente disciplinada, pero en algunas cuestiones he querido y he sabido decir ‘no’.

XL. Sus más de 40 años de actividad política en sus memorias no llegan a las 200 páginas, ¿calla muchas cosas?

S.B. No creo que tenga una trayectoria de vida pública para 700 páginas. He querido hablar de la Transición que yo viví, porque me parece que fue muy ejemplar. Otra de las pretensiones del libro es que las generaciones jóvenes se interesen por saber cómo se hizo y qué permitieron aquellos acuerdos.

XL. Con el paso de los años se le achacan muchas deficiencias a aquella Transición que a algunos les pareció extraordinaria.

S.B. Creo que algunos opinan sin valorar la dificultad del tránsito de una dictadura a una democracia. Estos más de 40 años de democracia suponen uno de los mejores periodos de la historia de España. En este libro he querido hacer un reconocimiento a las figuras del Rey, Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo -que es el gran olvidado y que recibió ataques de la derecha, la izquierda y el centro- y Felipe González, cada uno por sus motivos.

Soledad Becerril

El 23-F, Becerril era diputada de UCD. “Recuerdo un momento en que me escabullí a mi despacho y encontré dormido allí a un joven con su metralleta en el suelo. Aquello fue un caos”

XL. En su libro destaca el papel institucional de Jordi Pujol en momentos críticos para España.

S.B. Y fue así. La noche del 23-F se comportó como un hombre de Estado que defendía la democracia y el Estado de derecho de su país. Además del Rey, Pujol fue la figura fundamental.

XL. ¿Cree que su ‘hoja de ruta’ respecto a Cataluña ya estaba trazada entonces?

S.B. No lo sé; pero sí pienso que los ‘padres’ de la Constitución, cuando redactaron la Carta Magna, partieron de la buena fe de los gobernantes de Cataluña y del País Vasco, con los que negociaron y llegaron a unos acuerdos que suponían iban a ser duraderos. Y no ha sido así. También creo que las transferencias en materia de Educación han sido una baza fundamental en ese proceso de transmisión de ideas y objetivos. A eso se une que nos ha faltado una ley de educación de amplio acuerdo y duradera. Los catalanes se dieron cuenta muy rápido del poder de la educación e iniciaron ese tránsito inmediatamente. a los niños, desde los seis años, les han contado que esa comunidad autónoma está minusvalorada y que el camino hacia el futuro pasa por ser una nación independiente. Y eso, dicho durante décadas, deja un poso muy fuerte. No soy muy optimista y estoy muy preocupada.

XL. Volvamos al 23-F. Cuenta que el Rey, días después del fallido golpe de Estado, se reunió con los componentes de la Mesa del Congreso. ¿Qué les dijo?

S.B. Nos dijo ‘algo’, pero hay que ser respetuosa con las cosas que nos dice el jefe del Estado. Sí puedo decir que el Rey hizo un movimiento con la mano que indicaba que había habido momentos en los que la democracia había estado en la cuerda floja. Es decir, que habían transcurrido unas horas de total incertidumbre, en las que no se supo cómo iba a terminar aquello. Insisto, su determinación fue clave.

“Los etarras que mataron a los Jiménez- Becerril habían preparado un coche bomba para mí días antes. Si hubiera funcionado, Alberto y Ascensión se habrían salvado”

XL. Sin embargo, se han publicado teorías diferentes sobre la posible implicación del Rey antes y durante el golpe.

S.B. No creo ninguna de ellas. No sé si son mentiras, fantasías o exageraciones, lo que sí creo es que el Rey ha sido un pilar fundamental para la Transición, la democracia y el mantenimiento del Estado de derecho.

XL. Usted estaba aquel día en el hemiciclo sentada junto a José Bono, que cuenta que cuando hubo disparos usted dijo: «¡Ay, mis hijos!».

S.B. Eso dice Bono, 30 años después [sonríe]. Yo lo que recuerdo es que fue un intento de golpe muy grave, gravísimo, y muy mal organizado. En el libro describo cómo entraban y salían los golpistas sin orden, cómo discutían y se peleaban entre ellos… Y cuento que, en uno de esos momentos de confusión, yo me escabullí del hemiciclo y fui corriendo a mi despacho con la idea de comunicar al exterior por teléfono lo que allí estaba ocurriendo, y que me encontré tumbado y durmiendo en un pequeño sofá de mi despacho a un joven que tenía en el suelo una metralleta. Me asusté y volví al hemiciclo, pero eso demostraba el caos en el que estaban sumidos.

XL. Hay otro momento en su vida política que posiblemente ha marcado un antes y un después: el asesinato a manos de ETA del matrimonio Jiménez-Becerril. Dice que en este libro cuenta por primera vez lo que vio y lo que vivió aquella noche.

S.B. En muchas ocasiones he hablado del daño producido a la familia; pero lo que no había hecho nunca es contar lo que yo vi y viví aquel día.

XL. ¿Por qué?

S.B. Según he leído, en testimonios de personas que han vivido hechos parecidos, porque no se quiere revivir. Se establece una defensa que hace que cueste muchos años poder verbalizarlo. Y lo hago ahora porque, al escribir sobre mi vida municipal en Sevilla, ni debo ni he querido dejar de mencionar y de recordar lo que pasó.

XL. ¿Hay algo en su relato que no conocíamos?

S.B. Sí. Cuento cómo vi el cuerpo de mis amigos (Alberto y Ascensión) nada más producirse el atentado y otras cosas más de las que no había hablado nunca. Y, siendo defensora del pueblo, fui a la Audiencia Nacional a escuchar a los autores de ese asesinato y también lo cuento en el libro.

XL. Narra en el libro que, el 29 de enero de 1998 por la tarde, Alberto Jiménez-Becerril y otros compañeros del Ayuntamiento habían asistido a una conferencia que usted daba en el Colegio Mayor de los Salesianos de Sevilla y que, al terminar, ellos se fueron a tomar algo a un bar que solían frecuentar los concejales y que usted se fue a su casa.

S.B. Es así. Después, bien entrada la noche, sonó el teléfono de mi casa. Era para comunicarme que acababan de matar a Alberto en la calle Remondo. Me vestí y fui corriendo hacia allí. A pocos metros de su casa yacían los cuerpos de los dos. Los habían seguido cuando salieron del local en el que habían estado tomando algo. Un par de horas después, Mayor Oreja y Javier Arenas me confirmaron que había sido ETA. Tenían tres hijos, de 4, 7 y 8 años. Yo no me atrevía a llamar a Tere, la madre de Alberto, para comunicarle una noticia así y decidí llamar a su tío Gabriel Rojas y al hermano de Ascen.

XL. Cuenta que, unos meses después, Francisco Giménez-Alemán, entonces director de ABC, la llama para decirle que, tres días antes del atentado de Jiménez-Becerril, el 27 de enero, ETA había intentado atentar contra usted.

S.B. Sí, me llamó para decirme que, tras ser detenidos, en la declaración que habían hecho los autores en la comandancia de Tres Cantos, confesaron que tres días antes me habían preparado un coche bomba y que falló el dispositivo de conexión cuando fueron a activarlo. En ese momento solo pensé en la buena suerte que habíamos tenido el conductor, el policía que me acompañaba y yo, y en la mala suerte que habían tenido mis compañeros.

XL. ¿Cree que, si a los terroristas no les hubiera fallado el dispositivo que activaba aquel coche bomba a su paso, Alberto y Ascensión hoy estarían vivos?

S.B. Sí, si hubieran acertado conmigo, Alberto y Ascensión se hubieran salvado. Lo he pensado muchas veces, claro que sí.

soledad becerril 2

Su último cargo público fue el de defensora del pueblo, hasta 2017. Hoy vive en Madrid, cerca de sus hijos y nietos

XL. Mikel Azurmendi y José Luis Barrios fueron condenados a 30 años de cárcel como coautores del doble asesinato.

S.B. Y luego fueron condenados a otros 36 años por doble intento de atentado contra el alcalde de Granada y contra mí. Y Kantauri, que estaba al mando del Comando Andalucía y que fue quien dio la orden de «levantar un concejal, ya», fue condenado a 56 años.

“Las feministas tampoco me defendieron. Parecía que una mujer, y no de izquierdas, no merecía consideración”

XL. ¿Se han dado los pasos correctos en la lucha contra ETA, es una etapa cerrada?

S.B. Se han hecho bien muchas cosas, muchas; entre las Fuerzas de Seguridad, la Justicia y las instituciones hemos conseguido ganar a ETA. Pero no es una etapa cerrada, porque hay muchos atentados sin resolver y eso causa mucho dolor a las familias. Hay más de 300 personas asesinadas por ETA sin que se conozca quiénes fueron los autores de esos atentados y hay que intentar que estos hechos no prescriban. Es fundamental descubrir quiénes fueron y poder juzgarlos. Pero para mí es casi una obsesión saber quiénes han sido los que han decidido los atentados y seleccionado a las víctimas. Tenemos que saber también quiénes fueron los que no empuñaron las armas.

XL. Cinco años después de ser nombrada defensora del pueblo, renunció al cargo. ¿Cree que el papel del defensor del pueblo interesa y está reconocido?

S.B. Menos que otras instituciones, porque no es una institución de pelea ni de bronca. El defensor hacer su labor la mayoría de las veces en silencio.

XL. ¿Por qué en silencio?

S.B. Porque conlleva el anonimato de la persona a la que atiendes, y eso es importantísimo. Cuando te llega una queja, actúas y les dices lo que pasa al ministro o a la alcaldesa que corresponda para que busque la solución.

XL. ¿Está satisfecha con su labor como defensora del pueblo?

S.B. Me ha gustado mucho serlo, pero no es un cargo que produzca satisfacciones porque siempre se quedan cosas en el camino. No es una institución para alabanzas ni felicitaciones… pero resuelve miles de quejas. Cuando me fui el año pasado, lo dejé con un 82 por ciento de aceptación de la queja recibida; se nos dio la razón en un altísimo porcentaje de casos.

XL. ¿Qué tal su primer año retirada de la política?

S.B. Pues muy bueno. Para mí, la vida pública se ha acabado. Ahora soy una espectadora a la que le interesa la política, pero que la ve con mucha menos pasión y bastante frialdad.

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