¿Dominará Asia el siglo XXI? El politólogo Kishore Mahbubani está convencido de ello. Es el principal adalid de esta visión, defendida incluso por el FMI. Con el telón de fondo de la crisis del coronavirus hablamos con este gran estudioso -y defensor- del poder chino y de su ‘lado oscuro’: represión, falta de democracia, epidemias… Por Bernahrd Zahn / Foto: Roger Cremers

• ¿Puede el coronavirus marcar un antes y un después en la globalización?

En el siglo XIX, el mundo se europeizó. En el XX, se americanizó. Ahora, se está ‘asiatizando’, y mucho más rápido de lo que se piensa». Lo dice el Fondo Monetario Internacional (FMI) en un informe reciente. Según este, para 2040 la región producirá el 50 por ciento del PIB mundial y será responsable del 40 del consumo global. Son datos que confirman las tesis del politólogo Kishore Mahbubani, gran adalid de una visión del mundo cada vez más extendida que defiende que «el siglo XXI será de Asia». El último de sus ocho libros sobre el ascenso de Asia y el presunto declive de Occidente se titula Has China won? (‘¿Ha ganado China?’). A lo largo de sus páginas confronta el desarrollo consolidado de Japón, Corea del Sur, Singapur y Taiwán y el continuo crecimiento de China y la India con una Europa atascada en una integración que no avanza y con el cada vez más cuestionado liderazgo de Estados Unidos.

Quienes rechazan sus tesis, sin embargo, ponen sobre la mesa el retraso de un continente que soporta las consecuencias del 70 por ciento de los desastres naturales del planeta así como la pobreza, la desnutrición, la desigualdad, la corrupción, los problemas medioambientales -genera un tercio de las emisiones mundiales de dióxido de carbono y consume el 60 por ciento del carbón del mundo-, la ausencia de integración regional más allá del comercio, las violaciones de los derechos humanos y, por si fuera poco, la zona cero del coronavirus.

XLSemanal. Profesor Mahbubani, ¿el siglo de Asia podría estar tocando a su fin antes de haber llegado a empezar?

Kishore Mahbubani. ¿Por el coronavirus? No. En 1997 superamos una grave crisis financiera. Occidente dijo que Asia estaba acabada, pero esa crisis demostró la enorme capacidad de resistencia de esta región.

XL. Usted no se cansa de alabar el modelo chino.

K.M. Remontémonos cien años. En 1920, en China reinaban el hambre, las epidemias, la guerra civil y el caos. Compare esa situación con la China de hoy. Esta mejora no es resultado del sistema comunista, sino del ingenio de sus habitantes. Los chinos llevan un par de milenios reflexionando sobre la forma que debe adoptar una sociedad justa y bien organizada, el mismo tiempo que los occidentales. Pero ellos han llegado a otras conclusiones.

XL. La del coronavirus es solo una de las muchas crisis que sufre Asia: conflicto por Cachemira entre la India y Pakistán, protestas en Hong Kong…

K.M. Con más de 4000 millones de habitantes, raro sería que no tuviéramos problemas. La cuestión es si alguna de estas crisis representa un peligro para la dinámica de Asia. Todas estas crisis se pueden resolver, a excepción del COVID-19, que seguirá entre nosotros un tiempo.

XL. Juzga a China por sus logros y a Occidente por sus errores. Por eso es llamativo que acuse a los occidentales de usar con China una vara diferente de medir.

K.M. No quiero que Occidente fracase. Un Occidente débil, dividido, es malo para el mundo, pero debe entender que, si el curso de la historia empieza a trazar una curva, no puede seguir en línea recta. Occidente arrastra muchos problemas desde el final de la Guerra Fría y el ensayo de Francis Fukuyama sobre el final de la historia. Esa interpretación os ha vuelto indolentes y conformistas. Lo que os digo es que acompañéis a Asia en el viaje y seáis optimistas. Las posibilidades que ofrece el ascenso de China y de Asia son enormes.

“Pekín sabe que si los chinos –1400 millones– se alzan en su contra, el Partido no podrá hacer nada. Por eso no los controla con la fuerza, sino con la política económica”

XL. Muchos países asiáticos tampoco ven a China como una superpotencia amistosa.

K.M. ‘Superpotencia amistosa’ es una contradicción en sí misma. Las superpotencias siempre esperan de los demás que obedezcan. Lo hace Estados Unidos y lo hará China conforme se haga más fuerte. Pero hay diferencias. Puedes destinar dos billones de dólares a invadir Irak, pero en Pekín nunca serán tan estúpidos de invadir un país cuya cultura e historia no entienden.

XL. ¿Entonces?

K.M. Desde tiempos de Sun Tzu siguen la máxima de que la mejor manera de ganar una guerra es no librándola. Una superpotencia necesita fuerza militar, pero China no ha disparado una bala fuera de sus fronteras en 30 años. Hace falta mucha disciplina estratégica para no jugar la baza militar.

XL. Algo que, sin embargo, no reduce la preocupación que despierta entre sus vecinos.

K.M. Japón y Corea del Sur están muy preocupados, sí, más que los europeos, pero no tienen miedo de que socave sus democracias. Temen que restablezca el orden que rigió en Asia durante más de 1000 años. Y el proceso será doloroso, sobre todo, para los japoneses.

“Los chinos, como los occidentales, llevan un par de milenios reflexionando sobre cómo debe ser una sociedad justa, pero han llegado a otras conclusiones”

XL. ¿Qué opina del régimen de vigilancia digital masiva que tanto asusta al resto del mundo?

K.M. Sobre eso, todos deberíamos reflexionar con calma. En Occidente, muchos piensan que recopilar datos está bien mientras lo hagan empresas privadas. Pero Estados Unidos registra todas las conversaciones que tienen lugar en el mundo. Lo sabemos gracias a las filtraciones de Edward Snowden. Hay que ser consecuentes. No podemos exigir que los chinos dejen de espiar mientras la NSA lo sigue haciendo.

XL. Pero la intensidad con la que Pekín usa los medios del Estado para vigilar a su pueblo no tiene parangón.

K.M. Por supuesto que el Estado de vigilancia refuerza la capacidad para controlar a su población, pero sus dirigentes son muy conscientes de que, si los chinos dejan de aceptar su gobierno, no hay instrumento de vigilancia en el mundo que los pueda ayudar. Si 1400 millones de personas se alzan, los 90 millones de miembros del Partido no podrán hacer nada. Por eso, China no controla a su población con la fuerza bruta, sino con la política económica.

XL. ¿No es fuerza bruta recluir a cientos de miles de musulmanes de la región de Xinjiang en campos de reeducación?

K.M. Xinjiang no es como el resto de China. Si China fuese un Estado represivo, la gente huiría. El año pasado, antes de que estallara el coronavirus, 134 millones de chinos viajaron al extranjero. ¿Por qué han regresado?

XL. A los habitantes de Xinjiang no les conceden pasaportes…

K.M. Occidente ha respondido a la amenaza del fundamentalismo con operaciones militares, China ha impuesto medidas extremas para controlar a la población de Xinjiang. Yo me pregunto: ¿quién carga con más civiles musulmanes inocentes sobre su conciencia?

XL. ¿Por qué China tiene muchos socios económicos, pero ningún aliado, ningún amigo?

K.M. China sigue lo que dijo lord Palmerston de que los países no tienen amigos, solo intereses. Si Venezuela o Zimbabue son una ayuda para imponer sus intereses, entonces colaboran con esos países. Diferente es lo que sucede con el llamado soft power (‘poder blando’), como se define la capacidad de atracción cultural de un país. En eso, Estados Unidos es imbatible. China nunca ha podido competir en ese campo, ni lo pretende. A cambio, ya hay 120 países que tienen a China como principal socio comercial.

“Las inversiones de China en África son un regalo geopolítico a Europa para evitar que los africanos emigren, pero, en lugar de dar las gracias, la abofetean”

XL. Pero Estados Unidos sigue siendo atractivo para China. ¿Por qué si no Alibaba, la web de comercio on-line, ha salido a Bolsa en Nueva York?

K.M. Que empresas chinas coticen en Bolsas estadounidenses es una idea genial, ha hecho que muchos norteamericanos estén interesados en la prosperidad de China. Por no hablar de que, con estas medidas, el valor de empresas como Alibaba se ha multiplicado. Es una cuestión de interés, los sentimientos no tienen nada que ver.

XL. Muchos chinos ricos invierten en Estados Unidos…

K.M. Esa es la gran ventaja sobre China: si tienes un millón de dólares y quieres colocarlo de forma segura durante 100 años, Estados Unidos es mejor sitio que China. Habrá altibajos, pero el sistema político americano es estable. Nadie sabe cómo será el chino en 50 años.

XL. Con estas palabras acaba de responder a la pregunta que plantea desde el título de su libro: ¿ha ganado China?

K.M. El título es una pregunta, y la respuesta no es «sí», es «todavía no». La verdadera pregunta es: ¿puede perder Estados Unidos? Para los estadounidenses es impensable que América pueda perder.

XL. Eso que dice es cierto.

K.M. En mi libro hago hincapié en todas las fortalezas de Estados Unidos y, si los chinos creen que la competición ya está decidida, les advierto de que no es así. Nadie sabe cómo evolucionará.

XL. ¿Qué estrategia le propone a Occidente con respecto a China?

K.M. Que la deje a su aire. Debería abandonar la ilusión de que puede cambiar a China. Un ejemplo: su confianza en que la liberalización de la economía china llevaría a una liberalización del sistema político. No hay que descartarlo, pero las posibilidades de liberalizar desde fuera el sistema chino son casi nulas. Todo intento de hacerlo reforzaría la legitimidad del régimen.

XL. ¿Qué posición debería tomar Europa en esta disputa?

K.M. Me preocupa el pesimismo de Europa. Sabe que se avecinan grandes retos, pero se niega a analizar con frialdad sus intereses geopolíticos. ¿Cuál es su principal amenaza? Ni Rusia ni China: es la demografía. Si no exporta puestos de trabajo a África, los africanos irán a Europa. El ascenso de la extrema derecha se debe a que los gobiernos, en este tema, prefieren meter la cabeza en un agujero.

XL. ¿Y qué tiene eso que ver con China?

K.M. Si Europa busca un socio para llevar a cabo ese desarrollo, este es China. Invierte hoy en África mucho más que Estados Unidos. Esas inversiones son un regalo geopolítico para Europa, pero, en lugar de darles las gracias a los chinos, los abofetean.

XL. El debate suscitado en torno a Huawei demuestra que muchos europeos no confían en China.

K.M. La actitud negativa de muchos europeos hacia China tiene un fundamento emocional: ese miedo enraizado al «peligro amarillo» que vuelve a aflorar. Más pronto o más tarde, China tendrá la misma capacidad de entrar en las redes de comunicación que tiene ahora Estados Unidos; con Huawei y sin Huawei. Los europeos podéis dejar fuera a Huawei, pero no servirá para dejar fuera a China.

XL. Si eso es así, ¿qué motivo hay para no dejarse espiar por los americanos mejor que por los chinos? A fin de cuentas, Estados Unidos es un país más cercano.

K.M. Pues hacedlo. Os animo: comprad la tecnología 5G de los norteamericanos si queréis.

XL. Es una invitación maliciosa, sabe bien que Estados Unidos no tiene empresas de envergadura en el campo del 5G. Además de Huawei y otros proveedores orientales, las mayores empresas en el 5G son las europeas Nokia y Ericsson.

K.M. Así es. Pero piense una cosa: en el mundo hay 7500 millones de personas, y en torno a 1000 millones de ellas están en Occidente. Al final, vuestro bienestar depende de lo que hagan los otros 6500 millones.

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