El trastorno límite de la personalidad o ‘borderline’ afecta a un 3 por ciento de los adolescentes. Un problema que conlleva un alto riesgo de suicidio, agresividad extrema y, sobre todo, mucho dolor para ellos mismos y para sus familias. Hablamos con los expertos. Por Priscila Guilayn

El peligroso sufrimiento de los adolescentes

Llamémosla Valeria. Tiene 19 años y hace 10 meses le diagnosticaron un trastorno límite de la personalidad (TLP). Por eso prefiere no dar su nombre, porque su dolencia -caracterizada por una fuerte impulsividad y una gran inestabilidad emocional- ya le ha dado bastantes problemas en su vida. Al fin y al cabo lleva sufriéndola desde hace años. Como tantos otros jóvenes que solo reciben diagnóstico en la adolescencia.

El 70 por ciento de estos adolescentes intentará quitarse la vida. La mitad lo repetirá; y entre el 8 y el 10 lo consumará

Valeria, de hecho, siempre se ha sentido diferente. «No para mal. Me siento superior, que sé más que los otros chicos. Pero no desde el punto de vista académico -matiza-. Me refiero a los sentimientos. Los míos son más profundos». Consecuencia de esta diferencia ha sido la soledad. También el bullying, que sufrió hasta que abandonó los estudios en cuarto de la ESO. Aunque Valeria no está sola: el TLP afecta a alrededor del 3 por ciento de la población adolescente. Es decir, 60.000 españoles menores de 18 años pueden sufrir lo que comúnmente se conoce como borderline, un trastorno que conlleva un riesgo de suicidio 50 veces superior a la media.

No obstante, los casos de todos estos miles de chicos no son iguales. «El trastorno límite abarca en sí mismo todo el espectro de la psicopatología -explica el psicólogo Fernando Sánchez, de la Asociación Madrileña de Ayuda e Investigación del TLP (AMAI TLP), donde Valeria acude a terapia una vez por semana-. Esto es, puede haber pacientes con TLP que también son psicóticos, disociativos, con trastornos de la afectividad, del desarrollo adaptativo, de déficit de atención e hiperactividad, con expresiones de estrés, somatizaciones, adicciones…».

Lo que sí que comparten todos ellos es una gran dificultad para adaptarse a la vida social, escolar, familiar o laboral. «La zona cero de la personalidad de un adolescente con TLP es un miedo enorme al abandono -subraya el psiquiatra Carlos Delgado, coordinador de los Programas Intensivos de Salud Mental en la Adolescencia del hospital Gregorio Marañón, de Madrid-. Frente a ese miedo, los jóvenes encadenan relaciones muy intensas e inestables que inician con mucha ilusión, pensando que, con ellas, se acabará su sufrimiento. Al poco, sin embargo, aparece ese temor, que lo contamina todo».

“PARECE QUE MI CUERPO SE APAGA”

Valeria conoce muy bien este infierno. «Me ha pasado algunas veces. Tengo mucho miedo a que mis amigos me abandonen, que pasen de mí. Solo de pensarlo sufro ataques de ansiedad, me cuesta respirar. Me quedo quieta, sin moverme, hasta que parece que mi cuerpo se apaga». Hace un año tocó fondo tras vivir una relación de tres meses, «intensamente», por WhatsApp y teléfono con el hermano de una amiga. «Yo lo veía como una potencial pareja futura y él, igual -rememora-. Pero luego me dijo que le daba miedo, que era muy intensa. Y eso me destrozó. No sé ser de otra manera». Valeria dejó de comer y no conseguía dormir, aunque no se levantara de la cama. «Empecé a asustarme. Me daba miedo morir. No lo intenté, pero pensaba en ello. Por eso decidí pedir ayuda». Venció así su resistencia a la consulta del psiquiatra, por su rechazo a ser medicada. «Mi padre sufre un trastorno depresivo, toma pastillas desde hace años y no quería acabar como él -explica la joven, que ahora toma antidepresivos, pastillas para dormir y, en los momentos de crisis, ansiolíticos-. Ya no estoy en contra de los fármacos. Me han ayudado».

Pero no existen medicinas que alivien los diez tipos identificados de trastornos de la personalidad, clasificados dentro de tres grupos: el de las personas excéntricas, suspicaces, que a veces distorsionan la realidad; el de las muy inestables emocionalmente; y el de las muy temerosas, con grandes inhibiciones. Sí que hay fármacos que se suelen prescribir como factor de estabilización cuando el TLP, que se diagnostica a partir de los 14 años, se solapa con otros trastornos psiquiátricos, como depresiones o ansiedad.

En las consultas, el borderline -encuadrado en el segundo grupo, marcado por la inestabilidad emocional- es el trastorno de personalidad con más patologías asociadas y el más común entre los adolescentes. Los jóvenes buscan ayuda para sobrellevar el enorme sufrimiento que conlleva, con frecuentes casos de autolesiones y un alto riesgo de suicidio. De hecho, el 70 por ciento de estos pacientes, según estudios, intentará quitarse la vida al menos una vez entre la adolescencia y la mediana edad, con mayor riesgo entre los 20 y los 30 años. La mitad lo repetirá; y entre el 8 y el 10 por ciento lo consumará.

La zona cero de la personalidad de estos adolescentes es un miedo enorme al abandono. Un temor que lo contamina todo

Desde luego es la consecuencia más grave, pero no la única. Muchos de estos pacientes borderline acaban en la cárcel. Son personas que han desarrollado, además, características del trastorno antisocial de la personalidad, incluido en el mismo grupo, pero que, a diferencia de los afectados por el TLP, no sienten vergüenza ni culpa. «Son caras del mismo trastorno -explica el psiquiatra Carlos Delgado-. Y es una expresión conductual más común entre varones». Hablamos de sujetos extremadamente agresivos; personas que muestran frialdad, vulneran los derechos de los demás, incumplen las reglas sociales, engañan, mienten, son impulsivos, agresivos, irresponsables, amantes del riesgo y carentes de remordimiento.

Estos pacientes con rasgos antisociales son más difíciles de tratar. Aun así, Delgado -amparado por su experiencia en salud mental en la adolescencia- no pierde el optimismo. «Los profesionales que empezaron a estudiar el TLP en los años sesenta y setenta decían que una persona con mucha inestabilidad es como el mar en pleno temporal, con olas muy altas -ilustra Delgado-. Y resulta mucho más difícil aprender a nadar con semejante oleaje, pero se puede aprender. La terapia te enseña a no hundirte en estas aguas turbulentas».

SIN FAMILIA, DIFÍCIL

Antes de explicar el tratamiento, dividido en dos etapas, el experto en salud mental en la adolescencia subraya la importancia de una fuerte implicación de los familiares. En general, previamente a iniciar la terapia, el profesional, la familia y el paciente establecen los criterios que van a determinar hasta qué punto el psicólogo o psiquiatra priorizará la intimidad del adolescente sobre la necesidad de los padres de saber qué es lo que pasa para manejar mejor la situación en casa. «Es un asunto complejo. Hay dos derechos que se enfrentan: el del paciente a su espacio íntimo y el de los padres, que desean y necesitan datos. Hay que estudiar cada caso porque las situaciones son muy diferentes tanto en lo que respecta a los pacientes como a las familias».

La primera parte del proceso, explica Delgado -«entre 1 y 2 años si la terapia es la adecuada»-, se dirige al reconocimiento de las emociones y al aprendizaje de cómo manejarlas. La terapia dialéctico-conductual suele ser la que mejores resultados da. Suele hacerse en grupo, con otros adolescentes. Aunque las sesiones individuales también son necesarias para tratar las crisis caracterizadas por mucha impulsividad, autolesiones y el riesgo suicida, o por una fuerte agresividad y ruptura de objetos.

Superada la primera fase, el paciente se sumerge en la siguiente parte del tratamiento, mediante la terapia basada en la mentalización en adolescentes (TBM-A), con la que se trabaja la capacidad de interpretar el propio comportamiento y el de los demás. «La psicoterapia constante es lo más indicado. Con ella se van modulando los rasgos de personalidad, que es una manera de estar en el mundo -explica Marta Casanovas, psiquiatra del Centro de Salud Mental Infanto-Juvenil Sarrià-Sant Gervasi, en Barcelona-. Hace falta mucho trabajo, pero el paciente puede mejorar mucho. Aunque persistan algunos síntomas, conseguimos que esté bien adaptado y tenga un funcionamiento más normalizado».

La terapia les enseña a no hundirse en esas aguas turbulentas. El paciente puede mejorar mucho, aunque persistan algunos síntomas

Mejorar mucho es posible y no escasean los casos en que así sucede. Casanovas menciona, como ejemplo, el de una chica de 16 años que, tras el tratamiento individual y grupal, dio pasos muy significativos. «Me decía que había aprendido alternativas más sanas para aliviar la ansiedad y el malestar emocional y que, gracias a estas estrategias, había dejado de autolesionarse y poseía un mayor control de las fluctuaciones de ánimo. Se comprendía mejor a sí misma». Es decir, el trastorno límite se puede sobrellevar con mucho empeño y el idóneo acompañamiento profesional.

En España, sin embargo, no es fácil encontrar esto último porque nuestro país es uno de los tres europeos, junto con Bulgaria y Albania, que no cuenta con un programa formativo específico en psiquiatría infantil. Casanovas, sin ir más lejos, se tuvo que ir a Londres -al Imperial College-St. Mary’s Hospital- para formarse en psiquiatría del niño y del adolescente. Lo consiguió gracias a una de las becas con las que la Fundación Alicia Koplowitz busca cubrir esta carencia que los jóvenes afrontan en los servicios de salud mental españoles.

PROFESIONALES MAL PREPARADOS

Muchos profesionales de la salud mental españoles, de hecho, ven la personalidad borderline donde no la hay por falta de preparación. «El TLP está sobrediagnosticado -afirma Fernando Sánchez, desde la asociación AMAI TLP-. Cuando hay intentos de suicidio y autolesiones, se adopta muchas veces la nomenclatura de TLP por ser uno de los rasgos característicos, pero no tiene por qué serlo».

Por su parte, los padres, normalmente sin conocimientos sobre enfermedades mentales, suelen acudir desorientados a las consultas de los expertos. «Llegan hablando de problemas de conducta de sus hijos, cosas que en la preadolescencia les parecían típicas de esa fase, incrementados ahora de tal forma que no saben qué hacer -cuenta la psicoterapeuta Verónica Orellana, directora del Coaching Club, donde realiza terapias grupales e individuales con jóvenes y padres-. No hablamos de berrinches ocasionales de adolescente, como romper un cristal de un portazo. Se trata de algo patológico, extendido en el tiempo, donde la dificultad de controlar los impulsos, la frustración y la ira interfieren en la calidad de vida de la persona, en sus estudios y en sus relaciones con los demás».

«Estos jóvenes se dan cuenta de que son desdichados y tienen mucha inestabilidad, pero llamarlo ‘problema’, ‘enfermedad’, ‘trastorno’ les hace sentirse profundamente infelices y distintos -explica el psiquiatra Carlos Delgado-. Que los etiqueten les resulta un agravio, algo que será un obstáculo durante mucho tiempo. Por lo tanto, solo tiene sentido diagnosticar si se manejan tratamientos adecuados y útiles para ayudarlos y rebajar el riesgo de suicidio. No hay que diagnosticar para etiquetar y excluir».

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