El trastorno límite de la personalidad en los jóvenes. Un drama para ellos mismos y para sus familias que conviven con la agresividad extrema de los adolescentes y el temor al suicidio. Por P.G.

Trastorno límite de la personalidad: cuando el adolescente cruza la línea

“Nuestra hija se empeña en que solo veamos su faceta más oscura”

“Suelo decir que mi marido y yo somos padres sufridores, pero inasequibles al desaliento”. La frase pertenece a una madre de cinco hijos que prefiere mantener el anonimato y resume los últimos 17 años de su vida. Desde el día en que recibió la primera llamada del colegio para advertir sobre la agresividad y las dificultades de su hija mayor para relacionarse con los demás. La niña tenía entonces 4 años. «Entramos en el maravilloso mundo de las múltiples terapias -rememora la madre-. Dimos vueltas por distintos psicólogos y neuropediatras…».

La pequeña, mientras tanto, no mejoraba. Repitió dos veces curso y en sus fiestas de cumpleaños no aparecía nadie. No tenía amigos. «Hacíamos todo lo que podíamos, pero su situación se ha ido agravando». Hasta hoy, en que su madre describe un infierno de mentiras, robos, alcohol, agresiones, autolesiones, relación con desconocidos con los que queda por Internet. «No tiene sentimiento de culpa y considera que nosotros somos los culpables. No admite ningún tipo de crítica; se inventa historias increíbles para ser aceptada, lo que genera más rechazo todavía». Hace 3 años, cuando tenía 18, le diagnosticaron trastorno límite de la personalidad. «Lo que nos dicen actualmente es que, como trastorno asociado, tiene un TDAH con un componente de hiperactividad brutal. Es como echarle gasolina al fuego del trastorno límite de la personalidad. Un cóctel explosivo», explica la madre, que ha presentado cuatro denuncias contra su hija a la Policía. «Es difícil olvidarse de que sufre un trastorno mental, pero es que su conducta nos hace sufrir a todos. La relación familiar se deteriora mucho».

Con el nuevo diagnóstico -con otro tratamiento incluido-, sin embargo, no ha variado mucho la situación. «Creo que está harta. Lleva 17 años contando su vida a profesionales y no ve resultados. Ahora mismo está fatal. Conseguí que fuera a urgencias psiquiátricas, pero no había camas y no la pudieron ingresar -relata la madre-. Al menos fue un gran paso que reconociera que necesita otro tipo de ayuda. Tiene una depresión tremenda; esperamos poder ingresarla durante una temporada para que le hagan un tratamiento intensivo. Es una niña con muchas capacidades, pero parece empeñada en que solo veamos su faceta más oscura».

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