La ansiedad, la angustia y la depresión infantil se han disparado en todo el mundo. La Universidad de Yale está ensayando un revolucionario tratamiento que, curiosamente, no pone el foco en los pequeños, sino en los adultos. Por Raquel Peláez y Lourdes Gómez

• Cinco apuntes para evitar que el estrés adulto provoque ansiedad infantil

Uno de cada cuatro niños padece ansiedad por el confinamiento, lo que podría derivar en depresiones y trastornos psicológicos, según Save the Children, tras realizar 6000 encuestas a menores en varios países. En España los datos se obtuvieron en 2000 familias con pocos recursos, con lo que el aumento de los niveles de estrés se multiplica por la inestabilidad económica y el escaso espacio de convivencia; pero incluso en países como Finlandia, en entornos mucho más confortables, siete de cada diez menores tenían ansiedad.

Un dato todavía más desolador lo proporcionó la Fundación Anar hace unas semanas cuando alertó sobre el aumento del porcentaje de intentos de suicidio en adolescentes en España, donde hemos pasado de un 1,9 a un 9 por ciento. Y eso que no se trata de una circunstancia nueva: los suicidios en ese tramo de edad y en uno inferior, de 5 a 11 años, se han multiplicado un 50 por ciento en los últimos diez años.

No están claras las razones. El uso de los móviles y las redes sociales que han incrementado el bullying es una de ellas, pero los trastornos de ansiedad y la depresión han crecido incluso en niños que no tienen edad para tener móvil.

Otras encuestas contribuyen a entender el fenómeno: el 61,4 por ciento de los jóvenes españoles cree que tendrá una vida «algo o mucho peor» que la de sus padres, según el informe Las perspectivas vitales de los jóvenes del observatorio My Word. Añada la preocupación por el cambio climático y sus consecuencias, que, según un estudio de Amnistía Internacional, es la principal inquietud de los jóvenes y adolescentes que está llevando a tantos menores a las consultas de psicólogos. Ya existe, de hecho, un término para lo que padecen: ecoansiedad. Y ahora añada el coronavirus.

Cuando un padre usa el plural para hablar de cosas que afectan a sus hijos, ‘tenemos un examen’, ya indica sobreprotección

Pero, ¿cómo se prepara a un niño para estos tiempos tan inciertos? ¿Cómo se ‘vacuna’ a los más pequeños contra la angustia del futuro? En su último número, la revista The Atlantic aborda el problema de la ansiedad en los menores. El dato que demuestran los estudios es que la sobreprotección de los niños está llevando a que estos crezcan con mayores problemas de ansiedad y depresión. Los expertos coinciden en el fracaso de las madres/padres helicóptero y la necesidad de dar a sus hijos más control sobre su vida. «Si cada vez que el niño comienza una nueva actividad sus padres no paran de decirle que tenga cuidado, le van a generar una ansiedad que luego podría trasladarse a otras situaciones de su vida como su primer trabajo o su primera relación», asegura la psicóloga clínica del Grupo Laberinto María Victoria Sánchez. «La narrativa que le están transmitiendo es que no es capaz de hacerlo y esto genera problemas de autoestima y puede interferir en el rendimiento de sus actividades en el futuro».

Por su parte, Lynn Lyons, terapeuta y coautora de Anxious Kids, Anxious Parents, explica que es la pescadilla que se muerde la cola: «Cuanto peores son los datos sobre la salud mental de los niños, sobre el aumento de su ansiedad y los suicidios, mayor es el temor de los padres. Cuando más miedo tienen los progenitores, más hacen las cosas que, sin darse cuenta, contribuyen a esos problemas, como protegerlos en exceso». Se trata de un círculo vicioso en el que adultos estresados acaban estresando a los niños, que a su vez estresan aun más a los padres creando una epidemia de ansiedad.

Una forma de abordar la situación son las terapias cognitivo-conductuales. Básicamente, consisten en aprender a identificar la causa de la ansiedad y exponerse a ella para insensibilizarte’ o darte las herramientas para lidiar con esos sentimientos en lugar de evitarlos. Este tipo de terapias funcionan, según estudios importantes, en hasta un 60 por ciento de los casos. Pero no es una cura permanente. Y solo es eficaz si el paciente está motivado y si quiere curarse… y la mayoría de los menores con ansiedad no lo están.

¿Qué podemos hacer entonces? La psicóloga María Victoria Sánchez nos avanza una de las claves de las nuevas propuestas: «La práctica clínica nos indica que, en muchas ocasiones, trabajar con los padres puede ser suficiente para mejor el estado emocional de los niños».

El tratamiento SPACE se basa en la idea de que se puede combatir la angustia del niño reduciendo la protección parental y trabajando solo con los padres

En este sentido, un nuevo tratamiento muy prometedor, según The Atlantic, lo está llevando a cabo la Universidad de Yale en su centro para el estudio de la infancia. Se llama SPACE, siglas de Supportive Parenting for Anxious Childhood Emotions. Trata a los niños, pero sin trabajar con ellos directamente. Su objetivo son los padres. Según un estudio publicado en Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry a principios de este año es tan eficaz como la terapia conductual. El profesor al frente del estudio es Eli Lebowitz y con este tratamiento intenta que la cura’ sea para siempre.

Terapia parental

Lo primero que deja claro el experto es que los padres no son culpables de la patología de sus hijos: «No hay ninguna evidencia que demuestre que los progenitores causen los desórdenes de ansiedad en la mayoría de los casos». SPACE se basa en la idea de que puedes combatir la angustia del niño reduciendo la protección parental’, es decir, reduciendo lo que ellos hacen para evitar los problemas de sus hijos. Los esfuerzos diarios que los padres llevamos a cabo por prevenir el malestar de nuestros hijos, minimizando lo que les da miedo y los preocupa, asistiéndolos en tareas difíciles en lugar de dejarlos luchar y superarlas por su propia cuenta puede no ayudarlos a largo plazo. «Suelen ser progenitores que utilizan el plural para hablar de cosas que afectan directamente a sus hijos. Por ejemplo: ‘Tenemos un examen el martes’. Ese plural es un indicador muy claro de la sobreprotección», asegura la psicóloga española. «También en la situación actual de crisis sanitaria podemos ayudarlos sin sobreprotegerlos. Tenemos que informarlos acerca de lo que pasa y hacerles saber que es una situación preocupante, pero hay que añadir que se está buscando la vacuna y que ellos también pueden contribuir a que todo mejore con acciones como llevar mascarilla, lavarse las manos, mantener la distancia con los demás, etc. Eso les otorga una mayor sensación de control».

Volviendo al estudio de Lebowitz, el profesor asegura que, en el curso de doce sesiones, SPACE ayuda a los padres a averiguar cómo reducir esa sobreprotección, al mismo tiempo que expresan empatía por el sufrimiento de sus hijos y sus aptitudes. También en España, la psicóloga Sánchez pone el ejemplo del programa Círculo de Seguridad Parental (COS) en el que, en ocho sesiones grupales, se trabaja con los padres o cuidadores sin necesidad de que los niños vayan a terapia. Cambiar la mentalidad de los padres puede ayudar a cambiar el círculo vicioso del estrés y conseguir que los niños se sientan más capaces de hacer las cosas. Un ejemplo de este tipo de tratamientos es darle más responsabilidad a los adolescentes y si, ante un castigo sin móvil, alegan que eso les impide llegar a un lugar determinado porque no tiene un mapa on-line, podemos contestar: «Confiamos en tu capacidad de encontrar otra forma de llegar».

No es fácil, obviamente, porque supone un potencial peligro, pero puede ayudar a reducir la necesitad de apoyo paterno y materno en los menores.

También es muy significativo en este sentido de círculo vicioso’ el libro The Self-Driven Child, publicado en 2018 por el neuropsicólogo William Stixrud y el educador Ned Johnson. Los autores apuntan que la sobreprotección incluye un elemento no reconocido de autoprotección. «Cuando protegemos a los niños de las dificultades o los desafíos nos estamos protegiendo a nosotros del estrés que nos causa su angustia». Incluso hay estudios, como el de Myrna Weissman, de la Universidad de Columbia, que demostró que tratar a la madre con antidepresivos inmediatamente reducía los síntomas de depresión en el hijo.

Y no es porque los padres no lo intenten, dejan claro los expertos. Al contrario, nunca habían dedicado tanto tiempo y esfuerzo a los hijos. Pero, a medida que hacen más por ellos, estos hacen menos por su cuenta. No se les permite asumir los riesgos naturales y saludables que los ayudarían a crecer y se les evita enfrentarse a los miedos que los inmunizarían contra la depresión. Al final, se logra lo contrario de lo que se pretendía.

Es un error no permitir a los niños asumir ciertos riesgos: enfrentarlos los inmuniza contra la depresión

Para terminar, The Atlantic añade un estudio del pediatra W. Thomas Boyce recogido en el libro The Orchid and The Dandelion: Why Some Children Struggle and How all Can Thrive, realizado en California en 1989. Boyce estaba realizando una amplia investigación con niños cuando el terremoto de Loma Prieta mató a decenas de personas y les pidió a los pequeños que lo dibujasen. Para asombro de Boyce, los niños que pintaron escenas de destrucción o con gente herida estuvieron más sanos en las semanas siguientes que los que dibujaron familias sonrientes, que desarrollaron infecciones, enfermedades y ansiedad. ¿Conclusión? «Hablar de las cosas que nos dan miedo, hace que gradualmente se reduzca». Debemos dejar que los niños se equivoquen «porque así es como aprendemos a desarrollar recursos que luego necesitaremos», concluye la psicóloga María Victoria Sánchez.

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