Pandemia, recesión, rebrotes, ERTE… Nada puede con el optimismo del ser humano, una característica que está absolutamente arraigada en nuestra genética. Cada uno de nosotros estamos convencidos de que nunca nos va a pasar nada malo. El optimismo es un mecanismo que, bien utilizado, puede ser un gran aliado. Le contamos cómo activar su cerebro con ilusiones positivas y ayudar a su salud. Por Ana Tagarro / Ilustración: Mekakushi

• Shelley Taylor: “Zuando se lidia con la enfermedad, pensar en los hijos funciona”

Sabía que ser muy optimista sobre el futuro para salir de la cueva, abandonar la tribu y adentrarse en lo desconocido en busca de una vida mejor. La evolución primó el optimismo. Y no lo hizo por azar. Es un rasgo -una característica cognitiva, dicen los psicólogos- de la especie humana porque favorece nuestra supervivencia.

Y así seguimos, creemos que seremos los últimos en ir al paro, en divorciarnos, en tener un cáncer, en morir por coronavirus… Por supuesto, no todo el mundo es así, pero es un sesgo mayoritario como prueba que, si no fuésemos optimistas, si no pensásemos que nuestro futuro siempre va a ser mejor, no nos reproduciríamos o lo haríamos mucho menos de lo que lo hacemos.

Los mecanismos de ese optimismo atávico ya se estudiaban en los ochenta, pero ha sido el enorme avance de la neurociencia lo que ha permitido explicar en detalle cómo opera en nuestro cerebro y qué consecuencias tiene para nuestro organismo.

Una de las pioneras de esa investigación es la psicóloga Shelley Taylor, quien, con su colega Susan Fiske, acaba de recibir el Premio Fronteras del Conocimiento por sus estudios sobre cómo influyen nuestros pensamientos en nuestro cuerpo y en nuestra salud. Taylor ha creado, en este sentido, un concepto muy interesante: las ilusiones positivas.

Las ilusiones positivas son esa visión favorable, y no necesariamente realista, que uno tiene de sí mismo, del mundo y del futuro. Y que -según los estudios de Taylor, confirmados por otros expertos- son mayoritarias en los seres humanos. Es decir, creemos tener más talento del que poseemos, sentimos que controlamos lo que nos rodea más de lo que lo hacemos y pensamos en positivo cuando nos proyectamos hacia el futuro.

Tali Sharot, profesora de Neurociencia Cognitiva del University College de Londres y autora de un libro titulado El sesgo del optimismo, lo explica así: «Uno podría pensar que el optimismo disminuye con la marea de noticias sobre conflictos violentos, desempleo y toda clase de amenazas y fracasos que condicionan la vida humana, pero no es así. Colectivamente podemos ser pesimistas sobre la dirección en la que avanza un país o la habilidad de nuestros líderes para gestionarlo, pero el optimismo privado, sobre nuestro futuro personal, es increíblemente resiliente».

Ese optimismo irracional, no basado en ningún dato cierto, ha sido clave para la humanidad. Es lo que nos inspira y nos permite avanzar. Para progresar -cuenta Taylor-, necesitamos imaginar realidades alternativas, mejores, y creer que podemos alcanzarlas. Que la gente sobreestime su talento hace que aborde tareas que, siendo consciente de su capacidad real, no abordaría. «La gente optimista se plantea objetivos un poco más ambiciosos y, aunque no los alcance, logra avanzar más; llega a metas mayores».

Alterar la salud

Shelley Taylor comenzó sus estudios sobre ilusiones positivas en los años ochenta con mujeres enfermas de cáncer. Las largas y exhaustivas entrevistas con decenas de ellas dieron lugar en 1984 a un primer estudio académico que planteó un principio básico de la psicología: ¿pueden los pensamientos afectar a la salud física?

La respuesta es ‘sí’. Las investigaciones de Taylor a lo largo de los años, analizando los biomarcadores de sus pacientes, demostraron que los pensamientos positivos actúan como «reservas que permiten a la gente lidiar más eficazmente con eventos amenazantes». Este tipo de pensamientos afectan al sistema endocrino y refuerzan el sistema inmune. Pero lo que aportaba Taylor con su estudio era que la mejora en la salud no solo se producía con pensamientos positivos, sino con ilusiones positivas; no era necesario que esos pensamientos tuviesen una base ‘real’; bastaba con que esas mujeres pensaran que iban a mejorar para reforzar su sistema inmune, aunque ese optimismo no estuviera cimentado en ninguna evidencia médica.

¿Pueden los pensamientos positivos mejorar la salud? La respuesta es ‘sí’. Afectan al sistema endocrino y refuerzan el inmune. Pero aún hay más: también cambian la realidad

Más tarde, en los años noventa, se realizarían otros estudios apoyados en la misma metodología con pacientes seropositivos y con enfermos del corazón, y los resultados fueron similares. En 2000, un estudio en el que también participó Taylor analizando los linfocitos implicados en maximizar las capacidades de defensa del sistema inmunitario demostró que los pacientes con sida que mantuvieron una aceptación realista de la enfermedad murieron nueve meses antes que aquellos que tuvieron una ilusión de control.

En el caso de los enfermos cardíacos, además, se ha observado que los pensamientos positivos promueven mejores comportamientos de salud. La gente que confía en su curación es más proclive a llevar una vida saludable, a practicar ejercicio o comer sano.

Cambiar la realidad

Comprobado que el pensamiento positivo afecta a nuestro organismo, los investigadores han tratado de ir más allá: ¿puede el optimismo llegar a cambiar la realidad? La neurocientífica Sara Bengtsson, de la Universidad de Anglia del Este, en Inglaterra, comprobó que sí. Su experimento consistió en escanear el cerebro de los pacientes mientras les pedía que realizaran una serie de pruebas cognitivas. A unos los estimulaba previamente con palabras de ánimo, como ‘inteligente’, ‘listo’… y a otros los inducía a creer que fracasarían con términos como ‘tonto’ o ‘ignorante’.

Observó que, cuando fallaban en las pruebas, a quienes había animado previamente se les activaba la parte anterior el córtex prefrontal -una región implicada en el recuerdo y la autorreflexión-, pero a quienes había desanimado no les ocurría eso. Es decir, a los que había condicionado como poco cualificados su cerebro esperaba que fracasasen, así que cuando lo hacían no había signos de sorpresa o conflicto. Los otros, en cambio, se ‘alteraban’ al fallar y buscaban una respuesta mejor, una solución.

Somos negativos cuando reflexionamos sobre lo colectivo, el rumbo del país o la gestión de los líderes, pero increíblemente positivos cuando pensamos en nuestro futuro personal. Eso nos permite avanzar

El estudio viene a respaldar la teoría de que el optimismo, esperar cosas buenas, hace que intentemos hacerlas. Y que aprendamos de nuestros errores, lo que en último término afecta a lo que ocurra en el futuro; altera la realidad.

El optimismo es, por tanto, una herramienta de enorme utilidad y eso hizo que se anclase evolutivamente en nuestro cerebro. Pero, ¿y en nuestros genes?

¿Es el optimismo genético?

Un estudio de 2011 publicado en The Proceedings of the National Academy of Sciences apuntaba al origen genético del optimismo. La raíz estaría en la oxitocina, una hormona conocida como ‘la hormona del amor’. Un pequeño trozo de material genético de un receptor de la oxitocina podría influir en la personalidad, aunque todavía no están claros los efectos. El estudio, dirigido por Shimon Saphire-Bernstein -un investigador del equipo de Shelley Taylor-, se hizo con 326 participantes y señala exactamente la región de ese gen que puede cambiar: se denominan las variantes ‘A’ y ‘G’. Tener un mayor número de ‘A’ nos hace más tendentes a la depresión, mientras que una mayor cantidad de ‘G’, al optimismo. Se trata solo de un primer estudio -puede haber otros genes implicados-, pero abre un nuevo campo de investigación, sabiendo que los genes no determinan que uno sea feliz, pero sí nos condicionan de partida. El resto depende de la experiencia de cada uno.

¿Estamos diseñados para ser optimistas? 1

Y aquí es donde se desarrolla el otro campo de investigación de Taylor: la cognición social. No se trata de analizar cómo nos relacionamos con los demás, sino cómo percibimos nosotros esas relaciones. Y de nuevo resultan fascinantes las conclusiones, resumidas en tres conceptos: el sesgo cognitivo, el sesgo de confirmación y el sesgo de notoriedad.

Ya se sabía que tener apoyo social -amigos, familia…- es determinante para la salud psíquica. Pero los estudios de Taylor han ido más allá. Ha demostrado que tan positivo como el apoyo real es la creencia de que ese apoyo existe. Es decir, es suficiente con que la gente ‘sienta’ que tiene ese respaldo social, que puede recurrir a la ayuda de otros si la necesita. Es lo que llaman ‘construcción social’, una ilusión que contribuye a eludir el miedo a la soledad y la indefensión y, por lo tanto, es buena para nuestra salud.

El segundo término, el sesgo de confirmación, está vinculado a las fake news. ¿Por qué tendemos a tener en cuenta solo las opiniones que confirman la nuestra? Taylor y Fiske lo explicaron mediante el concepto de ‘avaricia cognitiva’: el ser humano tiende hacia la información que confirma sus propias creencias por el simple hecho de que así reduce el esfuerzo mental de tener que procesarla.

El sesgo de notoriedad, por último, es el que nos hace atribuir lo bueno y lo malo a quien más se ve, no al responsable. Un concepto clave en nuestra percepción, por ejemplo, de los políticos. «Los ciudadanos -dice- atribuyen al político un poder que, en realidad, no tiene». Sus investigaciones con grupos confirman que tendemos a sobreestimar el poder de quienes están presentes, muy visibles. De ahí, quizá, la obsesión de los verdaderamente poderosos por no salir en las fotos.

Cómo gestionemos los sesgos sociales determina en gran parte nuestra visión del mundo, pero hay una visión más amplia de por qué desarrollamos ese optimismo. Uno de los extraordinarios talentos humanos es el viaje mental en el tiempo. Esto es clave en nuestra supervivencia: nos permite planificar, almacenar comida y recursos para los tiempos en los que no haya. Pero eso tiene una contraprestación: ser conscientes de que, en algún momento del futuro, la muerte nos espera. Para evitar que ese pensamiento nos paralice, habríamos desarrollado un optimismo irracional, explica Ajit Varki, biólogo de la Universidad de California, en San Diego.

Ahora, los cada vez más sofisticados escaneos del cerebro ayudan a entender cómo se produce exactamente en el ámbito neuronal y lograrán arrojar luz sobre nuestros más ‘inexplicables’ pensamientos, como seguir creyendo que nuestro matrimonio durará, pese a que la experiencia demuestra que en el sesenta por ciento de los casos eso no ocurre.

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