Durante décadas hemos considerado las bacterias como enemigos. Ahora sabemos que también son nuestras mejores aliadas, capaces de actuar contra la obesidad y hasta puede que el alzhéimer. Lo hemos descubierto gracias al microbiólogo Jeffrey Gordon, que por sus aportaciones acaba de recibir el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento, y le hemos pedido que nos abra su laboratorio. Por Ana Tagarro / Fotos: Mark Katzman / Getty Images

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«Este ratón está totalmente comprometido con la investigación», dice Jeffrey Gordon.

raton microbiota

«Hasta dedica más tiempo que yo, pero él cuenta con una gran ventaja: no tiene que buscar financiación», bromea. Este roedor es uno de los 500 ratones que ‘trabajan’ para el equipo de Gordon, en el Centro para la Ciencia del Genoma y la Biología de Sistemas en la sede de la Universidad de Washington en St. Louis (Misuri).

Sus ratones son únicos. Están libres de  gérmenes. Ningún ser vivo en todo el planeta es así. Los ratones están repartidos a lo largo de una enorme sala, encerrados en cámaras absolutamente selladas.

Gordon llevaba años estudiando el intestino humano. «Soy más microbio que humano -dice-. Usted también, claro». En nuestro cuerpo hay decenas de trillones de bacterias, virus, hongos… repartidos por nuestra piel, nuestra boca y, sobre todo, por nuestro intestino, el mejor hábitat para ese tipo de organismos: oscuro, con temperatura constante y de diez metros de largo. Esos seres, de miles de especies diferentes, se alimentan de los aminoácidos, ácidos grasos y azúcares que les proporcionamos a diario. Un festín. No en vano esa comunidad, que llamamos ‘microbiota‘, pesa dos kilos. De hecho, en nuestro cuerpo hay más células microbianas que humanas. «Los microbios son genios de la química, pueden llevar a cabo procesos químicos imposibles para nosotros. Esa capacidad nos ofrece la oportunidad de desarrollar nuevos tratamientos terapéuticos».

“En el laboratorio tenemos la continua sensación de asombro cuando exploramos esta ‘terra incognita’ que es el intestino”

Gordon ha logrado demostrar que nuestros microbios controlan la formación de los vasos sanguíneos y el almacenamiento de la grasa; y algo más: los microbios intestinales no son los mismos en los individuos obesos que en los delgados, lo que tiene enormes implicaciones para tratar dos problemas claves de la humanidad: la obesidad y la malnutrición infantil.

Pero, para demostrar todo eso, Gordon necesitaba intestinos ‘limpios’. Y ahí surgieron las cámaras selladas y los ratones libres de gérmenes.

El momento «¡guau!», cuenta Gordon, se produjo en 2004. Él y su equipo demostraron que la diferencia entre ser gordo o delgado estaba en la proporción de dos tipos de bacterias: los obesos tienen más firmicutes y menos bacteroidetes que los delgados. Pero aún fueron más allá: podían alterar el peso de los ratones transfiriendo microbios intestinales de uno a otro. Los titulares no se hicieron esperar: «La obesidad se puede tratar con bacterias».

Afirmaciones como esa, o la sola pregunta, hacen que Gordon carraspee: «Permítame volver atrás… Cuando hablamos de flora intestinal, hablamos de un ecosistema». El microbiólogo se explaya en detalles científicos, pero lo que explica es básicamente lo siguiente: nuestra flora intestinal depende del hábitat en el que se desarrolla, es decir, del individuo que los contiene.

«Cada microbioma es único, porque lo importante es la interacción que se produce entre los microorganismos y las células del portador. Las comunidades de microbios son maravillosas, fascinantes… En el laboratorio tenemos la continua sensación de asombro cuando exploramos esta terra incognita que es la microbiota del intestino, pero sobre todo lo que sentimos es humildad. Las oportunidades son formidables, pero los desafíos -llegar a desarrollar terapias de precisión guiadas por la microbiota– son enormes». Así que «sobriedad y humildad», insiste.

¿Los microbios podrán curarnos?

Intentar arrancarle predicciones a Gordon no es fácil. Pero, ante la insistencia, coge aire y afirma: «En los próximos diez o quince años, en el botiquín del siglo XXI tendremos microbios. Pero la gente tiene que entender que esto es un proceso, un viaje. Tenemos que ser claros y precisos. En esta época, especialmente tenemos que ser fieles a la verdad».

Pues bien… intentémoslo: ¿cuánta verdad hay en la eficacia de los probióticos?

La palabra, que se ha puesto de moda, hace referencia a los alimentos que contienen organismos vivos, bacterias, que favorecen la flora intestinal. Los yogures son el ejemplo más claro y el kéfir viene a ser la versión hipster. Pero se aplica a numerosos alimentos de origen asiático, como el miso, y otros fermentados, como el chucrut.

Pues bien, Gordon vuelve a la moderación: «Los estudios son prometedores, pero hay razones para la cautela. Los probióticos actuales tienen muy pocos beneficios para la salud porque contienen muy pocas bacterias y de un tipo que hace muy difícil que se implanten en el intestino. Es decir, como entran, salen; pasan de largo». Para que tuviesen algún efecto beneficioso, explica, «habría que darles ciertas facilidades para implantarse». Y en eso están trabajando.

¿Pueden curar los probióticos?

Los descubrimientos de Gordon y otros científicos han dado la impresión de que los microbios no solo están relacionados con enfermedades intestinales, como la de Crohn o la colitis, sino también con alergias, autismo, asma, artritis… Gordon cree que cualquiera de estas vinculaciones es precipitada. Hasta ahora solo se ha demostrado que los probióticos pueden acortar la diarrea infecciosa y reducir el riesgo de diarrea por tratamientos con antibióticos.

De ahí que las marcas de yogures que antes llegaban a decir que sus productos aliviaban el estreñimiento fuesen obligadas a eliminar esos reclamos (la Unión Europea incluso prohibió en 2014 el uso de la palabra ‘probiótico’ en los envases de alimentos) y ahora la publicidad de yogures ha quedado en algo tan etéreo como que sirven para «equilibrar el aparato digestivo» o «aumentar las defensas».

¿Cuál es la dieta más sana?

Intentamos hablar con Gordon sobre dietas específicas, pero se resiste: «¡Cuando yo miro un brócoli, no veo un brócoli! Veo su formulación química. Y todavía estamos descifrando el código de la microbiota para saber cómo le afectan esos componentes químicos. Llegaremos a saber qué ingredientes de la comida estimulan la comunidad microbiana. Estamos en ello».

“Dentro de 15 años, en los botiquines habrá microbios”. Y alerta: “Los alimentos procesados están extinguiendo la flora intestinal”

Ahora bien, no tiene problemas en reconocer que la alimentación actual está teniendo efectos. Y no buenos. «Se ha producido una reducción importante de la variedad en nuestra microbiota debido al estilo de vida occidental. Una extinción de bacterias, si se quiere. Y en parte se debe a que comemos alimentos procesados».

¿A qué recomendación llevaría eso? «Creo que debe haber diversidad en la comida que ingerimos y una dieta basada en plantas (vegetales, granos, semillas, legumbres…) ayuda al desarrollo de una microbiota sana. Y yo le diría a las madres que es importante, si pueden, alimentar a sus hijos al principio con la comida más perfecta, que es la leche materna».

¿Por qué son básicos los primeros años de vida?

Mientras estamos en el útero, somos como los ratones del laboratorio de Gordon: libres de gérmenes. Es cuando nacemos, al salir del vientre de nuestras madres, cuando comenzamos a ser colonizados por los microbios. La primera gran experiencia microbiana se produce en la vagina materna, otro de los lugares del cuerpo humano pródigo en este tipo de flor. De ahí que se insista mucho en los beneficios de un parto natural frente a las cesáreas.

«Ey, ey, ey -frena Gordon-. Yo no quiero que cada madre a la que le practican una cesárea piense que está privando a su hijo de valiosos microbios y minando su bienestar. Lo que quiero es que en los hospitales no laven a los niños con champú inmediatamente después de nacer, que sean conscientes de la importancia de los microbios recibidos de las madres».

La microbiota no se transmite solo en el parto; es algo que se va implantando a lo largo de los dos primeros años de vida. Tiempo muy relevante desde el punto de vista intestinal.

Y es precisamente en la infancia donde Gordon y su equipo están más centrados en este momento. Pero en un tipo de infancia en concreto. en la que sufre malnutrición.

¿Qué aportan contra la malnutrición?

Las ONG suelen tratar a los niños malnutridos con comida terapéutica, unas barritas de cacahuete, que son muy eficaces para que ganen peso, pero no los ayuda a recuperarse de otro tipo de daños -de desarrollo y neurológicos- derivados del hambre. El equipo de Gordon cree que eso se puede paliar tratando al mismo tiempo la comunidad microbiana. Y eso pensaron también Melinda y Bill Gates, cuya fundación financia esta investigación.

Su equipo trabaja en Malaui y Bangladés para desarrollar una combinación de ingredientes alimenticios que sean más eficaces, «considerando -explica Gordon- que deben ser asequibles, culturalmente asumibles, provenir de una fuente sostenible y tener un sabor aceptable».

Gordon está muy satisfecho con los resultados, pero insiste en la prudencia. ¿Cómo se entiende el comedido Gordon con un hombre de acción como Bill Gates? «Bueno, él es un optimista impaciente -se ríe-. Yo soy un romántico optimista».

Gordon vuelve a sus microbios, que él encuentra inspiradores. «Ve -dice observando una placa de Petri de bacterias intestinales-, nunca moriremos solos. Tenemos trillones de amigos».


El secreto de un científico

Jeffrey Gordon microbiologia intestino

Jeffrey Gordon posa en la sala donde se encuentran los ratones libres de gérmenes con los que investiga en su laboratorio de St. Louis (Misuri). Los roedores se encuentran en cámaras selladas. El propio investigador es, en sí mismo, lo que se suele llamar ‘una rata de laboratorio’. Humilde y discreto, apenas viaja y delega las conferencias en sus colaboradores porque «esto es un trabajo de equipo». Conocido por su generosa labor como mentor -ha formado a grandes científicos-, dice emular al que fue su jefe en el Departamento de Medicina (Gordon fue médico gastroenterólogo antes de ser microbiólogo), quien tenía una gran cualidad: la capacidad de mirar el mundo a través de los ojos de otra persona, entender cuál es su talento y crear las condiciones para que ese talento se desarrolle en todo su potencial. Como lema vital, Gordon señala una frase en la pared de su despacho: «Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres ir lejos, ve acompañado».

PARA SABER MÁS

Fundación BBVA. Puede consultar más info en Premios fronteras delconocimiento

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